Cada 19 de marzo, Valencia convierte el fuego en espectáculo y memoria histórica. La ciudad y los distintos pueblos de la Comunidad Valenciana ven cómo los monumentos realizados a lo largo del año se van convirtiendo en cenizas. Valencia asume el relevo como su gesto de construir para destruir. Esa secuencia: creación, exposición y quema contiene una historia larga y compleja arraigada en la cultura europea del fuego y el tiempo.
Del fuego estacional al ritual urbano
El uso ritual del fuego para marcar el cambio de ciclo se remonta a la antigüedad europea, cuando distintas comunidades encendían hogueras para poner fin al invierno y dar la bienvenida a la primavera. En las regiones del centro y norte de Europa se quemaron figuras que representan el invierno. Esta costumbre aún pervive en festivales como el Sechselauten de Zurich.
Krema es uno de los momentos más esperados de Faljas. Ionov Vitaly/Shutterstock
En España, las hogueras ligadas al calendario cristiano, especialmente las de San Juan, en el solsticio de verano, o las de San Antón, mantienen la misma lógica. El incendio marcó un límite de tiempo y representó una forma visible de renovación colectiva.
La cristianización no eliminó esta práctica heredada del ciclo estacional; Lo integró en el calendario litúrgico y le dio un nuevo marco interpretativo dentro de la estructura gremial de la ciudad bajomedieval. A partir del siglo XIV, los gremios organizaron la vida económica y social. Cada artesanía celebraba a su patrón con eventos festivos. El 19 de marzo, día de San José, patrón de los carpinteros, coincidió con el inicio del equinoccio de primavera.
En los talleres se utilizaban estructuras de madera llamadas parot para sujetar las lámparas durante los meses de poca luz. Cuando la luz primaveral hizo innecesaria esta iluminación, estos soportes pudieron ser desmontados y quemados. El núcleo de la estructura estaba formado por un loro como soporte, al que se le añadieron ropas viejas y elementos combustibles para darle forma humana.
Así nació lo que se llamó “fala”, del latín “facula”, que significaba aquello que estaba destinado a arder: una antorcha, una lámpara, una estructura inflamable. El objetivo principal era la iluminación, no un detalle artístico.
El origen de Falas sigue siendo objeto de debate historiográfico. La explicación que conecta la festividad con el gremio de carpinteros y con la figura de San José es una de las interpretaciones más extendidas y aceptadas en la actualidad, aunque convive con otras lecturas que la conectan con rituales relacionados con el cambio de estaciones.
Cuando el fuego se encontró con la sátira
En el siglo XVIII, el término pasó a identificar una estructura plantada en la vía pública con motivos festivos y destinada a ser quemada. Este cambio de significado es crucial: la palabra conserva la referencia al fuego como centro, pero ya identifica un acto festivo concreto.

Soy la muñeca de la vaca lechera, 1955. BDFallas/Wikimedia Commons
Durante el siglo XIX, en el contexto de expansión de la prensa, creciente politización y consolidación de la opinión pública, la estructura comenzó a incluir figuras y escenas narrativas satíricas, con personajes y situaciones caricaturizadas que representaban las tensiones sociales, políticas o culturales del momento.
Krema, el acto de quemar el monumento el 19 de marzo, adquirió una dimensión simbólica más compleja. La quema cerró la actuación pública y reinició el ciclo anual.
En ese siglo se empezaron a instalar marcos de madera más complejos. El papel maché permitió dar volumen y expresividad a los ninots (muñecos). La estructura se organizó con un cuerpo central y múltiples ninots que desarrollaban narrativas críticas. En este contexto, el trabajo artesanal se especializó y surgió la figura del artista falero como profesional de una industria cultural singular.
Identidad, industria y organización.
A principios del siglo XX, Fales adquirió una forma reconocible como monumentos satíricos erigidos por encargo.

Una foto de aquella abuela y su nieta que representaron el primer ninot indultado. Wikimedia Commons
En 1934 se introdujo en el ritual una novedad decisiva: la creación del ninot indultat (“muñeco perdonado”), que en su primera edición, tras una votación de los ciudadanos, representaba la figura de una abuela con su nieta. Este gesto introdujo un matiz significativo: la comunidad decidió salvar de la quema la escena de la transmisión y la memoria.
Desde entonces, cada año se conserva una pieza que pasa a formar parte del Museo Fallero de Valencia. Posteriormente, la tradición se extendió al ninot indultat infantil. El fuego sigue marcando el significado profundo del festival, pero estas conservaciones introducen una dimensión de recuerdo dentro del ciclo de creación y destrucción.
La progresiva profesionalización de los artistas faleros ha transformado las construcciones de madera y cartón en composiciones escultóricas de gran formato, hasta el punto de que hoy algunas falas superan los treinta metros de altura.
Durante décadas, la gente ha trabajado con papel maché y madera. En la segunda mitad del siglo XX se incorporaron materiales más ligeros como el corcho blanco (poliestireno), que permitió aumentar el volumen y la complejidad del monumento. Actualmente se incorporan materiales más sostenibles en la construcción, tanto en arquitectura como en pintura y acabados, con el fin de reducir el impacto de la crema en el medio ambiente.
Las comisiones de Falas, herederas de la lógica sindical de la sociabilidad, organizan cada asentamiento en torno a un proyecto colectivo anual. La Junta Central Fallera coordina el calendario, regula categorías, premios y actos oficiales. La competición artística es un motor fundamental: los premios a los mejores premios fomentan la innovación estética y técnica. El festival moviliza cientos de monumentos de la ciudad de Valencia y numerosos municipios de la Comunidad Valenciana.
La ropa tradicional añade otra capa de significado. La falera, con trajes inspirados en modelos del siglo XVIII reinterpretados en el siglo XX, se convirtió en un símbolo de representación institucional y cultural. La música de la banda acompaña cada acto y refuerza el carácter de la comunidad.
Pólvora, ritual y memoria
La dimensión sonora es inseparable del proceso festivo. Del 1 al 19 de marzo se celebra cada día en la plaza del Ayuntamiento un masklet, una secuencia pirotécnica que combina ritmo, intensidad y vibración física. La pólvora forma parte del lenguaje simbólico de la fiesta: anuncia, prepara y culmina el ciclo.
El 19 de marzo, día de San José, la crema consume los monumentos tras un programa ritual que incluye desfiles, ofrendas florales (desde 1942), arroyos musicales y celebraciones nocturnas.
La celebración sólo ha sido suspendida en seis ocasiones: en 1886, cuando las Faljas decidieron no plantar la Falja porque no preveían un aumento de tarifas, en 1896 durante la Guerra de Cuba, entre 1936 y 1939, por la Guerra Civil Española, y en 2020 por la pandemia de Covid-19.
En 2016, la UNESCO declaró las Fallas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El reconocimiento se refiere tanto al espectáculo visual como al entramado social que lo sustenta: transmisión, organización vecinal, vestimenta, pirotecnia, creación artística y ritual colectivo.
La evolución histórica muestra una continuidad transformada. Más que entretenimiento, configuran un sistema histórico de creación efímera donde el fuego actúa como lenguaje simbólico, la crítica como mecanismo de reflexión colectiva y la competencia artística como motor de excelencia.
En ellos se condensa la tradición que surgió a partir del incendio estacional, pasó por el pueblo gremial y se tradujo en la sátira urbana. Los orígenes medievales de Falas permanecen en el gesto esencial: arder por empezar de nuevo.
Descubre más desde USA Today
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

