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¿Cuál es la función de la academia de idiomas? ¿Debería limitarse a grabar el discurso sobre el uso del lenguaje o está ahí para distinguir el bien del mal y establecer normas? La primera, el “descriptivismo” y la segunda, el “prescriptivismo”, son dos corrientes lingüísticas históricamente opuestas, que hoy vuelven a quedar patentes en el reciente artículo del académico y escritor español Arturo Pérez Reverte y las reacciones que suscitó.
En su artículo, Reverte denuncia que la Real Academia Española (RAE) abandona su papel regulador, favoreciendo el mayor uso en prensa y redes sociales y perdiendo de vista la “autoridad suprema de los grandes escritores”. Las respuestas apuntan al papel de la academia como “descriptor”, aunque fuentes internas de la RAE confirman que se analizarán las críticas de Pérez Reverte y se considerarán debates y propuestas.
Prescriptivismo: cómo se debe utilizar el lenguaje
Durante siglos, el idioma de interés en los círculos académicos y las universidades no fue el lenguaje cotidiano, sino el lenguaje escrito prestigioso, especialmente los textos literarios canónicos o las obras de grandes autores. El objetivo principal no era entender cómo habla la gente, sino cómo se debe escribir y hablar correctamente, tomando como modelo a esos escritores. Esta tradición es la raíz del prescriptivismo.
El prescriptivismo lingüístico sostiene que existen formas correctas e incorrectas de usar el lenguaje, y que una de las tareas del lingüista es establecer normas, basadas en el lenguaje escrito, en autores prestigiosos o en el uso por parte de élites culturales y educativas. En este enfoque, el cambio de idioma suele verse como corrupción y la variación como error.
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Durante gran parte de la historia de la RAE, desde su creación en 1713, ésta ha sido su misión, como lo demuestra su lema: “Limpiar, reparar y brillar”, que data de 1715. Y ésta es una función que, según Pérez Reverte, la RAE está tristemente abandonando, en una visión que la demografía dice compartir con otras.
Giro descriptivista: el lenguaje como objeto científico
A finales del siglo XIX y especialmente en el XX se empezó a definir la lingüística como una ciencia empírica. Aquí viene el descriptivismo, que propone que la lingüística no debería decir cómo hablar, sino describir cómo hablan realmente los hablantes. Para esta corriente, todas las variedades (dialectal, coloquial, no estándar) son sistemas completos, no versiones “defectuosas”. Este cambio implica un cambio en el interés académico: de los textos literarios a los hablantes reales y su uso de la lengua.

Sede de la Escuela Lexicográfica ASALE en Madrid. Serrano, (187-189) en Madrid (foto: RAE) / Wikimedia, CC BI-SA
El descriptivismo lingüístico en la RAE no aparece de repente, sino como un proceso paulatino que se consolida durante el siglo XX, sobre todo cuando la Academia deja de concebir el español exclusivamente de España y comienza a asumirlo como una lengua pluricéntrica.
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El verdadero punto de inflexión se produjo con la implantación activa de academias fuera de España y la creación de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) en 1951. Actualmente cuenta con 23 corporaciones, en América, España, Filipinas y Guinea Ecuatorial, e incluye países donde el español nunca ha sido lengua oficial, pero donde hay un gran número de hablantes. Por ejemplo, la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), que atiende a más de 60 millones de hispanohablantes en Estados Unidos.
El descriptivismo está claramente consolidado en las obras panhispánicas elaboradas conjuntamente por todas las academias, como la Nueva Gramática de la Lengua Española (2009), el Diccionario Panhispánico de Dudas (2005) o el Diccionario de americanismos (2010). En estas obras, los usos reales se describen antes de su evaluación, se reconocen las variaciones geográficas y sociales y la norma se presenta como resultado del uso y no como una imposición externa.
El conflicto básico
El debate no es sólo técnico, sino también ideológico y académico. El prescriptivismo está ligado a la autoridad cultural, la tradición literaria, la estandarización y la educación formal. El descriptivismo está relacionado con el método científico, la observación empírica y la igualdad entre variedades lingüísticas.
Lo que es innegable es que la lengua y los hablantes evolucionan. “Casi si no, se habrían equivocado en las cosas que debían hacer” (“Porque, si no, se habrían equivocado en las cosas que debían hacer”, dijo Alfonsi, del siglo XIII, en español) y los textos actuales se leerían en este estilo.
Es cierto que el nuevo uso puede irritar los oídos de muchos hablantes (incluso de aquellos que se consideran descriptivistas), pero muchos de estos usos son temporales y, si persisten, es porque pasarán por el filtro democrático del uso mayoritario permanente.
Evolución y tensión histórica
Este conflicto no es exclusivo del español, sino que se da en todas las lenguas. El autor británico Stephen Fry, en su contribución a What Makes Us Human? (“¿Qué nos hace humanos?”), dedica estas líneas a los prescriptivistas ingleses, entre los que él mismo se incluyó en el pasado (traducción propia):
“¿Pero sienten las burbujas en el estómago y la saliva del placer de la lengua? ¿Dejan que el deslizamiento de la punta de la lengua sobre la cavidad labial los sumerja en un éxtasis eufórico y embriagador? ¿Unen palabras imposibles a través del puro sexo fonético? ¿Agradan, sacian, sacian, estimulan al interlocutor con su lengua? ¿Está alguno de ellos ocupado buscando su error tipográfico?
En conclusión, el debate suscitado por las palabras de Pérez Reverte no es en realidad una disputa momentánea o un simple desacuerdo personal, sino una manifestación visible de la tensión histórica que atraviesa todo pensamiento sobre el lenguaje.
La RAE se encuentra hoy en el punto de un complejo equilibrio entre dos misiones legítimas pero potencialmente contradictorias: guiar normativamente a los hablantes y describir con rigor científico una lengua viva, diversa y en constante cambio.
Quizás un término medio sería crear una sección con palabras o usos en cuarentena hasta que el paso del tiempo dicte su sentencia. En cualquier caso, es precisamente en esta tensión permanente -desagradable, imperfecta, pero necesaria- donde reside la verdadera función de la academia de idiomas actual.
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Adrián Granados Navarro no recibe remuneración, no consulta, posee acciones ni recibe financiamiento de ninguna empresa u organización que pueda beneficiarse de este artículo, y declara que no tiene afiliaciones relevantes distintas al cargo académico mencionado anteriormente.
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