La ciencia no está sólo en los laboratorios o en los últimos avances mostrados en las publicaciones científicas. También está en casa, en todo lo que hacemos y en todo lo que somos. Se esconde entre los magistrales acertijos matemáticos de Alicia en el país de las maravillas o en cómo funciona el cerebro de los estudiantes pobres que se presentan a exámenes en estas fechas… pero también en las medidas de los mares en los confines del mundo o en la cantidad de peso que puede soportar la hiedra -no es un nombre en clave ni una heroína mitológica, es una planta-. Como aquel edificio New Court de Cambridge, que tiene 180 años, 10 metros de altura y pesa unas 12 toneladas, sin contar las raíces.
Y hay miles de ejemplos. Quizás no sepamos que cada vez que abrimos Google Maps, el correcto funcionamiento del GPS depende directamente de la teoría de la relatividad, al igual que las imágenes digitales y los paneles solares funcionan gracias al efecto fotoeléctrico, que fue explicado por Einstein en 1905. Pero si estamos hartos de la tecnología y lo que queremos es entender el mundo natural, especialmente el mundo marino -que, por cierto, tiene por qué viajar-, entender, en la práctica, cómo funciona la evolución y para qué sirve: cómo algunos peces transformaron sus aletas en patas, cómo se las arreglan las ballenas. amamantarse en el agua, por qué un tiburón produce más de 300.000 dientes en su vida o el sorprendente ecosistema que late en una gota de océano.
Es posible que cuando nos sumergimos en estos artículos, igual que ocurre cuando nos sumergimos en el mar, se nos ocurra que la naturaleza es una auténtica obra de arte. Y, como la naturaleza, lo somos todos, quizá por eso ciencia, arte y vida van tan de la mano. Aparte de la obvia relación entre ellos, el arte y la ciencia se necesitan mutuamente. Cuando personas de diferentes disciplinas colaboran, producen interpretaciones de la realidad más profundas, diversas y sensibles. No hay más que mirar los primeros mapas del mundo, las láminas naturalistas o las preciosas neuronas retratadas por Santiago Ramón y Cajal.
Y el ser humano tenemos tantas ganas de inventar y crear que no nos detenemos ante nada: imaginamos palabras, cronopias y mancuspies y utilizamos el humor y el ingenio para sobrellevar la mínima dignidad que el mundo digital nos pudre el cerebro… incluso la inteligencia artificial puede servir para crear bellas obras de literatura interactiva y multimedia.
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