Para aquellos de nosotros que crecimos sin Internet ni teléfonos celulares, ver a la Generación Z navegar digitalmente produce cierto vértigo. La cantidad de tareas, alertas y conversaciones que puedes gestionar simultáneamente en tu teléfono móvil y la velocidad a la que lo hacen te hacen sentir como una versión desactualizada de un software antiguo, de esos que estuvieron un rato “pensando” antes de dar el siguiente paso, con un icono de reloj de arena dando vueltas.
Pero esa habilidad digital tiene un lado oculto. Es posible que precisamente al reducir el ritmo y detenerse entre tareas al final del día, el boomer esté menos agotado mentalmente que el yerno. En su artículo sobre el tecnoestrés en el ámbito académico, los investigadores de la Universidad de Murcia José Luis Serrano y Juan Antonio Gutiérrez Gómez explican cómo ser más “competentes” digitalmente y mejor gestionando múltiples tareas online no protege a los estudiantes de sentirse abrumados, invadidos y agobiados al final del día.
Todo lo contrario: sus habilidades digitales no sólo no los preparan sino que muchas veces les impiden tener una relación más sostenible con la tecnología en el contexto saturado y altamente interdependiente en el que viven. Incluso el ámbito académico muchas veces se convierte en un lío “sin parar” de mensajes, alertas, plataformas y tareas digitales. En pocas palabras: no necesitamos enseñarles cómo manejar la tecnología, sino cómo lidiar con la constante afluencia de atención que requiere y cómo detenerla.
Veamos otro ejemplo de habilidades técnicas: cuando ChatGPT llegó a las universidades hace unos años, muchos profesores se sorprendieron de lo “bien” que escribían todos sus alumnos a la vez.
Hoy, el deslumbramiento ha dado paso a la engorrosa tarea de leer frases y frases bellamente estructuradas… que no dicen nada. Los angloparlantes ya le han puesto un nombre: “workslop”, algo así como un vacío académico. Satisfacción ante la falsa apariencia de un disolvente, que nos llena de conceptos vacíos y frases que no llevan a ninguna parte. Existía antes, pero ahora está en todas partes gracias a la IA. María Isabel Labrado Antolín, de la Universidad Comlutense, hizo un experimento entre sus alumnos y descubrió que los mejores trabajos provienen de estudiantes que utilizan la inteligencia artificial de una manera realmente inteligente. Una vez más, conocer la tecnología no es lo mismo que aprovecharla.
Y la “competencia digital”, ya sea de profesores o estudiantes, necesita una reformulación. Aprender a utilizar programas y dispositivos es una cosa, pero aprender a integrarlos en las tareas académicas y en la vida diaria es otra muy distinta. Los programas y dispositivos se están desarrollando a un ritmo rápido; Por este motivo, un profesor puede recibir un certificado que acredite que tiene conocimientos específicos de determinadas tecnologías, y al año siguiente se sienta frustrado y estresado por un problema técnico imposible de predecir.
La verdadera competencia digital significa darles a los docentes tiempo, apoyo, redes de colaboración y la libertad de cometer errores y experimentar. Sólo así podrán ofrecer una visión equilibrada y crítica a aquellos estudiantes que creen erróneamente que la tecnología no tiene secretos para ellos.
Esta semana también hablamos de cómo mejorar el nivel de inglés de los futuros profesores y actuales alumnos, cómo evitar la ansiedad por el cambio de escenario y lo importante que es la educación de cero a 3 años para el futuro académico y la equidad.
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