A medida que envejecemos, es normal notar cambios en nuestro sueño. Estos pueden incluir menos horas de sueño, más despertares durante la noche y un destete más duro. Sin embargo, a pesar de la opinión común de que las personas mayores normalmente necesitan dormir menos, la evidencia científica sugiere que este cambio no se debe en realidad a una necesidad de descansar menos, sino a una capacidad reducida para conciliar un sueño profundo e ininterrumpido.
Los cerebros mayores todavía necesitan descansar, pero les resulta más difícil y trabajan de forma más superficial. Es como si el “interruptor de apagado” que nos mantiene dormidos funcionara cada vez con menos eficacia a medida que pasa el tiempo.
Dormir y envejecer más fácilmente
Una de las principales razones por las que dormimos peor a medida que envejecemos es la pérdida de estabilidad en el sistema que regula el sueño y la vigilia.
En el cerebro joven, este sistema funciona como un interruptor: o está despierto o dormido. Pero a medida que envejecemos, algunas neuronas que promueven y mantienen el sueño se pierden, mientras que otras que mantienen la vigilia también se debilitan. Como resultado, el cerebro cambia de estado más fácilmente, lo que lleva a un sueño más ligero y fragmentado.
Nuestros relojes biológicos también cambian con la edad. El grupo de neuronas que coordina los ritmos circadianos de todo el cuerpo (conocido como núcleo supraquiasmático) sigue funcionando, pero su “día” se acorta y comienza antes, y su señal se vuelve menos intensa.
Esto explica en parte por qué las personas mayores tienden a quedarse dormidas y a despertarse más temprano. También explica por qué su sueño nocturno es más sensible a los estímulos externos y por qué pueden experimentar más somnolencia durante el día. En pocas palabras, el cerebro recibe una señal menos clara sobre cuándo dormir y cuándo permanecer despierto.
Otro cambio significativo se produce en nuestra “presión del sueño”. Este impulso se acumula durante el día y nos hace dormir por la noche, y depende de una sustancia conocida como adenosina. A medida que envejecemos, el cerebro sigue acumulando fatiga, pero responde con menos eficacia a esta señal. Aunque persiste la necesidad de dormir, resulta más difícil traducir la señal en un sueño profundo e ininterrumpido.
El sueño profundo, esencial para la recuperación del cerebro, se ve directamente afectado por cambios estructurales en el cerebro. Esta etapa del sueño ocurre principalmente en las regiones frontales, que van perdiendo grosor y conexiones a medida que envejecemos. Como resultado, las ondas cerebrales lentas que caracterizan el sueño profundo se vuelven más débiles y menos frecuentes, especialmente al comienzo de la noche.
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Durante el sueño, el cerebro también envía señales breves que ayudan a consolidar los recuerdos del día. A medida que envejecemos, estas señales disminuyen y se vuelven menos sincronizadas con el sueño profundo. Esto contribuye a una reducción de la eficiencia del aprendizaje y la memoria, incluso en personas mayores sanas.
Finalmente, el envejecimiento afecta las conexiones que permiten que diferentes regiones del cerebro funcionen sincronizadas durante la noche. Aunque las neuronas que crean el sueño todavía están presentes, sus señales se transmiten de manera menos eficiente. El resultado es un sueño menos profundo, más fragmentado y menos reparador.
Es importante señalar que un sueño más ligero se considera parte del proceso natural de envejecimiento del cerebro en los adultos mayores sanos. Estos cambios no necesariamente conducen a problemas cognitivos.
Factores de estilo de vida
Además de estos cambios biológicos, otros factores pueden tener una influencia decisiva en el sueño de las personas mayores, interactuando a menudo con mecanismos neurobiológicos. Por ejemplo, la pérdida de rutinas diarias (como horas de trabajo regulares, actividad física estructurada y exposición constante a la luz natural) debilita las señales externas que ayudan a sincronizar el reloj biológico, exacerbando la fragmentación del sueño.
En esta etapa de la vida son más habituales los trastornos del sueño como el insomnio y la apnea obstructiva del sueño. Al mismo tiempo, una mayor carga de enfermedades crónicas (dolor persistente, enfermedades cardiovasculares o respiratorias) y trastornos del estado de ánimo provocan más despertares nocturnos e interrupciones del sueño.
Aunque es necesario, el uso frecuente de medicamentos también puede alterar los patrones de sueño. Estos van desde somníferos y ansiolíticos que afectan el sueño profundo, hasta antidepresivos, betabloqueantes y diuréticos que interfieren con el inicio, la estabilidad o la continuidad del sueño.
En conjunto, estos factores actúan como moduladores. Aunque no causan envejecimiento del sueño per se, pueden exacerbarlo y hacerlo clínicamente significativo cuando ocurren en un cerebro que ya es más vulnerable.
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¿Qué es el envejecimiento “normal” durante el sueño?
En los últimos años, existe cada vez más evidencia sobre los efectos perjudiciales de la falta de sueño y los trastornos del sueño en la salud del cerebro. Dormir mal no sólo se asocia con un peor rendimiento cognitivo a corto plazo, sino también con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia a largo plazo.
Este creciente interés ha puesto de relieve el sueño en la vejez, una etapa de la vida en la que los patrones de sueño cambian casi universalmente. Sin embargo, uno de los mayores desafíos es trazar una línea clara entre los cambios en el sueño que forman parte del envejecimiento normal -es decir, que no conllevan consecuencias físicas o mentales negativas- y aquellos que pueden representar un síntoma temprano y subclínico de procesos neurodegenerativos.
A medida que una persona envejece, puede comenzar a notar un empeoramiento de sus patrones de sueño (despertarse durante la noche, dormir más ligero, etc.). Pero no existen biomarcadores que puedan determinar si se trata de cambios normales esperados con la edad o si en realidad son una manifestación de una enfermedad neurodegenerativa.
Aunque es normal que el sueño sea más fácil con la edad, algunos cambios van más allá de lo esperado y pueden indicar un envejecimiento cerebral poco saludable. Uno de los principales signos de alerta es la marcada y progresiva fragmentación del sueño, con múltiples despertares nocturnos prolongados y una sensación persistente de sueño no reparador, incluso cuando el tiempo total de permanencia en cama es suficiente. A diferencia del envejecimiento normal, en estos casos el sueño pierde estabilidad y continuidad.
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Otro signo clave es la rápida aparición o empeoramiento de la somnolencia diurna excesiva, especialmente cuando interfiere con las actividades diarias o es desproporcionada con la cantidad de sueño. Esto sugeriría que el sueño de la persona ha perdido su función reparadora.
¿Cuándo deberías preocuparte?
Desde una perspectiva neurocognitiva, la coexistencia de alteraciones del sueño con cambios cognitivos sutiles (como dificultades recientes con la memoria, la atención o el aprendizaje, incluso si aún no cumplen los criterios de deterioro cognitivo) es motivo de especial preocupación. Investigaciones recientes sugieren que esta combinación puede reflejar procesos neurodegenerativos en etapa temprana.
Los cambios en la calidad del sueño, no sólo una disminución en la duración del sueño, también se consideran señales de advertencia. Esto puede suponer una desaparición casi completa del sueño profundo, una reducción significativa del sueño REM o una inversión progresiva del ciclo sueño-vigilia, con aumento de la actividad nocturna y de la somnolencia diurna. Estos patrones no son típicos de un envejecimiento saludable.
Otras señales de advertencia son la creciente dependencia de somníferos o sedantes médicos, así como de tratamientos que funcionaron antes de volverse repentinamente ineficaces. En estos casos, el problema no suele ser sólo el insomnio, sino un trastorno subyacente de los mecanismos del sueño del cerebro.
Estos signos por sí solos no son suficientes para diagnosticar una enfermedad neurodegenerativa, pero muestran por qué necesitamos evaluar el sueño como un posible marcador de riesgo temprano, especialmente cuando los cambios son recientes, progresivos y asociados con deterioro cognitivo.
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