Entre el progreso y el fracaso: un momento crítico para los derechos de las mujeres en América Latina

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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El panorama global atraviesa un momento crítico: en los últimos años, el ascenso de fuerzas de extrema derecha y movimientos antigénero en varias regiones –desde Europa y Estados Unidos hasta Asia y partes de África– ha reconfigurado el terreno político.

Estas corrientes comparten una estrategia común: erosionan los marcos legales consolidados, cuestionan la legitimidad de las instituciones de igualdad, recortan presupuestos y desacreditan a los movimientos feministas como amenazas al “orden tradicional”.

En muchos países, estos discursos están articulados por nacionalismos, religiosidades conservadoras o posiciones antimultilateralistas que reducen la igualdad de género a “ideología”, negando su estatus como derecho humano.

En el contexto global de incertidumbre económica, polarización y desinformación digital, la agenda de igualdad se ha convertido en un objetivo prioritario de proyectos autoritarios que buscan redirigir el poder hacia estructuras jerárquicas y patriarcales.

En América Latina, la última década ha dejado logros significativos –paridad, derechos reproductivos, sistemas de atención, leyes contra la violencia y arquitectura institucional–, pero también signos de estancamiento y regresión.

Los balances de ONU Mujeres, la CEPAL y el sistema de Naciones Unidas coinciden: el progreso es real, pero insuficiente, desigual y sujeto al rechazo conservador. Ningún indicador de los Objetivos de Desarrollo Sostenible sobre igualdad (ODS 5) se ha cumplido plenamente y, al ritmo actual, se necesitarían décadas para lograr la paridad en los parlamentos.

Avance legislativo por país

Los avances más significativos se lograron en el ámbito legislativo y en la adopción de políticas multisectoriales. Entre los ejemplos más notables está México, que se ha convertido en un referente de paridad gracias a reformas que exigieron listas equilibradas y paridad en los lugares de toma de decisiones y llevaron a la elección de su primera presidenta en 2024, Claudia Scheinbaum.

También Chile, que bajo la administración de Gabrijelo Borić implementó fuertes políticas de prevención de la violencia (Ley Integral 21.675), además de la aprobación del Sistema Nacional de Apoyo y Atención (“Chile Cuida”), que garantiza el derecho a la atención y articula una red intersectorial.

Y Colombia, donde el gobierno de Gustavo Preto integró servicios de justicia y protección para mujeres afectadas por el conflicto armado (Plan Nacional Mujer, Paz y Seguridad 1325); aprobó la primera ley integral en la región que criminaliza y sanciona la violencia política contra mujeres líderes y candidatas en todos los niveles del estado (Ley 2453) y aprobó el CONPES 4143, que establece una Política Nacional de Protección a diez años de duración.

En materia de cuidados, México también reconoció el derecho al cuidado en la Ley General de Desarrollo Social (2024) y conformó una mesa interinstitucional para construir un futuro sistema nacional de cuidados.

Campañas para la prevención de la violencia

En la prevención de la violencia, Brasil también, con el regreso de un gobierno progresista, ha fortalecido el marco contra la violencia de género: ha aumentado las penas por el asesinato de mujeres menores de 40 años y ha lanzado pactos y campañas nacionales (“Femicidio cero”).

México lanzó diez acciones federales para mejorar la coordinación institucional y prevenir ataques. En Honduras, Xiomara Castro fortaleció las políticas de protección a las mujeres con la Ley de “Casas de Acogida”. Todo esto a pesar de que, según la CEPAL, las tasas de homicidio y de impunidad en la región siguen siendo muy altas.

Sobre los derechos sexuales y reproductivos

En derechos sexuales y reproductivos, la “marea verde” ha reconfigurado el mapa regional. Argentina legalizó el aborto en 2020, Colombia lo despenalizó hasta la semana 24 (2022) y en México, un fallo de 2023 declaró inconstitucional la penalización del aborto a nivel federal.

En Chile, el gobierno reactivó el debate sobre la ampliación de derechos y anunció un proyecto para despenalizar la interrupción voluntaria del embarazo hasta las 12-14 semanas. Honduras ha logrado avances en la revocación de una prohibición sobre el uso y venta de anticonceptivos de emergencia, a pesar de que mantiene una de las leyes de aborto más rígidas.

La región también ha avanzado en la institucionalidad de género, creando o fortaleciendo ministerios y secretarías para la igualdad: el Ministerio de Igualdad en Colombia (ahora en riesgo por sentencias judiciales), la Secretaría de la Mujer en México y la Secretaría de Estado de la Mujer en Honduras.

Desventajas en la región: el caso emblemático de Argentina y otras advertencias

El fracaso más visible está en Argentina, donde en 2023 el gobierno de Javier Miley desmanteló las instituciones de género (eliminó el Ministerio de la Mujer), redujo drásticamente los programas antiviolencia e impulsó proyectos para repenalizar el aborto, golpear líneas de atención, transferencias para sobrevivientes y capacidad estatal. Todo ello desde un discurso estatal abiertamente antigénero.

Organizaciones como Amnistía Internacional en Argentina, junto con las marchas “Ni una menos”, han condenado tal deterioro.

En Centroamérica, el patrón también es severo. El Salvador mantiene una prohibición total del aborto y las mujeres son encarceladas por emergencias obstétricas. A pesar de las sentencias interamericanas (el caso “Beatriz”) que exigen garantías, el cierre de espacios cívicos bajo Naib Bukele obligó a organizaciones clave al exilio o al cierre, incluido el histórico Grupo Ciudadano por la Despenalización del Aborto.

Nicaragua, bajo el liderazgo de Daniel Ortega, cerró miles de organizaciones no gubernamentales –incluidos grupos feministas– sofocando, según expertos del CEDAV, los servicios básicos para las víctimas y borrando la voz pública de los veteranos.

Y en Guatemala persisten la violencia y los obstáculos al acceso a la justicia a pesar de los recientes esfuerzos institucionales. Tales retrocesos afectan particularmente a las mujeres indígenas, afrodescendientes y rurales que, según la ORDPI, enfrentan violencias específicas, discriminación en salud y justicia, y barreras lingüísticas y territoriales que profundizan la desigualdad y limitan el acceso real a los derechos.

Progreso real y riesgos crecientes

En América Latina, el impulso institucional de la última década ha permitido mejoras tangibles y marcos legales más sólidos, con la influencia persistente de los movimientos feministas.

La investigación comparada destaca que América Latina alberga hoy algunos de los movimientos feministas más fuertes y conectados del Sur Global, responsables de logros como la “marea verde”, la expansión de los sistemas de cuidados y la consolidación de las instituciones de igualdad.

Incluso el aumento del rechazo conservador da fe de la magnitud de este progreso: las ofensivas antigénero están surgiendo como reacción a décadas de avances feministas en la legislación y las políticas públicas.

Pero al mismo tiempo, los reveses –especialmente políticos y presupuestarios– amenazan con socavar los logros recientes. El caso argentino sirve como advertencia: sin continuidad institucional, la política de igualdad puede desaparecer en cuestión de meses.

A nivel mundial, el aumento de la violencia, la persistente pobreza de las mujeres y la reacción conservadora muestran que la igualdad no está garantizada. La conclusión es clara: el progreso requiere vigilancia, inversión sostenible y voluntad política. Porque incluso donde hubo buena legislación, las amenazas no desaparecen.


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