33 años de SMS: una historia de éxito accidental

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Recientemente se han cumplido 33 años del punto de inflexión que marcará toda una era. El 3 de diciembre de 1992, el ingeniero Neil Papworth envió “Feliz Navidad” desde una computadora a un teléfono celular. Fue el primer texto al que Papworth no recibió respuesta. La razón: entonces los teléfonos móviles sólo podían recibir mensajes, pero no enviarlos. En ese momento, nadie podría haber imaginado que lograría tal éxito que cada Nochevieja la red colapsaría con las felicitaciones de millones de usuarios.

También inesperadamente, los SMS sobreviven en la era del internet móvil, las redes sociales y WhatsApp. ¿Cómo una tecnología tan limitada se convirtió en un fenómeno global? ¿Por qué, tres décadas después, sigue siendo fundamental para nuestra infraestructura digital?

Un ejemplo de ingeniería eficaz

Para comprender los SMS, es necesario comprender cómo funcionaban las redes móviles en los años 90. Cuando hablamos por teléfono, la voz se apoderó del canal principal. Para que esto fuera posible, las redes tenían canales de señalización secundarios. Estos se utilizaban para hacer sonar el teléfono cuando entraba una llamada o para indicar que había cobertura.

Los creadores del estándar de telefonía móvil GSM (2G) se dieron cuenta de que este canal de señalización no siempre se utilizaba. Aprovechando esta brecha nació el SMS, en un ejemplo paradigmático de ingeniería eficaz.

Este carácter técnico definió su característica más famosa: el límite de 160 caracteres. De ahí el acrónimo: Servicio de Mensajes Cortos.

Éxito inesperado

Una característica muy interesante de la historia de los SMS es que no fue diseñado para la comunicación de persona a persona. Esos 160 caracteres tenían un fin puramente profesional: telemetría y control de flota.

El objetivo era la comunicación máquina a máquina (M2M). Por ejemplo, un camión enviaría automáticamente su ubicación o una máquina expendedora notificaría a un almacén central que se había quedado sin existencias. Los SMS fueron los precursores del Internet de las cosas.

En los primeros años, muchas empresas ni siquiera tenían un sistema para facturar los SMS a los particulares. El éxito fue completamente aleatorio y impulsado por el usuario. La clave era que los SMS eran discretos, asíncronos y baratos (al menos inicialmente, cuando costaban menos dinero que llamar).

Hacer cumplir un límite de tamaño de mensaje ha cambiado nuestro idioma. La necesidad de ahorrar caracteres y dinero llevó a la economía del lenguaje SMS: “kk” en lugar de “zato”, emoticones hechos con signos de puntuación y síntesis extrema de ideas.

El fenómeno SMS fue tal que la infraestructura llegó en ocasiones a sus límites. En España todavía recordamos la odisea de intentar enviar una tarjeta en Nochevieja. Durante años, las redes colapsaron a los pocos minutos de sonar. Millones de usuarios intentaron simultáneamente ocupar esos pequeños huecos en el canal de señalización, abrumando la capacidad de las redes a pesar de los esfuerzos de los operadores por reconfigurar sus sistemas para absorber ese pico de tráfico.

SMS hoy

Con la llegada de los teléfonos inteligentes y las redes 3G y 4G, aplicaciones como WhatsApp, Telegram e iMessage han canibalizado el uso personal de los SMS. Eran gratuitos, ilimitados y permitían enviar archivos multimedia mediante MMS (Servicio de mensajería multimedia). Eso podría haber significado el fin de los SMS, pero no fue así.

Los SMS han sobrevivido hasta nuestros días gracias a una mutación funcional. Ya no lo utilizamos para decir “te quiero mucho” (o, mejor dicho, “tkm”), sino como medio de seguridad (aunque no exento de vulnerabilidad) y herramienta de gestión.

La larga vida de los SMS se debe a dos motivos:

Son tecnología universal. Funciona en el 100% de los teléfonos móviles del mundo, inteligentes o no, y no requiere conexión a Internet (datos). Sólo necesita tener cobertura de voz.

Hoy en día, la mayor parte del tráfico lo generan máquinas. Los SMS son el rey de la autenticación de dos factores, las alertas de paquetes y las citas médicas. También son la base de las alertas de emergencia gubernamentales, como el sistema ES-Alert en España. Un matiz técnico interesante: ES-Alert utiliza una tecnología hermana llamada “difusión celular” (SMS-CB). A diferencia del SMS clásico, el mensaje no se envía a un número de teléfono concreto, sino que se retransmite desde las antenas a todos los dispositivos que estén cubiertos, permitiendo alertar a millones de personas de forma inmediata sin saturar la red.

El futuro de los mensajes cortos

Hoy en día, el SMS clásico vive una extraña dualidad. Por un lado, es la única tecnología que funciona en el 100% de los teléfonos del mundo, lo que es el estándar de facto para que los bancos confirmen negocios. Sin embargo, para la comunicación entre humanos, está obsoleto desde hace años.

Es esta obsolescencia técnica la que lo ha convertido en un arma en la guerra comercial entre Apple y Google: la controversia de las burbujas verdes versus las burbujas azules.

Durante años, en su aplicación iMessage, Apple distinguía visualmente los mensajes enviados entre iPhones (azul, con todas las funciones modernas) de los enviados desde Android (verde, que utilizaba el antiguo protocolo SMS/MMS). Esto ha provocado cierta estigmatización social de los usuarios de globos verdes (especialmente en Estados Unidos) como alguien tecnológicamente inferior.

La solución a este conflicto y el verdadero sucesor de los SMS es RCS (Rich Communication Services). RCS es una evolución natural del estándar: permite enviar fotografías de alta calidad, ver cuando la otra persona escribe y confirmar la lectura, pero sin depender de una aplicación privada como WhatsApp. En cambio, se ejecuta de forma nativa en la red del operador.

SMS ha superado la treintena en un estado de salud envidiable. Su historia nos deja una valiosa lección sobre la innovación: a veces las mayores revoluciones no provienen de una planificación corporativa perfecta, sino de un uso inesperado por parte de los usuarios.


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