Las calorías, el azúcar añadido, las grasas saturadas o los edulcorantes son componentes de los alimentos que están muy relacionados con nuestra salud. Sin embargo, el que más vidas se cobra es el sodio: varios millones en todo el mundo cada año. A pesar de su influencia, sigue siendo en gran medida desconocido fuera del salero. ¿Por qué sucede esto?
El desafío de la OMS
Es cierto que el sodio es un mineral que necesitamos para funciones vitales como los impulsos nerviosos o el funcionamiento del corazón. Sin embargo, adaptando el proverbio, podríamos decir que “un poco se ama, pero mucho…mata”. Tomado en exceso, es el nutriente que peor nos parece, sobre todo porque consumimos el doble de la cantidad recomendada, poniendo en jaque nuestro corazón y vasos sanguíneos.
Solemos hablar de sal (cloruro de sodio) porque es el componente que más conocemos y que aparece en la etiqueta de los alimentos procesados. Aunque hoy en día existe un gran movimiento social a favor de una alimentación saludable, la sal todavía se ignora en gran medida. Recibe poca atención y somos poco conscientes de su presencia, lo que tiene graves implicaciones para la salud.
Ante esta situación, la Organización Mundial de la Salud (OMS) lanzó en 2013 un ambicioso reto: reducir el consumo de sal un 30% de aquí a 2025. 194 estados miembros se han comprometido a ello con un objetivo claro: evitar millones de muertes prematuras y nuevos casos de enfermedades cardiovasculares. Hoy la noticia no es buena: ningún país ha cumplido el objetivo.
comida muy salada
Debemos recordar que aunque la sal más famosa es la que añadimos al cocinar, la mayor parte de lo que comemos (alrededor del 75%) proviene de alimentos procesados. Por este motivo, la medida más eficaz para reducir el consumo es reducir el contenido de sal de este tipo de alimentos.
El pan, los productos cárnicos (productos cárnicos, embutidos) y el queso son los alimentos que más sal aportan a nuestra dieta. Los aperitivos o snacks, salsas y conservas también son fuentes importantes de sal. Incluso los productos dulces como galletas, bollería o barritas lo contienen en cantidades importantes.
No hubo reducción en España
Pese a las obligaciones internacionales, en España no existe una regulación amplia que limite la sal en los alimentos. La única normativa nacional de 2019 se refiere exclusivamente al “pan corriente” (el que se consume en 24 horas), dejando de lado el pan industrial. Sólo un real decreto reciente limita la sal en los alimentos ofrecidos en máquinas expendedoras y comedores escolares, pero no hay más legislación al respecto.
En 2017, el gobierno lanzó un programa para reducir la cantidad de sal, azúcar y grasa en los alimentos procesados. El acuerdo fue voluntario y al que se adhirieron 20 asociaciones sectoriales que representan a casi 400 empresas.
En el caso de la sal, el objetivo era muy poco ambicioso (una reducción de sólo el 5-16% en productos muy específicos) y quedaron fuera alimentos de gran consumo como el pan, el jamón o el queso. Además, dado que no se utilizaron métodos estadísticos validados para su evaluación, no podemos saber con certeza si se cumplió.
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Para arrojar luz sobre esta evolución, desde el equipo BADALI de la Universidad Miguel Hernández estudiamos el contenido de sal de los alimentos procesados en España desde 2017 hasta la actualidad. Utilizando métodos estadísticos validados, nuestras conclusiones son claras: no hubo una reducción general en el contenido de sal.
Los datos revelan contrastes sorprendentes: mientras que las galletas han reducido la sal en un 14% y los snacks en un 10%, la carne procesada tiene ahora hasta un 33% más de sal que hace unos años. Además, las conservas de verduras o legumbres, quesos, pan tierno industrial, cereales para el desayuno, salsas, tortitas, tostadas y tostadas no redujeron su contenido.
¿Qué podemos hacer cuando la voluntad escasea?
La experiencia nos dice que los acuerdos voluntarios no son efectivos. Tenemos un ejemplo en el Reino Unido: a principios de los años 2000, un programa obligatorio logró reducir el consumo de sal en un 19%, consiguiendo una reducción real de la presión arterial y de la mortalidad cardiovascular. Sin embargo, cuando el programa se volvió voluntario, el gasto volvió a aumentar.
Como consumidores, tenemos mucho que decir. Es posible que el paladar se acostumbre a menos sal en tan solo unas semanas. La mejor opción siempre es centrar nuestra dieta en alimentos naturales preparados en casa y añadir poco o nada de ese ingrediente en la cocina.
Si elegimos procesados, es fundamental revisar la etiqueta y elegir aquellos con menos sal. Como referencia, es recomendable buscar productos que no superen los 0,5 g de sal por 100 g o 100 ml. Y si no es posible, intenta que al menos no supere 1 año.
En definitiva, el camino hacia una dieta baja en sal es un reto compartido que empieza en nuestra mesa y acaba en el supermercado. Aunque reeducar nuestro paladar es un paso imprescindible, es necesario un compromiso firme de las instituciones y la industria para alcanzar los objetivos de salud. El objetivo final es simple pero vital: cuidar nuestro corazón.
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