¿Alguna vez te has preguntado si puedes confiar completamente en la gente de tu vecindario? ¿Qué pasa si su situación familiar es satisfactoria? Seguramente la respuesta a cualquiera de estas dos preguntas sería suficiente para una larga hora de charla con un amigo, café de por medio: ¿y si el vecino de 2ºA siempre recoge tus paquetes cuando no estás en casa, si el de 1ºE cuelga ropa chorreante en su tendedero, o si tu relación con tu hermano sólo es buena hasta que compartís una comida juntos?
Sin duda es difícil responder a estas preguntas en una escala del 1 al 10, pero lo cierto es que tu felicidad y la calidad de tu vida social se pueden cuantificar y comparar y estas dos preguntas forman parte de un test que lo hace posible y creado por la Universidad de Castilla La Mancha. Los resultados hasta ahora muestran que la satisfacción familiar y laboral es más importante que el dinero y que la confianza en el vecindario y la integración social parecen muy buenas.
El termómetro que mide tu nivel de satisfacción con la vida fue presentado con motivo del Día Internacional de la Felicidad, el 20 de marzo. ¿Qué pasé por alto? Es perfectamente comprensible. Mucha gente es así y le damos más peso a las malas noticias que a las buenas. Porque ¿quién puede recordar la suerte con lo que está pasando en Oriente Medio, por ejemplo? ¿Con el odio que se respira en el mundo? ¿Con las imágenes amenazantes que nos llegan a través de los medios y redes sociales de los actores del conflicto?
Indiferencia afectiva e intensidad de las emociones.
Esta dificultad para ponerle un número a algo tan complejo como la satisfacción con la vida no sólo tiene que ver con lo que nos pasa, sino también con cómo nos sentimos al respecto. No todas las personas viven la realidad emocional de la misma manera: mientras algunas reaccionan intensamente ante pequeños gestos cotidianos o malas noticias, otras parecen permanecer al margen, como si nada pudiera cambiar su equilibrio interior.
Esta aparente desconexión no siempre es indiferencia en el sentido saludable del término, sino que puede responder a mecanismos psicológicos más profundos. Esto es lo que se llama indiferencia afectiva y que la profesora Montserrat López, de la Universidad Europea Miguel de Cervantes, ha diseccionado muy claramente en este artículo.
Esta forma desigual de sentir y reaccionar afecta no sólo a nuestra vida personal, sino también a la forma en que participamos en el espacio digital. Cuando la emoción se vuelve selectiva, dejamos de reaccionar ante determinados contenidos, mientras que otros -más intensos, provocativos- atraen toda nuestra atención.
En este contexto, el odio encuentra un terreno fértil: no porque todos lo compartan, sino porque destaca, circula mejor y apenas encuentra resistencia. Así, la aparente desconexión emocional de unos y la sobrecarga emocional de otros acaban con el mismo resultado: la intensificación del conflicto en las redes sociales. Un estudio de 2,1 millones de mensajes en X revela que el 88% del odio sigue siendo visible años después, favorecido por algoritmos que premian la viralidad y la emoción. Esto nos dijo en Razgovor un equipo de tres profesores de la UNIR.
Primavera, hormonas y ritmos circadianos
Y con estos vaivenes emocionales afrontamos la primavera que acaba de coincidir con el Día Internacional de la Felicidad y, no lo olvidemos, los cambios sanguíneos.
¿Pero realmente la cambia o es sólo un cliché? La evidencia científica demuestra que la primavera afecta a las personas, pero no de forma uniforme o “mágica”. El aumento de luz altera los ritmos circadianos, el sueño y los sistemas neuroquímicos como la serotonina, creando una mayor activación.
Esto puede traducirse en más energía o irritabilidad e impulsividad. Las hormonas, por supuesto, también influyen, sobre todo si estás atravesando la menopausia. Por cierto, escucha a expertos como la profesora Clara Selva Olid, de la UOC, y no te dejes llevar por el lavado de la menopausia.
En definitiva, te invitamos a hacer el test de la felicidad porque en estos tiempos en los que todo parece empujarnos hacia el ruido y el conflicto, entender cómo nos sentimos —y por qué— puede ser el primer paso para proteger nuestra felicidad en medio del caos.
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