El estrés forma parte de la vida cotidiana, especialmente en la universidad. Exámenes, tareas y exhibiciones ponen a prueba la capacidad de los estudiantes para concentrarse y tomar decisiones. Todo ello en un contexto global donde la salud mental de los jóvenes es una preocupación creciente.
Organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertan del aumento del estrés provocado por las condiciones de vida de las sociedades industrializadas y su conexión con problemas de salud mental. Pero la ciencia no es clara sobre el rendimiento cognitivo: ¿el estrés empeora nuestras funciones mentales o puede mejorarlas?
Un estudio reciente analizó cómo dos tipos de estrés, objetivo y subjetivo, afectan a las llamadas funciones ejecutivas. Un papel que condiciona las habilidades mentales que utilizamos para planificar, concentrarnos, controlar los impulsos y adaptarnos a nuevas situaciones.
Resultados contradictorios
De hecho, la relación entre el estrés y las funciones ejecutivas dista mucho de estar clara. Algunos estudios demuestran que el estrés, especialmente cuando es intenso o duradero, perjudica habilidades como la memoria de trabajo, la atención o la flexibilidad mental al alterar el funcionamiento de la corteza prefrontal.
Sin embargo, otros estudios han demostrado exactamente lo contrario. En situaciones de estrés moderado, determinadas personas se desempeñan mejor en tareas que requieren concentración y control cognitivo. Y el tercer grupo de trabajo no encontró ningún efecto significativo.
Estas diferentes conclusiones sugieren que no basta con preguntarse si el estrés es “bueno o malo”, sino que es necesario tener en cuenta factores como la intensidad, la duración, el tipo de tarea y, sobre todo, cómo cada persona percibe la situación y la afronta. Sólo así se podrá interpretar adecuadamente el efecto del estrés sobre la cognición.
Dos formas de experimentar el estrés
Cómo experimentamos el estrés puede ser clave, más allá del estrés objetivo que experimentamos en un momento determinado.
En este sentido, podemos distinguir entre dos tipos de estrés. El estrés objetivo es lo que experimentamos en relación con una determinada situación de la vida. Por ejemplo, cuando nos subimos a un avión nos da miedo, cuando tenemos muchas tareas que hacer en poco tiempo o cuando nos sentimos juzgados. Por otro lado, el estrés subjetivo depende de la valoración que cada persona haga sobre estas situaciones objetivas.
El estrés subjetivo es más decisivo que el estrés objetivo
Al realizar un estudio sobre dos tipos de estrés, objetivo y subjetivo, surgió un hecho sorprendente. La situación creada para crear presión (realizar pruebas frente a una cámara, generar una situación de evaluación) no cambió mucho el desempeño de los estudiantes.
Más bien, el rendimiento cognitivo, particularmente el rendimiento de muy alto nivel, se vio claramente afectado por la experiencia subjetiva de estrés de las personas. Aquellos que informaron una mayor percepción subjetiva del estrés tendieron a desempeñarse mejor en una tarea que requería agilidad mental y flexibilidad cognitiva para encontrar palabras rápidamente.
Cuando estos estudiantes ya estresados se enfrentaron a una situación objetivamente estresante (evaluación de la cámara), su rendimiento fue aún mayor. En conjunto, esto sugiere que no es sólo la situación externa la que influye, sino principalmente cómo cada persona evalúa y percibe el estrés. Se hace énfasis en la importancia de la experiencia que cada persona tiene de la situación de vida que atraviesa, más allá de las circunstancias objetivas.
Una posible explicación
¿Cómo explicamos que más estrés pueda estar asociado con un mejor rendimiento en algunos casos? Una posible respuesta se encuentra en la ley de Yerkes-Dodson, que fue formulada en 1908 por los psicólogos Robert M. Yerkes y John D. Dodson. Según esta propuesta, el rendimiento mejora a medida que aumenta el nivel de excitación o alerta, pero sólo hasta cierto punto. Si la activación es demasiado baja (apatía, aburrimiento) o demasiado alta (bloqueo, ansiedad intensa), el rendimiento se deteriora.
Implicaciones para la vida académica
Estos resultados cuestionan la idea de que el estrés siempre tiene un efecto perjudicial sobre el rendimiento cognitivo. En algunos casos, puede tener un efecto positivo, especialmente en tareas que requieren la coordinación de varias habilidades mentales.
Esto no significa que el estrés crónico sea bueno. Sabemos que, sostenido en el tiempo, puede afectar la salud física y mental. Pero sí sugiere que aprender a gestionar el estrés con estrategias psicológicas adecuadas puede ayudar a mejorar nuestro rendimiento cuando se alcanza el punto óptimo de activación.
Estrategias como la planificación, el entrenamiento del control de la atención o la atención plena pueden ayudar a llevar este nivel de activación a la zona óptima. Así que el mensaje es claro: no todo el estrés es igual, y la forma en que lo experimentamos puede ser decisiva. Una mejor comprensión de esa relación podría ayudar a diseñar entornos educativos que no eliminen el estrés por completo, sino que lo conviertan, cuando sea posible, en un aliado del aprendizaje.
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