¿Cómo cambia el impacto de los mejillones en el medio ambiente si los consumimos frescos, congelados o enlatados?

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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En España hablamos de “comer más pescado y marisco” casi como un mantra: menos productos cárnicos, más productos del mar. La recomendación tiene una base climática y de salud pública.

En un sentido global, los sistemas alimentarios contribuyen significativamente a la creación de emisiones de gases de efecto invernadero, y la ganadería es una fuente importante de ellas. En este marco, las proteínas de origen marino suelen presentarse como una alternativa con un menor impacto en el medio ambiente -consumo de energía y agua, emisiones o huella de carbono, contaminación, pérdida de biodiversidad…- por kilogramo de proteína.

El problema es que el “producto agua” no es una categoría homogénea. Los alimentos frescos y locales no tienen el mismo impacto que los alimentos que pasan por varias etapas de procesamiento antes de llegar al mercado. Cuando analizamos toda la cadena de valor que lleva los alimentos del mar al plato, vemos que el impacto de la transformación en el medio ambiente es mayor. Y eso se aplica incluso al mejillón, un ícono de la acuicultura.

El cultivo de mejillón se considera una forma de acuicultura de bajo impacto ambiental, ya que se alimenta de fitoplancton (diminutos organismos fotosintéticos) y no requiere alimentación artificial. Además, aporta proteínas y micronutrientes a la dieta y crea empleo en las zonas costeras.

Aun así, el impacto climático del mejillón no depende únicamente de su cultivo. También depende del procesamiento industrial, el tipo de presentación comercial, los flujos de transporte y la lógica comercial, incluidas la exportación e importación de productos en diferentes formas.

La huella de carbono de toda la cadena del mejillón

Un equipo multidisciplinar cuantificó la huella de carbono de la cadena alimentaria del mejillón en España, desde la etapa de producción hasta el consumo, distinguiendo las principales presentaciones comerciales: fresco, congelado y enlatado. Nuestra investigación está disponible en acceso abierto en Recursos, Conservación y Reciclaje.

La novedad es que por primera vez hemos calculado la huella de la cadena completa, integrando producción, refino, transformación industrial, comercio y transporte a diferentes niveles (internacional, nacional e intraprovincial).

El mejillón tiene una baja huella de carbono asociada a su producción, pero cuando se incorporan las realidades de la industria, el comercio y la logística, cambia lo suficiente como para que el formato de presentación y la cadena de suministro sean los protagonistas de sus impactos.

Producción concentrada y consumo distribuido.

La producción nacional de mejillón en sus tres presentaciones se concentra casi en su totalidad en Galicia, con una serie de implicaciones ecológicas y económicas. Por un lado, permite economías de escala y especialización productiva. Por otro lado, obliga a mover grandes cantidades para abastecer el consumo del resto de España. Todo ello, con flujos de exportación e importación que varían según la presentación.

Aquí surge una clave que muchas veces se pierde en el debate público: la geografía de la producción no coincide con la geografía del consumo. El resultado es una cadena conectada, con múltiples caminos, entradas y salidas, donde el producto puede cambiar de forma varias veces antes de llegar al consumidor.

El destino del mejillón español fresco ilustra esa dinámica. Sólo el 25% de la producción de mejillón fresco se destina al consumo interno. El resto se destina a procesamiento industrial o exportación. Y también se exporta una parte importante de los mejillones ya elaborados. Este comportamiento, habitual en otras cadenas alimentarias, tiene consecuencias climáticas: parte del impacto se traslada a las actividades industriales y logísticas.

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El impacto de la cadena del mejillón en el medio ambiente en España

Según nuestras estimaciones, la cadena alimentaria del mejillón en España produce unas 288.000 toneladas de CO₂ equivalente al año (una medida de todos los gases de efecto invernadero equivalentes a CO₂). Pero lo más interesante no es sólo el importe total, sino también cómo se distribuye.

Alrededor del 45% está relacionado con la producción acuícola, incluida la depuración. Alrededor del 43% corresponde al procesamiento industrial y alrededor del 12% proviene del transporte. En otras palabras: más de la mitad de las emisiones corresponden a la transformación industrial y logística, no a la fase de cultivo.

Este patrón tiene claras implicaciones para la política climática del sector. Si la estrategia se centra únicamente en mejorar la producción acuícola, se perderá una parte importante de la escala de reducción. Por otro lado, una estrategia que actúe sobre la planificación energética, la eficiencia industrial, la refrigeración, los materiales y la logística puede reducir las emisiones sin comprometer el papel del mejillón como alimento saludable.

Presentación de cambios en emisiones por kilogramo.

Una comparación por kilogramo consumido muestra diferencias relevantes entre presentaciones, teniendo los productos enlatados valores superiores a los frescos y congelados. Así, las latas oscilan entre 8,5 kg de CO₂eq por kg en encurtidos y 6,7 kg de CO₂eq por kg en salmuera. Los mejillones frescos tienen alrededor de 4,1 kg de CO₂eq por kilogramo, mientras que los mejillones congelados tienen alrededor de 3,6 kg de CO₂eq por kilogramo.

En el caso del mejillón congelado entra en juego un factor logístico: el mejillón congelado se transporta sin cáscara, lo que reduce la masa que se mueve a lo largo de la cadena. Si se transporta sin esa parte no comestible, se reduce el impacto del transporte por kilogramo consumido. Esto no convierte la congelación en una solución universal, pero sí explica por qué puede tener un perfil climático competitivo cuando la logística está bien organizada.

Para poner en contexto estas cifras de emisiones, vale la pena pensar en la huella de otros alimentos comunes. La carne de vacuno es mucho más elevada, con valores del orden de decenas de kg CO₂eq por kg. La carne de cerdo se sitúa cerca de los rangos medios, alrededor de 7 kg de CO₂eq por kg. Y algunos pescados, como la merluza, pueden tener cerca de 4,4 kg de CO₂eq por kg. En esta comparación, el mejillón destaca como una proteína marina con emisiones moderadas, pero con una fuerte sensibilidad al nivel de industrialización y flujos comerciales.

Consumo, exportación e importación: la cadena global

El balance de emisiones no se explica únicamente por el consumo interno. El estudio estima que la parte relacionada con el consumo asciende a unas 190.000 toneladas de CO₂eq, mientras que la exportación asciende a unas 98.000 mil toneladas de CO₂eq. Además, cerca del 21% del total de las emisiones provienen de productos importados en diversas presentaciones, especialmente procesados, procedentes de países como Chile o Nueva Zelanda.

Este punto es relevante porque trastoca la idea común: que el mejillón es “local” por definición. Puede que esté en fase de cultivo en España, pero la cadena de valor funciona como una red global. En algunos formatos, como las latas, las materias primas importadas pueden tener un peso importante. El resultado es que el impacto climático del consumo depende no sólo del tipo o método de producción, sino también de la ruta, el procesamiento, el origen y la logística asociada.

¿Qué significa todo esto para la transición alimentaria?

El mensaje final es sencillo: el mejillón es una buena opción dietética con menor impacto sobre el clima, pero su verdadero potencial depende de cómo se organice la cadena.

Para el sector el margen de mejora pasa por reducir el grado de transformación y optimizar la logística. Esto incluye eficiencia térmica y energética, materiales de embalaje mejorados, organización de carga, planificación de rutas y, cuando sea posible, reducción de movimientos redundantes entre sitios de cultivo, instalaciones de procesamiento y centros de distribución.

Para su consumo se recomienda no “dejar” las latas. Tienen ventajas reales: vida útil, precio, disponibilidad. El consejo es entender que el formato importa y que, cuando se quiere minimizar el impacto ambiental, consumir mejillones frescos o congelados puede ser una opción más asequible si provienen de cadenas eficientes. Paralelamente, es importante un etiquetado que haga visibles los orígenes y las rutas.

Los resultados se centran en la importancia de las políticas públicas industriales y logísticas. Se necesita un enfoque integral que permita la reubicación de las cadenas de suministro, priorizando el suministro interno y centrándose en recompensar la eficiencia industrial y logística para equilibrar la salud, la economía costera y el clima.

El impacto del mejillón en el medio ambiente no sólo se decide en la sartén. Esto también se decide en fábrica, en la cadena de frío y en la forma concreta en la que el producto viaja y llega a nuestros hogares.


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