Sofía está en el parque con su hija de cinco años. En una mano sostiene un teléfono móvil y con la otra busca papeles de trabajo en su bolso. Está tenso. Su voz suena entrecortada cuando le responde a su pequeña, quien corre para mostrarle algo sobre el arenero. “No puedo ahora, Emma”, dice sin mirarla. Unos minutos después, la niña se frustra, tira la pala y empieza a gritar. La tensión de uno contagia al otro, en un bucle silencioso.
Escenas así son más comunes de lo que parece. Y no son precisamente inofensivos. Numerosos estudios destacan que en estos primeros años, el cerebro del niño es muy susceptible a factores biológicos, psicológicos y ambientales. Y entre ellos, el estrés de los padres se ha convertido en un riesgo importante para un desarrollo temprano adecuado.
Una ventana de vulnerabilidad
Durante los dos primeros años de vida, el cerebro crece y se organiza a un ritmo sin precedentes, a través de procesos como la sinaptogénesis (la formación de nuevas conexiones neuronales), la mielinización (la cubierta de los axones de las células nerviosas para acelerar los impulsos) y la formación de redes neuronales funcionales. Es por eso que esta etapa se considera un período crucial para establecer habilidades cognitivas y conductuales que durarán toda la vida.
En consecuencia, las condiciones ambientales –como la presencia de estrés crónico en el hogar– pueden alterar las vías de maduración cerebral. De hecho, diversos estudios han demostrado que los bebés nacidos de madres con altos niveles de estrés fisiológico presentan patrones de actividad cerebral atípicos para su edad.
Específicamente, el estrés materno crónico (medido por el cortisol capilar) se asocia con una maduración cerebral más lenta. Esto se manifiesta en el electroencefalograma por una menor actividad en las bandas de alta frecuencia (ondas alfa y gamma) y más actividad en las bandas bajas (theta). Estos son cambios que pueden causar consecuencias cognitivas duraderas.
De hecho, sin un adulto que ofrezca contención y apoyo, el estrés agudo (por ejemplo, debido a la pobreza extrema, el abuso o la depresión materna grave) puede debilitar la arquitectura del cerebro en desarrollo, con consecuencias negativas a largo plazo para el aprendizaje y otras funciones cognitivas.
Por tanto, no sorprende que el rendimiento cognitivo de los niños se vea afectado cuando el entorno familiar es muy tenso. Los niños en edad preescolar con mayores dificultades en las funciones ejecutivas (como la memoria de trabajo, el control de los impulsos o la flexibilidad cognitiva) tienden a tener niveles elevados de cortisol, al igual que sus padres.
En este círculo vicioso, el estrés del cuidador aumenta el estrés de los niños, lo que a su vez puede reducir su capacidad de autorregulación cognitiva.
impacto emocional
El estrés de mamá o papá no sólo afecta el intelecto de un niño: también moldea profundamente su mundo emocional y social. Crecer en un hogar con altos niveles de tensión se ha relacionado con todo tipo de problemas emocionales y de conducta en los niños, como agresión, ansiedad y síntomas depresivos. Los investigadores incluso han observado que los hijos de padres que reportan altos niveles de estrés durante el primer año de crianza tienen el doble de probabilidades de tener problemas de salud mental a los tres años.
Una de las razones es el deterioro de las interacciones emocionales. Los padres crónicamente estresados suelen ser más irritables, menos pacientes y menos sensibles a las señales emocionales de sus hijos. La ciencia del apego nos dice que cuando un padre se siente abrumado, le resulta más difícil brindar el cuidado sensible y receptivo que un bebé o un niño pequeño necesita.
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Esto puede provocar un apego inseguro del niño a sus padres; Es decir, no se sienten plenamente seguros ni confiados en la disponibilidad emocional de un adulto. Esto está estrechamente relacionado con problemas de conducta preescolar y un peor ajuste emocional.
También se ha demostrado que los niños pueden “captar” el estado emocional de sus cuidadores. La tensión constante en el rostro, la voz o acciones repentinas de mamá o papá actúan como un mensaje no verbal que el niño interioriza, generando muchas veces inestabilidad emocional.
El poder de la resiliencia
Es obvio que las dimensiones cognitivas y emocionales del desarrollo de un niño están estrechamente relacionadas con el bienestar de sus cuidadores. Cuando los padres se sienten abrumados, los niños lo sienten y lo reflejan en su desarrollo: se puede observar en conexiones neuronales que maduran más lentamente, en palabras que tardan en llegar, en rabietas frecuentes o en miedos difíciles de calmar.
La buena noticia es que este efecto no tiene por qué ser permanente. Las investigaciones sugieren que una variedad de factores pueden moderar o moderar los efectos del estrés parental. Por ejemplo, tener redes de apoyo familiar y social, recibir ayuda como padre o aprender técnicas de manejo del estrés. Por lo tanto, un estudio reciente encontró que la resiliencia familiar (la capacidad de la familia para adaptarse positivamente a la adversidad) modera significativamente el impacto negativo del estrés materno en el desarrollo infantil.
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