¿Seremos “así” para siempre? La neurología de los cambios psicológicos y por qué repetimos lo que nos duele

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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A veces el silencio es suficiente. Un mensaje que no llega cuando esperamos en esta era de lo inmediato. Respuesta breve y rápida, obviamente más genial de lo habitual. De repente apareció un nudo en mi estómago. Pensamientos acelerados: “Hice algo mal”, “ya no se preocupa por mí”, “está enojado conmigo”.

Y, de repente, el cuerpo reacciona antes que la razón: enfado, inquietud, pensamientos negativos que se desencadenan. Horas después, cuando todo queda claro, surge la misma pregunta: ¿por qué me afecta tanto?

¿Te reconoces en una situación similar? Estas reacciones no suelen explicarse por simple inseguridad o por ser “hipersensible”, sino por patrones emocionales aprendidos que el cerebro activa automáticamente.

El cerebro aprende a sentir y conectarse.

Durante años se pensó que la personalidad era algo casi fijo. Los estudios clásicos han demostrado que rasgos como la ansiedad o la sociabilidad se mantienen bastante estables a lo largo de los años. Esta evidencia reforzó la creencia de que, esencialmente, “somos lo que somos”.

Sin embargo, una amplia revisión de una investigación publicada en 2006 mostró por primera vez que estos rasgos pueden cambiar a lo largo de la vida, incluso si lo hacen gradualmente. La personalidad representa continuidad, pero no está escrita en piedra.

La neurociencia proporciona una pista importante: el cerebro tiene neuroplasticidad, la capacidad de reorganizar sus conexiones en función de la experiencia. No sólo aprendemos conocimientos: también aprendemos formas de responder e interpretar emocionalmente a los demás. Como ha señalado el neurocientífico Eric Kandel, los cambios psicológicos duraderos implican cambios en los circuitos cerebrales.

Experiencias que marcan

Es cierto que las primeras relaciones de nuestra vida influyen decisivamente en el aprendizaje. Varios estudios han demostrado que las experiencias tempranas influyen en el desarrollo y la conexión entre la amígdala (implicada en la respuesta emocional) y la corteza prefrontal (que ayuda a regularla). Estas redes no sólo almacenan recuerdos concretos, sino también expectativas: qué esperamos de los demás y cómo interpretamos sus gestos.

Si alguien creció en un ambiente donde la intimidad era impredecible o donde las emociones intensas no estaban bien reguladas, su sistema nervioso puede volverse especialmente sensible a señales ambiguas. La investigación ha relacionado esta mayor sensibilidad con diferencias en la comunicación entre las regiones emocionales y reguladoras del cerebro. En la vida adulta, pequeñas discrepancias pueden activar reacciones intensas que parecen surgir de la nada, pero que en realidad están relacionadas con aprendizajes previos.

Por eso repetimos patrones. No porque queramos sufrir, sino porque el cerebro tiende a reaccionar según patrones que le resultan familiares. Aunque no es un destino imprescindible, como veremos.

Cambios emocionales

La personalidad es la forma en que una persona vive, procesa y comprende la experiencia de sí misma y de los demás. No se reduce a etiquetas como “nervioso” o “impulsivo”: la psicología clínica también habla de “organización de la personalidad”.

El psiquiatra y psicoanalista Otto Kernberg propuso que existen diferentes niveles en esta organización. Mientras algunas personas presentan una identidad más coherente y estable, otras tienen mayor dificultad para integrar aspectos contradictorios de sí mismos y de los demás.

Cuando esta integración es menor pueden producirse oscilaciones intensas: idealizar a alguien y poco después sentirse profundamente decepcionado, interpretar una crítica leve como un rechazo total o reaccionar con gran intensidad ante pequeñas frustraciones. No es una falta de carácter, sino una forma específica de funcionamiento psicológico.

La pregunta es si esta operación se puede modificar.

Psicoterapia y cambios profundos

Algunos tratamientos psicológicos buscan algo más que el simple alivio de los síntomas. Operan sobre patrones relacionales que organizan la experiencia emocional. Una de ellas es la terapia centrada en la transferencia (TFP), desarrollada sobre la base del modelo de Kernberg. En esta terapia se analizan patrones de relaciones que aparecen en la vida del paciente –y también en la relación con el terapeuta– para comprender mejor y promover cambios más profundos.

En un estudio publicado en el American Journal of Psychiatry, se comparó la TFP con otros tratamientos para el trastorno límite de la personalidad y los investigadores notaron mejoras significativas en la impulsividad, el comportamiento autolesivo y el funcionamiento global.

Otro estudio encontró que la PTF no sólo redujo los síntomas, sino que también modificó los patrones de apego y mejoró la capacidad reflexiva, la forma en que las personas comprenden sus propias emociones y las de los demás.

Estos resultados apuntan a algo más profundo que una simple mejora superficial: sugieren cambios en la organización de la personalidad.

¿El cerebro también cambia?

Las investigaciones sugieren que una psicoterapia eficaz no sólo puede cambiar la forma en que pensamos o sentimos, sino que también puede estar asociada con cambios en la función cerebral. Algunos estudios realizados en personas con trastorno límite de la personalidad han observado que, tras un tratamiento estructurado, la actividad de regiones implicadas en las emociones intensas -como la amígdala- disminuye y aumenta la actividad de otras áreas que ayudan a regular y controlar los impulsos.

En otras palabras, una mejor comprensión de nuestras reacciones, considerarlas en un entorno seguro y experiencias más estables en las relaciones pueden cambiar la forma en que interpretamos lo que nos sucede. Algunas investigaciones sugieren que estos procesos también pueden estar relacionados con cambios en los circuitos cerebrales involucrados en las emociones.

Hay margen de adaptación

La personalidad no es infinitamente flexible. Hay factores biológicos y temperamentales que influyen en nuestra forma de ser. Por tanto, el cambio profundo no es inmediato ni fácil.

Sin embargo, la evidencia actual no respalda la idea de que estemos condenados a repetir los mismos patrones indefinidamente. Sería más exacto decir que hemos aprendido tendencias que pueden reorganizarse.

El cambio no significa que dejes de ser tú mismo: significa que amplías tu capacidad para regular las emociones, mantener relaciones más estables y mantener una identidad más coherente. La neurociencia demuestra que el cerebro conserva espacio para adaptarse durante toda la vida.

La cuestión, entonces, no es si seremos “así” para siempre, sino en qué condiciones podemos dejar de repetir lo que nos duele. La ciencia sugiere que, dentro de ciertos límites, el cambio psicológico es posible.


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