Éramos realmente más felices en 2016. ¿Por qué idealizamos el pasado?

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
7 Lectura mínima

Las imágenes comparativas abundan estos días en las redes sociales. Una foto de 2016 aparece junto a otra de 2026. Van acompañadas de varios textos: “Así éramos entonces”, “cuando todo era más sencillo”, “antes de que el mundo se torciera”. Vemos caras más jóvenes, sonrisas despreocupadas. Una vida que, vista desde hoy, parece más fácil.

No es sólo moda visual. Detrás de estas comparaciones se esconde una idea cada vez más extendida: que 2016 fue “el último año bueno”. El tiempo previo a la pandemia, la crisis encadenada y la sensación de incertidumbre permanente que define el presente. ¿Pero es correcta esta percepción?

Llega un momento en la vida en el que el pasado empieza a parecer más amable. No importa si hablamos de la infancia, la juventud o cuando trabajamos. Algo cambia y, de repente, los recuerdos se llenan de veranos interminables, conversaciones casuales y problemas que hoy parecen pequeños. De ahí surgió la frase: “En el pasado, la vida era mejor”.

¿Pero realmente vivíamos mejor entonces? ¿O miramos ese pasado a través del filtro de la nostalgia? ¿Y si lo que ha cambiado no es tanto lo que experimentamos sino cómo lo recordamos?

Para entender por qué tendemos a idealizar ciertos momentos de nuestras vidas y por qué lo hacemos con tanta fuerza cuando el presente se vuelve incierto, vale la pena prestar menos atención a lo que pasó en 2016 y a cómo funciona nuestra memoria.

La memoria no vuelve.

Tendemos a pensar en la memoria como una especie de archivo: almacenamos experiencias y, cuando queremos, las recuperamos intactas. Sin embargo, la memoria no reproduce el pasado: lo reconstruye. Cada recuerdo es una versión actualizada de lo que vivimos, filtrado por quiénes somos hoy.

Cada vez que recordamos, la memoria se activa, reorganiza y almacena nuevamente. Por eso el pasado no permanece fijo. Cambia con nosotros. La memoria es, en cierto modo, reinterpretación.

Esto explica algunas experiencias que todos hemos tenido en algún momento. Por ejemplo, cómo un mismo episodio puede parecernos diferente a lo largo de los años. O cómo dos personas recuerdan una historia compartida de manera muy diferente.

La memoria no lo almacena todo, ni tampoco lo mismo.

Nuestra memoria no es neutral. No conserva todos los detalles ni trata todos los recuerdos por igual. Algunos permanecen disponibles durante décadas; otros se desvanecen sin que sepamos cuándo.

Las emociones tienen mucho que ver con esto. Los recuerdos cargados de emociones se consolidan mejor que los neutrales, pero con el tiempo sucede algo extraño: muchas experiencias negativas pierden su poder, mientras que las positivas permanecen más vívidas. No porque los primeros desaparezcan, sino porque se vuelven menos disponibles.

Olvidar, en este sentido, no es un fracaso: es una forma de protección.

Cuando el pasado se vuelve más hermoso

Esto conduce a lo que la psicología llama “sesgo de positividad”: la tendencia a recordar nuestra vida mejor de lo que realmente fue. No es que inventemos recuerdos felices, sino que los negativos cada vez ocupan menos espacio cuando miramos hacia atrás.

Este sesgo aumenta con la edad y se vuelve especialmente visible a partir de los 60 años. En ese momento, la memoria del pasado comienza a cumplir otra función. Ya no sirve tanto para aprender o planificar, sino para dar sentido, confirmar quiénes somos y sentirnos bien con la vida que vivimos.

Jubilación: cuando cambia la forma de mirar hacia atrás

La jubilación suele significar antes y después. No sólo porque cambia la rutina, sino porque cambia la forma en que vivimos el tiempo. El futuro deja de ser un espacio infinito y se vuelve más concreto. Y cuando eso sucede, nuestras prioridades psicológicas se reorganizan.

En esta etapa, muchas personas se vuelven más expertas en regular sus emociones. Aprenden, a veces sin darse cuenta, a no insistir tanto en lo negativo y a guardar más fácilmente los recuerdos que les traen humildad, orgullo y cariño. La memoria autobiográfica se convierte en una aliada para mantener el equilibrio emocional en tiempos de grandes cambios.

Por eso, mirando hacia atrás, la vida parece más amable. No porque ya lo fue, sino porque debería serlo ahora.

Nostalgia: no es una debilidad, es una adaptación

La nostalgia suele verse como una forma de vida estancada en el pasado. Sin embargo, sabemos por la psicología que juega un papel importante. Recordar los “buenos momentos” fortalece nuestra identidad, nos recuerda de dónde venimos y nos ayuda a afrontar el presente con más calma.

La nostalgia no nos aleja de la realidad, pero nos permite habitarla con más significado. Sólo se vuelve problemático cuando impide vivir el presente. En la mayoría de los casos, recordar con cariño es una forma saludable de seguir adelante.

¿Entonces todo era mejor antes?

Probablemente no, pero nuestra memoria no está diseñada para ser justa con el pasado, sino útil para el presente. Al seleccionar, suavizar y reconstruir lo que hemos experimentado, la memoria nos ayuda a mantener una historia personal coherente y emocionalmente viable.

Quizás, cuando decimos que antes todo era mejor, no estemos hablando del pasado. Estamos hablando de que la memoria hace lo que siempre ha hecho: cuidarnos.


Descubre más desde USA Today

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Comparte este artículo
Deja un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

es_ESSpanish

Descubre más desde USA Today

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo