En las economías desarrolladas, el agua se ha convertido en víctima de su propio éxito social. Para quienes tienen acceso universal a él, se ha afianzado una forma de disonancia cognitiva: nos preocupamos por la amenaza de escasez mientras disfrutamos de un suministro ininterrumpido y completamente confiable. Basta con abrir el grifo y el problema desaparece, junto con la idea de que el agua está indisolublemente ligada a la igualdad de oportunidades.
Para muchos en el Norte Global, la escasez de agua es, en el mejor de los casos, una preocupación humanitaria y, en el peor, un problema abstracto, geográficamente distante y con poca base en la realidad. Pero esta sensación de seguridad es errónea. El agua no ha dejado de ser un requisito previo para la igualdad; en algunos lugares simplemente se perdió de vista.
2.100 millones de personas no tienen acceso fiable al agua potable
El Informe de las Naciones Unidas sobre el desarrollo de los recursos hídricos en el mundo de este año, presentado por la UNESCO en el Día Mundial del Agua, se titula “Agua para todos: igualdad de derechos y oportunidades”. El título no es sólo una floritura estilística, ya que el informe enfatiza que el acceso al agua limpia, segura y asequible –además de la participación equitativa y significativa de las mujeres en la gestión del agua– es esencial para reducir la pobreza y construir sociedades más sanas y justas.
Porcentaje de población con acceso a agua potable. OMS, CC BI
Las últimas cifras del Programa Conjunto de Vigilancia OMS/UNICEF son difíciles de ignorar. En 2024, 2.100 millones de personas todavía carecían de acceso a servicios de agua potable gestionados de forma segura, mientras que 3.400 millones carecían de servicios sanitarios gestionados de forma segura y 1.700 millones carecían de instalaciones básicas de higiene en el hogar. El progreso entre 2015 y 2024 es claro, pero la ONU advierte que el ritmo actual tendría que multiplicarse por ocho para lograr el acceso universal al agua potable para 2030.
El desequilibrio de género es particularmente pronunciado. A nivel mundial, el 26% de las mujeres y niñas (1.100 millones de personas) no tienen acceso a agua potable gestionada de forma segura. En los 53 países con datos disponibles, las mujeres y las niñas dedican 250 millones de horas al día a recolectar agua, más del triple que los hombres y los niños.
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El mito de la meritocracia
En una época marcada por un orden mundial fracturado, costos crecientes de infraestructura crítica, presión cada vez mayor sobre las finanzas públicas e intensificación de la competencia por recursos estratégicos, el agua ya no trae prosperidad por sí sola; también asigna riesgos, tiempo, productividad y oportunidades de vida. Cruza las fronteras sectoriales y está en el centro de los debates sobre seguridad alimentaria, resiliencia climática, competitividad industrial y cohesión social.
Por lo tanto, lo que debemos abordar no es sólo la disponibilidad física de recursos, sino también cómo se traduce en oportunidades reales.
Aparte de la cuestión de cuánta agua hay y quién tiene acceso a ella, la cuestión políticamente más importante es la siguiente: ¿Cómo distribuye el agua las oportunidades dentro de la sociedad? ¿A quién libera el tiempo y a quién aumenta las cargas? ¿A quién protege y a quién expone? ¿Quién puede estudiar, trabajar, descansar, preocuparse o correr riesgos y quién no?
Las respuestas a estas preguntas parecen residir en el concepto amplio de “igualdad de oportunidades”. Pero esta idea a menudo se utiliza acríticamente y ofrece poco más que una excusa conveniente para ignorar las desigualdades cada vez más profundas que determinan el éxito o el fracaso.
La obra del filósofo político Michael Sendel explora esto. Muestra cómo una fe ciega en la meritocracia trata el éxito como algo puramente individual, pasando por alto hasta qué punto se basa en ventajas heredadas, bienes públicos, contextos institucionales y trabajo invisible.
Podemos pensar en esto como una carrera a pie, donde los atletas compiten en condiciones idénticas. En teoría, todos tienen “las mismas posibilidades” de ganar, pero algunos están bien descansados y otros ya están agotados. Cuando suena el pistoletazo de salida, el resultado ya está decidido.
El agua encarna esta crítica. La meritocracia no puede perdurar cuando las condiciones iniciales son tan desiguales. Se derrumba cuando millones de niñas y mujeres siguen perdiendo horas de educación, empleo o recreación yendo a buscar agua. No puede mantenerse incluso cuando no existen condiciones sanitarias, lo que perjudica la salud, la seguridad, la privacidad y la continuidad de la educación.
También falla cuando la infraestructura doméstica de bienestar (beber, limpiar, cocinar, cuidar) recae desproporcionadamente sobre quienes ya tienen menos tiempo, ingresos o reconocimiento. Los datos del informe de la UNESCO dejan poco lugar a la metáfora; en cambio, exige un replanteamiento de la gramática moral del mérito.
El agua da forma a las trayectorias de vida
El trabajo de los economistas ganadores del Premio Nobel de 2019 Esther Duflo, Abhijit Banerjee y Michael Kramer es particularmente esclarecedor en este sentido. Demostraron que la desigualdad no sólo es evidente en grandes agregados macroeconómicos, sino también en la acumulación de pequeñas fricciones, costos aparentemente pequeños que distorsionan las trayectorias de vida a lo largo del tiempo.
El agua está en el centro de este desafío, no como una nota a pie de página sectorial, sino como un factor crítico para garantizar que la educación, la salud y el trabajo se conviertan en algo más que promesas abstractas.
Quienes viven en economías desarrolladas, donde los servicios de agua se brindan universalmente, pueden creer que el nexo entre agua y género se limita a contextos de bajos ingresos. Pero eso sería una equivocada ausencia de problemas para su transformación.
Puede que las personas en los países más ricos no tengan que caminar largas distancias para acceder al agua, pero la desigualdad se manifiesta en otros lugares: en la capacidad de pago, en la resiliencia a las sequías e inundaciones, en la exposición a viviendas deficientes, en la capacidad de absorber las interrupciones de los servicios, en la carga diaria de atención y en la representación en los órganos de toma de decisiones.
En cambio, en los países de ingresos medios y bajos persiste la dura realidad de tener que viajar en busca de agua. Allí, el agua moldea no sólo el bienestar, sino también las trayectorias de vida. Cuando los suministros no llegan al hogar, las mujeres y las niñas soportan la carga en siete de cada diez hogares. Y donde faltan condiciones sanitarias adecuadas, los riesgos para la salud, la seguridad y la continuidad de la educación crecen rápidamente.
En tales contextos, el agua no es un servicio público más. Aquí es donde se unen la desigualdad social, la fragilidad institucional y la división sexual del trabajo.
El agua sostiene a la sociedad
El agua por sí sola no resolverá mágicamente la desigualdad, pero es una prueba de fuego moral y política. Una sociedad puede repetir el mantra del mérito hasta ponerse triste, pero no puede considerarse justa mientras distribuye bienes básicos de manera tan desigual.
Y esa, en última instancia, es la verdad más incómoda del informe de la UNESCO. El agua no es sólo una cuestión de infraestructura, tarifas o tecnología críticas. La pregunta es qué tipo de sociedad queremos construir, si la igualdad seguirá siendo una ilusión o si se convertirá en una realidad material que libere tiempo, salud, seguridad y dignidad a gran escala.
En un mundo marcado por la incertidumbre geoeconómica y la competencia por recursos esenciales, la respuesta ya no puede ser retórica.

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