La transición energética es el camino que marcan los países para pasar del actual modelo de producción energética basado en combustibles fósiles, que emiten gases de efecto invernadero, a un nuevo modelo energético descarbonizado que no genera estas emisiones. Actualmente, los planes de transición energética pasan por la masificación de las fuentes de energía renovables, la electromovilidad, la electrificación de todos los procesos posibles y el uso de hidrógeno de bajas emisiones, conocido como hidrógeno verde.
Se trata de un vector energético muy prometedor para descarbonizar, directamente o a través de compuestos derivados del mismo, procesos industriales y agrícolas, así como el transporte pesado, marítimo y aéreo. El hidrógeno verde se produce mediante el uso de energía limpia, como el sol o el viento, para separar el agua en sus dos componentes: hidrógeno y oxígeno. Y se utiliza directamente como combustible en motores de combustión interna y turbinas, sin emitir carbono a la atmósfera, ni alimentar dispositivos electroquímicos que producen electricidad directamente, conocidos como pilas de combustible, que emiten únicamente agua como subproducto.
El hidrógeno también se puede utilizar para producir combustibles sintéticos como e-metanol, amoníaco verde y combustibles de aviación sostenibles, reduciendo las emisiones globales de carbono de estos procesos. Sin embargo, el hidrógeno verde es un combustible caro que sólo puede producirse utilizando electricidad renovable, como el sol o el viento. Por lo tanto, los países deben primero masivar la energía renovable y luego construir instalaciones para su producción.
El potencial y los desafíos del hidrógeno verde
La producción de hidrógeno verde sólo será rentable en regiones con alto potencial solar o eólico, como Chile, el norte de África, Oriente Medio y algunas zonas de Asia, pero estos países necesitan hacer avances decisivos en el despliegue de fuentes de energía renovables. Además, este combustible tendrá que ser transportado a las regiones del norte global, con ambiciosos programas de descarbonización, y a otros países que tradicionalmente producen combustibles fósiles, que tendrán que reestructurar sus economías.
Costes del hidrógeno generados con perspectivas a largo plazo para la energía fotovoltaica y eólica. Alesoft
Muchos de estos países, ubicados en los trópicos, también tienen una gran producción agrícola, lo que puede ayudarles a ser protagonistas de la transición energética global. Sus residuos agroindustriales son una fuente estratégica para la producción de hidrógeno de bajas emisiones y combustibles derivados, como amoniaco, metanol, biojet (utilizado en aviación) y biohidrógeno.
Este nuevo tipo de hidrógeno es abundante y asequible en muchas regiones, pero aún no figura en la mayoría de las hojas de ruta energéticas ni en las estrategias de importación en el Norte Global. Su producción se basa en tecnologías maduras, ya consolidadas y fiables, pudiendo incluso alcanzar emisiones netas de carbono negativas. Es una oportunidad para que países como Colombia, Brasil, India y Malasia, entre otros, impulsen sus economías del hidrógeno a través de soluciones locales y asequibles alineadas con la transición energética global.
Como ejemplo, Colombia podría desarrollar una estrategia pionera de producción combinada de energía, con el 37% de su hidrógeno producido a partir de fuentes de energía renovables como la solar y la eólica, y el 63% restante como biohidrógeno a partir de residuos de su agroindustria, proporcionando el 1,2% del mercado mundial estimado de hidrógeno para 2050.

Potencial de producción de hidrógeno verde en Colombia al 2050 por fuente y región. Desarrollo propio
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Acción en la COP30
Dado que el sector energético es uno de los principales contribuyentes al cambio climático, los planes de transición energética son protagonistas de las discusiones en la Cumbre anual sobre Cambio Climático (COP), celebrada este año en Brasil, un país altamente agrícola y con gran potencial para la producción de biohidrógeno.
Durante la COP30, el hidrógeno verde ocupó un lugar central en la agenda energética global, especialmente después del lanzamiento de la iniciativa Belem 4X, apoyada por 23 países con el objetivo de cuadriplicar la producción y el uso de combustibles sostenibles para 2035. Esta hoja de ruta incluye biocombustibles avanzados, biogás, combustibles sintéticos e hidrógeno de bajas emisiones.
Sin embargo, el debate internacional en torno a esta última categoría se ha orientado fuertemente hacia el hidrógeno verde producido a partir de fuentes de energía renovables como la eólica o la solar, dejando en un segundo plano el biohidrógeno producido a partir de residuos agrícolas.
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A pesar de ello, la iniciativa Belem4X ha reconocido explícitamente los esquemas “biomass to k”, que promueven la conversión de biomasa residual en combustibles de bajas emisiones. Este enfoque abre la puerta a que las tecnologías de producción de biohidrógeno sean consideradas como parte de las estrategias de descarbonización, especialmente en países con alto potencial agrícola y forestal, lo que permitiría resolver múltiples desafíos en la lucha contra el cambio climático.
Uno de ellos sería la transición de las economías de los países agrícolas y productores de petróleo a economías productoras de hidrógeno y de combustibles de bajas emisiones. Además, reduciría la incertidumbre económica de implementar estrictos compromisos de reducción de emisiones que limitan su crecimiento económico, como expresó India este año.
Este nuevo escenario ofrecerá nuevas oportunidades de ingresos e industrialización para estos países.
Hacia una transición energética justa
Finalmente, el establecimiento de un acuerdo sobre la oferta y la demanda de biohidrógeno desde el Sur Global hacia el Norte Global abordaría los dos pilares centrales de la Comunidad de Práctica: justicia ambiental y responsabilidad diferenciada. A través de este último, los grandes emisores de gases de efecto invernadero asumen la responsabilidad de monitorear la transición energética de los países menos productores pero más afectados por el calentamiento global.
Aunque la COP30 no dio importancia directa al biohidrógeno, el marco de acción acordado creó espacio para su desarrollo futuro. Para América Latina -región rica en recursos de biomasa- este biocombustible podría convertirse en un vector energético clave, complementario al hidrógeno verde producido por la energía solar y eólica, así como una oportunidad para transformar residuos en energía limpia fomentando al mismo tiempo el desarrollo rural y la economía circular.
El biohidrógeno es una energía abundante y económica que puede garantizar la justicia ambiental y la responsabilidad diferencial en la transición energética global. Por tanto, conviene incluirlo lo antes posible.
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