En las universidades españolas el profesorado envejece, la jubilación se acerca y la llegada de nuevo profesorado es tardía y difícil. Este problema del relevo generacional también se da fuera de España, y es especialmente acusado en las ciencias de la salud.
Las carreras de salud avanzan lentamente: los profesores universitarios pasan una parte importante de su vida laboral con contratos temporales con escasas remuneraciones y pocas posibilidades de investigación o formación, lo que retrasa su progreso y consolidación profesional.
Pero el hecho de que las carreras se desarrollen tan lentamente es un problema cuando vemos que casi el 40% de los profesores europeos tienen más de 50 años. Reemplazar estos perfiles requiere profesionales con doctorado, experiencia investigadora y formación pedagógica.
Déficit en España
En España esta tendencia es aún más pronunciada. Sólo las universidades estatales necesitarían otros 2.600 profesores para desarrollar adecuadamente la enseñanza médica. Este déficit complica también las previsiones de jubilación en los próximos años, dado que buena parte del profesorado que sustenta la estructura docente pertenece a las cohortes de mayor edad. Esto afectará la capacidad de las universidades para mantener materias complejas, supervisar la práctica clínica e impulsar la innovación curricular.
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La incertidumbre en la universidad tampoco favorece la introducción de nuevos perfiles. La tenencia actual, la rotación de contratos y los salarios no competitivos actúan como un desincentivo para que los profesionales clínicos altamente calificados consideren una carrera académica estable. Esta situación dificulta el acceso y permanencia de los nuevos docentes en la escuela.
El cuidado confirma la tendencia
Las disciplinas de la salud comparten problemas estructurales, aunque la enfermería ofrece una radiografía particularmente clara. Investigaciones recientes muestran que la plena consolidación académica, con el doctorado y una formación pedagógica avanzada, se alcanza alrededor de los 54 años. Esta edad tardía es consecuencia de las fases prolongadas en la práctica clínica y de la falta de estructuras para una transición más temprana a la docencia y la investigación.
En la práctica, esto significa que cuando un profesor finalmente alcanza la estabilidad y formación necesarias para el pleno ejercicio como docente universitario, está más cerca de la jubilación que cuando inició su carrera profesional. Como consecuencia, su contribución académica efectiva es relativamente pequeña, lo que limita la capacidad de las instituciones para reconstruir equipos docentes y consolidar proyectos de largo plazo.
Un problema que traspasa fronteras
La situación española encaja en el panorama internacional que avanza en la misma dirección. En Estados Unidos, la Asociación Americana de Facultades de Enfermería alerta cada año sobre la escasez de profesores con doctorado, un problema que lleva a muchas escuelas a limitar las admisiones de estudiantes por falta de profesores cualificados.
En Medicina, la Asociación de Facultades de Medicina de Estados Unidos describe un cuerpo docente que envejece progresivamente, sin planes claros para encontrar sustitutos adecuadamente preparados para los profesores que se jubilan.
En consecuencia, en el Reino Unido, el Consejo de Facultades de Medicina observa una disminución continua de los académicos clínicos y una dificultad cada vez mayor para atraer profesionales que combinen experiencia en salud y carreras académicas, un equilibrio fundamental en las carreras de salud.
Acreditación, requisitos y difícil acceso
¿Por qué estos profesionales no se convierten antes en profesores universitarios? España cuenta con un exigente sistema de acreditación que busca garantizar la calidad del profesorado universitario. Este marco es esencial, pero puede resultar difícil de lograr para quienes han dedicado la mayor parte de sus carreras al sector sanitario.
Un ejemplo común es el de un enfermero, médico o fisioterapeuta con muchos años de experiencia clínica que, cuando decide ir a la universidad, encuentra que indicadores como publicar más artículos en revistas científicas de alto impacto, participar en proyectos de investigación competitivos y realizar actividades académicas en el extranjero, como estancias prolongadas o valor de colaboración formal, son valores centrales.
Acumular ese conjunto de méritos rara vez está al alcance de quienes continúan trabajando por turnos en un centro de salud mientras intentan iniciar su trayectoria académica. El resultado es una lenta y complicada entrada de profesionales altamente cualificados que podrían aportar un gran valor a la docencia universitaria.
La universidad como embudo del sistema sanitario
El debate público a menudo se centra en la escasez de trabajadores sanitarios, las listas de espera o las dificultades que tienen los hospitales para cubrir las vacantes. Sin embargo, la capacidad de formar a estos expertos depende de algo previo e imprescindible: la universidad.
Una universidad sin suficientes profesores no sólo tendrá dificultades para ampliar las plazas en carreras de salud, sino que también corre el riesgo de no poder mantener su oferta actual.
La Organización Mundial de la Salud advierte sobre una escasez global de trabajadores sanitarios de aquí a 2030. ¿Cómo podrá responder el sistema sanitario a la creciente demanda de especialistas si la universidad pierde la capacidad de formarlos?
Actúe ahora para proteger el futuro
La respuesta no es abrir más facultades, sino garantizar que haya un cuerpo docente suficiente, preparado y estable.
Facilitar la transición de la clínica a la academia, promover los doctorados tempranos, brindar estabilidad laboral a los nuevos profesores y revisar los sistemas de acreditación para que reflejen con mayor precisión la realidad de las trayectorias profesionales de los títulos de salud son medidas urgentes. Europa y Estados Unidos ya están discutiendo estrategias para afrontar este desafío. España necesita implicarse decididamente en este debate.
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