El Helicoide en Caracas: del brutalismo arquitectónico al brutalismo

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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La mujer me pidió algo que parecía sencillo: que la acercara al Helicoide para tomarle unas fotos. Artista plástico, suele recorrer Caracas buscando en cada edificio vestigios de la ciudad que fuimos y disfrutamos. Durante las visitas, sus grupos de amigos celebran la diversidad de estilos, la modernidad truncada y las cicatrices arquitectónicas que marcan nuestro paisaje.

El Helicoide, construido durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez e hibernado en administraciones democráticas posteriores, fue concebido como un manifiesto de brutalismo: hormigón desnudo, monumentalidad sin ornamentación, funcionalidad destinada a simbolizar el progreso.

Mercedes me recordó que esta estética buscaba revelar la expresividad del material, la honestidad del concreto. Pero en Caracas, esa honestidad se ha convertido en una metáfora de otra brutalidad: el poder que constriñe y castiga.

Esta vez el paseo dominical no fue agradable. Durante años, lo visité para acompañar a amigos condenados por defender sus vidas en ese famoso día civil del 11 de abril de 2022. Para el día habitual de la visita, la amenaza se había hecho explícita: “Si entra, no sale, si vuelve, se queda aquí”. Helicoide se convirtió así en un fantasma personal, un recordatorio de cómo el hormigón puede ser cómplice del terror.

Sin dignidad y sin Dios

El ejercicio del poder siempre revela la tensión entre el bien y el mal. Su peor cara se muestra en la violencia y humillación de quienes sufren persecución por causa de la justicia. La tortura, física y psicológica, es uno de los crímenes más terribles, porque destruye cuerpos y almas.

El Helicoide forma parte de la genealogía de lugares donde la brutalidad está institucionalizada: la ESMA en Argentina, hoy convertida en un espacio de memoria; centros de detención en Cuba; Tadmur, conocido como “el reino de la muerte y la locura”, en Siria; Bagram, en Afganistán, donde los prisioneros fueron encadenados y asesinados a golpes; y centros secretos de la Stasi en Alemania Oriental. Todos comparten una misma lógica: un poder que se cree absoluto y convierte al ser humano en objeto de sufrimiento.

Cerrando la línea, pero sin olvidar

El anuncio de Delsea Rodríguez del 30 de enero de 2026 sobre el cierre del Helicoide y otros centros de detención se presentó como un gesto de apertura y conversión a los espacios públicos. Sin embargo, los decretos no borran la memoria. El Helicoide no es sólo un edificio: es un símbolo de represión documentada en informes internacionales que lo señalan como escenario de torturas y violaciones sistemáticas de derechos humanos.

En 2019, luego de visitar Venezuela, la Alta Comisionada Michelle Bachelet incluyó en su informe a Helicoides como centro de detención del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN). Allí se denunciaron torturas, tratos crueles e inhumanos, falta de acceso a abogados y condiciones degradantes para los presos políticos. Un año después, la Misión Internacional de Investigación del Consejo de Derechos Humanos de la ONU identificó a Helicoid como uno de los principales centros de tortura del país, junto con la sede de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM). El informe detalla prácticas sistemáticas como descargas eléctricas, asfixia, violencia sexual y aislamiento prolongado, calificándolas de crímenes de lesa humanidad (ONU, 2020).

Informes posteriores (2021-2024) confirmaron que Helicoide todavía se utilizaba para encarcelamiento arbitrario y tortura. Los testimonios lo describieron como un “laberinto de miedo” y lo destacaron como un “símbolo de represión institucionalizada”. La arquitectura brutalista que alguna vez pretendió representar la modernidad se ha convertido en una arquitectura del dolor, un espacio donde la dignidad humana es sistemáticamente negada.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos también condenó a Helicoid. En 2025, solicitó una visita para comprobar las condiciones en las que se encuentran los detenidos, citando denuncias de tortura y hacinamiento. Ese mismo año, en un comunicado reiteró su jurisdicción sobre Venezuela y describió los Helicoides como un “símbolo del horror”. En un fallo de agosto de 2025, la Corte Interamericana de Derechos Humanos reafirmó su jurisdicción sobre el país y vinculó su supervisión a centros como este.

Hay pleno acuerdo entre los organismos internacionales en materia de derechos humanos: el Helicoide es escenario de crímenes contra la humanidad. Su cierre administrativo no borra las huellas de dolor ni de responsabilidad histórica que allí surgieron.

Presentado en el MoMA de Nueva York

El helicoidal, que ganó prominencia internacional en 1961 cuando se presentó en un debate arquitectónico en el MoMA de Nueva York, fue concebido como un símbolo de modernidad y progreso en forma de brutalismo. Hoy, sin embargo, tiene una triste reputación: un emblema de brutalidad, represión y tortura. Esta paradoja no es ajena a la historia urbana latinoamericana: Venezuela, como muchos países de la región, heredó sueños de civilización y modernidad, pero los distorsionó bajo dictaduras, populismo y regímenes autoritarios.

El Helicoide encarna esa contradicción: una obra monumental que se suponía era un centro comercial futurista, convertida en prisión para cuerpos y esperanzas. La arquitectura, considerada motora del desarrollo, se convirtió en escenario de humillación e impunidad.

Lo que fue un desafío arquitectónico hoy es un desafío para el establecimiento de la justicia en nuestro país y la restauración de la dignidad humana como centro de toda acción política. Como lo expresaron nuestros hermanos argentinos, luego de pasar la prueba y pagar el precio de los errores de su clase política. Más.


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