A finales del siglo XX, España podía reconocer claramente en el mundo “su” música, desde el melodioso Julio Iglesias, el chispeante pop de La Meca o la potencia de Héroes del Silencio hasta la sensibilidad con toques flamencos de Alejandro Sanz o el indie que marcó a una generación.
Sin embargo, en 2025 la pregunta ya no es qué define la identidad de la música española, sino si ese concepto sigue teniendo sentido dentro de un ecosistema donde el español se ha vuelto global, híbrido y profundamente conectado.
Ésta es una de las reflexiones de un nuevo informe del observatorio español Nebrija, que revela cómo España ha pasado de exportar voces a formar parte de una red transnacional donde se cruzan acentos y se comparten ritmos.
De exportar artistas a importar éxitos
España actuó como una de las grandes emisoras de música en español. Durante los años 80 y 90 se produjo una profesionalización de la industria española, marcada por la concentración del mercado en manos de empresas multinacionales. A diferencia de lo que estaba sucediendo en otras naciones europeas, la transformación fue vertiginosa.
Así, si en 1980 siete editoriales mundiales controlaban el 52% del mercado, en 1985 sólo cinco editoriales representaban el 87%. Este crecimiento se vio agravado por una combinación de explosión creativa y apoyo de la radio, algunos programas de televisión y revistas musicales. Las nuevas tecnologías para el consumo musical físico –como el CD– también contribuyeron a la expansión internacional de los grandes referentes del pop español.
Pero a partir de la década de 2000, esa fórmula de éxito empezó a cambiar, primero tímidamente y luego estructuralmente. Así que pasamos de lo físico a lo digital impulsado por el aumento de la piratería que empujó a la industria a una crisis de ventas que finalmente afectó a todo el sistema.
En ese punto de inflexión, en 2005, la colaboración entre la colombiana Shakira y el español Alejandro Sanz reveló que el idioma es un vector más poderoso que cualquier identidad nacional. La canción “La Torture” anticipó la explosión del pop latino-global cuya arquitectura ya no dependía del país de origen del artista, sino de su conexión con una comunidad lingüística transcontinental.
A partir de entonces, España empezó a importar sonidos, estilos, productores y narrativas provenientes de América Latina. Los datos lo revelan: cuando analizamos el consumo musical en España durante las dos últimas décadas, siete de cada diez canciones se cantan en español. De hecho, el 94% de la música que consume esta audiencia de YouTube está cantada en español, al igual que el 87% de la que escuchan en Spotify. Pero sólo una cuarta parte de esas canciones son de artistas españoles. Es decir, el español que domina las listas tiene muchos acentos.
Sin embargo, esto no indica una pérdida de relevancia cultural para los artistas españoles, sino un cambio de eje. Se podría decir que la identidad musical deja de ser local y se vuelve lingüística y relacional. Así, el sonido español ya no se entiende como una estética propia y diferenciada de un país, sino como parte de un espacio común compartido, un “orgullo latino” que puede aparecer desde Medellín, San Juan o Buenos Aires hasta Ciudad de México, Miami, Cuenca, Terraza o Canarias.
Identidad musical por aportación
El ascenso de la música en español en la escena global no surgió de la nada, ni fue simplemente algo que trajo consigo el viento del mercado. Más bien, es el punto de encuentro de flujos históricos y tecnologías que han reconfigurado las rutas que recorre la cultura en un planeta interconectado en los últimos 20 años.
Durante los años 90, la música en español funcionó como un mercado fragmentado, jerarquizado y con flujos unidireccionales (en España asociado al pop, en Estados Unidos al spanglish). Hoy, sin embargo, opera como una comunidad digital, fluida, global y dopada por algoritmos. Las plataformas que borraron fronteras también revelaron un hecho fundamental: el español es uno de los idiomas más escuchados del mundo en las listas de éxitos.
En este contexto, los artistas españoles se mueven entre la idea de preservar determinadas raíces culturales y al mismo tiempo adoptar sonidos y estéticas que conecten con una audiencia global. Se ha observado un relevo generacional desde los superventas del pop español como Estopa, Pablo Alborán o Dani Martín hasta Juan Magaña, Rosalía, Quevedo y RVFV, referencias a propuestas que se han integrado en un lenguaje musical más amplio.
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cuenta de mujeres
Otro vector clave que impulsa la música en español es el género femenino.
La presencia de Karol G y Rosalía en las listas globales, junto con una figura transgeneracional como Shakira –que representa un caso único de reinvención continua dentro de la industria latina– nos permite observar un ciclo cambiante en la música popular contemporánea.
A ellos se suman traductores españoles con fuerte proyección internacional. Así, según Chartmetric, para Aitana, Bad Gial y Ana Mena, México es su mercado secundario, mientras que Argentina es Índigo para Lola. Por lo tanto, la relevancia de estos artistas ya no puede entenderse como regional o local, sino como parte de un ecosistema cultural cada vez más interconectado que les permite lidiar con espacios simbólicos históricamente masculinizados.
En uno de sus conciertos en Madrid de 2024, Karol G subió al escenario a Amaya Montero, entonces ex cantante de La Oreja de Van Gogh, en un momento que ejemplificó la fusión de dos generaciones musicales en español.
Su visibilidad y su forma de reinterpretar el género, lejos de ser un fenómeno aislado, marca un punto de inflexión en la historia de la representación femenina. Este empoderamiento femenino y latino que encarnan abre la puerta a nuevas generaciones y legitima la diversidad de expresión que amplía los márgenes de la cultura popular contemporánea desde el español.
Al final, la música en este idioma no se trata de banderas, sino de voces que conquistan. Lo importante no es el origen del sonido, sino la amplitud de su eco.
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