Lucía, de dos años, suele preferir estar sola en el preescolar. Cuando se organizan actividades (cantar, jugar o hacer rodar una pelota en grupo), se queda a un lado, se sienta en un rincón mirando al suelo o a su objeto, o se tapa los oídos y da vueltas.
Sus profesores la animan a unirse al círculo diciéndole “¡Vamos Lucía, tienes que participar con todos!”, insistiendo hasta que logran convencerla; A veces incluso la levantan y la colocan en medio del grupo. Pero aumenta la irritabilidad de la niña, lo que provoca más retraimiento.
Los niños y niñas con autismo tienen un funcionamiento neurológico diferente que afecta la forma en que perciben su entorno, procesan la información sensorial, regulan sus emociones y se relacionan con los demás.
Esto, en la etapa infantil (entre 0 y 6 años), afecta a cómo conectan sus emociones con su expresión corporal, y muchas veces se traduce en una mayor tendencia a jugar solos, dificultades para compartir intereses con otras personas y formas atípicas de mostrar afecto o malestar, como evitar la mirada, buscar los mismos objetos o recurrir a movimientos autorreguladores.
Emoción, expresión, cuerpo y juego.
En estas edades tempranas, el cuerpo es la principal forma de relación con el entorno, y el juego es su principal forma de expresión. El pensamiento, la creatividad, la autonomía y la socialización se desarrollan a través del juego.
Una de las metodologías que utiliza el juego como principal herramienta de apoyo a los niños con autismo es la psicomotricidad relacional. A continuación te explicamos en qué consiste y cómo se puede aplicar.
Escuche, comprenda y conéctese
Las manifestaciones corporales, tanto en la dimensión motriz como cognitiva y afectivo-social, aportan información valiosa sobre el desarrollo del niño, su bienestar emocional y sus posibles cambios.
En la dimensión motriz, por ejemplo, se observa la coordinación de movimientos, el equilibrio o la presencia de torpeza y rigidez del cuerpo; en la dimensión cognitiva, la forma en que explora el espacio, mantiene la atención en las actividades o planifica acciones; y en la dimensión afectivo-social, gestos como acercarse o evitar el contacto, buscar el abrazo de un adulto, compartir o no el juego con otros niños y niñas, así como posturas que transmitan seguridad, timidez o malestar.
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Los maestros y cuidadores pueden aprender mucho simplemente observando estos comportamientos: les permite identificar señales de advertencia, comprender y monitorear el desarrollo de los niños desde una perspectiva holística.
Psicomotricidad relacional y autismo
La psicomotricidad relacional intenta conectar a cada niño y niña con sus emociones a través del análisis de la expresividad, adaptando la intervención a sus experiencias corporales. Toma tus habilidades como punto de partida e intenta acompañarte en la manifestación y transformación de tus necesidades, ayudándote a evolucionar.
A diferencia de los enfoques directivos que utilizan objetivos fijos y muchas palabras e instrucciones para guiar al niño, aquí el psicomotricista aborda el juego, utiliza su propio cuerpo para mediar, presta atención a lo que hace sin invadirlo y le ofrece opciones que le ayudan a conectarse mejor con el entorno.
Un ambiente estimulante
Te brinda así herramientas útiles y significativas para que tu cuerpo pueda ser utilizado para conectar con los demás, expresarte y comprender el mundo, todo ello en función de tu interés y tu propia actividad.
A partir de observar cómo el niño utiliza el espacio, juega con los materiales e interactúa con los demás, la psicomotricidad crea un ambiente que fomenta el deseo de comunicarse, compartir y explorar, ampliando las posibilidades de juego y expresión. Esto significa respetar su ritmo, ofrecer materiales que se adapten a sus intereses sensoriales, participar en juegos respetuosos y ayudarlos a tomar conciencia de sí mismos y de las demás personas.
Cuando hay menos integración corporal
Algunos niños y niñas tienen muchas dificultades en la relación porque les cuesta sentir y organizar su propio cuerpo. Es decir, no pueden ver bien cómo es su cuerpo ni cómo se mueve. En el caso de los niños y niñas con autismo, esto les dificulta iniciar o mantener relaciones porque sus cuerpos no siguen su deseo de comunicarse ni les permiten notar o comprender la respuesta de la otra persona.
En estas situaciones, un terapeuta psicomotriz puede ayudarles a desarrollar una mejor conciencia de su cuerpo. Para ello, los sigue en acción y sugiere juegos que representan experiencias corporales. Estos juegos les permiten organizarse, reconocer sus límites físicos y poco a poco conseguir momentos de encuentro con los demás que faciliten las relaciones y la comunicación.
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Por ejemplo, en un juego de escondite, un psicomotriz sigue a un niño o una niña en acción, ayudándolo a anticipar lo que sucederá y a reconocer dónde comienzan su cuerpo y el del otro.
Aislados en sus propias fantasías
Otros niños con autismo, aunque acceden al simbolismo, pueden mostrar una fantasía abrumadora que los aísla. El desafío es ofrecer un espacio seguro que les permita organizar y compartir su mundo, conectándolo con la realidad social y emocional que los rodea.
Esto se puede conseguir ofreciendo materiales y juegos que conecten la imaginación con la acción concreta, siguiendo sus sugerencias sin imponer, nombrando y reflejando sus emociones, y fomentando interacciones graduales con otros niños y niñas para que la fantasía se vincule con experiencias compartidas.
Por ejemplo, en el caso de un niño con autismo que sólo juega dentro de una fantasía recurrente de superhéroe, la psicomotricidad le invita a utilizar un trapo a modo de capa y poco a poco introducir pequeñas interacciones con otros niños, como pedirle a un superhéroe que le ayude a salvar un muñeco o invitar a otro niño a participar en una misión de fantasía sencilla, para que se convierta en una fantasía simple.
Comience con grupos pequeños
Las habilidades psicomotoras relacionales no sólo promueven el desarrollo individual, sino que también brindan un espacio social rico y significativo donde se promueven la interacción, la cooperación y la empatía.
Se pueden organizar actividades en parejas o de a tres donde sea posible que un niño con autismo desarrolle el juego conjunto y la construcción conjunta de significado, adoptando los medios básicos de relación. A veces es posible ampliar tus relaciones accediendo al contexto social de jugar en un grupo más grande y diverso.
Se crea un ambiente inclusivo, donde la persona es acogida tal como es, reconociendo y validando sus características, habilidades y estilos de expresión. En definitiva, se crean contextos de vida en los que cada niño y niña pueda participar, convivir y sentirse parte activa del grupo, construyendo una experiencia de pertenencia, identificación, cooperación y crecimiento común.
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