Cinco claves para hacer de tu colegio un entorno seguro y protector

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
8 Lectura mínima

“Ahora no dejo que nadie me insulte y me hable mal, ni eso le digo al profesor”.

Esta frase de una niña de nueve años muestra lo importante que es saber reconocer qué es la violencia y entender que los adultos tenemos la obligación de proteger a los niños. Algo que puede marcar la diferencia entre normalizar o no una situación abusiva.

La frase la aportó uno de los casi 1.000 niños y niñas que participaron en el programa de protección infantil #EscuelaSinViolencia de la Fundación FC Barcelona, ​​cuyo impacto evaluamos en nuestro grupo de investigación, y que ya se ha implementado en más de 160 colegios y 32.000 alumnos de Cataluña.

La violencia sigue siendo un problema social, jurídico y de salud pública que afecta a uno de cada dos menores cada año. Sólo el 10% de los casos se denuncian a las autoridades.

Los adultos, especialmente aquellos que trabajan con menores, están obligados a crear un “entorno seguro”: promover el buen trato y el respeto mutuo, la convivencia, la resolución pacífica de los conflictos y, en definitiva, el desarrollo óptimo de los menores.

¿Cómo podemos hacer eso? Nuestro estudio de evaluación de este programa nos permitió identificar cinco claves fundamentales.

1. Los adultos son responsables

En primer lugar, la cultura de la protección debe construirse sobre la base de que la responsabilidad recae siempre en los adultos. Los niños y niñas deben conocer sus derechos, aprender a identificar situaciones que los vulneran y los adultos orientar a las personas para pedir ayuda, pero la responsabilidad de agudizar su visión, garantizar un ambiente seguro que promueva el bienestar, detectar situaciones de riesgo o abuso y actuar recae únicamente en los adultos.

Los estudios muestran que aumentar el conocimiento y las habilidades de los estudiantes les permite identificar el abuso y explicar sus experiencias, pero necesitan estar rodeados de adultos que sean sensibles y capaces de actuar.

2. Trabajo en equipo y conciencia colectiva

Estudiantes, familias y docentes necesitan conocer los derechos de los niños, las diferentes formas de violencia (incluso las más sutiles) y sus graves impactos en los niños y adolescentes.

En el contexto escolar, también es necesario que el profesorado conozca los protocolos de actuación y cuente con un referente específicamente formado para implementar dichos protocolos. Si la familia y la escuela están bien conectadas y los niños se sienten escuchados y comprendidos, crearemos un entorno ideal para la detección temprana.

Y las liras también: el abuso en la infancia y la adolescencia afecta al cerebro

Para ello, creamos espacios y momentos diarios de escucha activa y confianza, sin juzgar ni minimizar sus inquietudes, teniendo en cuenta sus opiniones y respondiendo con apoyo y tranquilidad. Estas habilidades son las que promueve el programa #EscolaSenseViolencies

3. Más allá del acoso entre pares

La evidencia sugiere que podemos aprender a detectar mejor situaciones de violencia a través de una formación especializada y que en todos los centros hay menores víctimas de diversas formas de violencia.

Sin embargo, muchos profesionales de la educación siguen representando ignorancia y falsas creencias. Por ejemplo, existe una tendencia a pensar que la violencia contra los niños es rara y que si no deja marcas visibles no es violencia. Intentamos minimizar la gravedad de las agresiones verbales o relacionales (gritos, insultos), considerando determinadas conductas “tolerables”, por lo que los menores las normalizan. Conocer los números y las consecuencias de esta realidad es fundamental para cambiar nuestra perspectiva y comportamiento.

Lea también: Claves para saber si un menor es víctima de violencia

Como docentes o miembros de la comunidad escolar, debemos saber que los niños y las niñas pueden ser víctimas de violencia además del acoso entre compañeros o dentro de los muros de la escuela. Es común que las mismas víctimas estén expuestas a diferentes formas de violencia en diferentes contextos.

4. El conocimiento no traumatiza, empodera

Los niños tienen derecho a ser escuchados y a hablar sobre cosas que son importantes para ellos, como la violencia.

En los colegios podemos realizar actividades en clase que sirvan para exponer diferentes situaciones de violencia, comentarlas y discutir posibles soluciones. Pueden explicar sus experiencias de una manera apropiada para su edad: los adultos deben brindarles un entorno seguro para hacerlo, con personas dispuestas a escuchar activamente y responder de manera sensible y protectora.

Leer más: No es “cosa de niños”: la importancia de no normalizar el acoso

Por ejemplo, muchos participantes del programa decían cosas como: “Me ayudó a ver las injusticias”, “Los profesores ahora nos escuchan más y si me pasa algo, se lo cuento”.

La información proporcionada por los adultos debe ser veraz, basada en evidencia y adaptada a su nivel de desarrollo y conocimiento, buscando ejemplos sencillos, claros y que puedan comprender. Por ejemplo, explícales que algo que les duele no puede ser un secreto, o que tienen derecho a decir que algo no les gusta, incluso a un adulto.

Debemos transmitirles la certeza de que sabemos lo que hay que hacer para protegerlos, sin cuestionarlos. Por ejemplo, no digamos “¿por qué no dijiste eso antes?”. o “¿Estás seguro de que fue así?” sino “Lamento mucho que hayas pasado por eso, gracias por confiar en mí”. Tampoco se trata de alarmar o prometer cosas imposibles: en lugar de “no se lo diré a nadie”, podemos decir “seré lo más discreto que pueda, pero tengo la obligación de comunicarlo para protegeros”.

5. Para prevenir, no todo sirve

Finalmente, para prevenir la violencia no todo sirve. Los programas de prevención e intervención deben ir más allá de las buenas intenciones. Los centros educativos deben seleccionar aquellos que estén diseñados a partir de un marco teórico y empírico sólido y que tengan evidencia publicada de su eficacia. Idealmente, sus efectos deberían medirse y evaluarse periódicamente para confirmar que producen cambios significativos y duraderos en la actitud y el comportamiento. Es decir, hay que comprobar si consiguen los efectos deseados, pero también que no causen ningún daño.

Aplicando estas claves, es posible convertir la escuela en un entorno seguro y protector, donde no sólo se previene la violencia, sino que se detectan y detectan más casos, lo que puede marcar la diferencia entre actuar a tiempo o no.


Descubre más desde USA Today

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Comparte este artículo
Deja un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

es_ESSpanish

Descubre más desde USA Today

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo