Cada año, el Foro Económico Mundial de Davos se convierte en un entorno privilegiado para fijar agendas globales. Pero también en un espacio profundamente saturado de discursos, informes y grandes palabras. Lugar donde no se garantiza la atención: disputado.
Por eso cobra especial relevancia el discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, del 20 de enero. No sólo por su contenido político y económico, sino por la forma en que está construido para merecer atención en un contexto donde la escucha no se da por sentado, sino que se gana.
Antes de continuar leyendo, se recomienda escuchar el discurso completo. Sólo así podremos apreciar hasta qué punto su eficacia reside no sólo en lo que dice, sino en cómo está diseñado para ser escuchado y recordado.
Fuente: Grupo REFORMA. Pon la creatividad en el centro
Lejos de improvisar o limitarse a la exposición técnica, Carney ofrece un discurso cuidadosamente elaborado desde el punto de vista narrativo. Aplica recursos de narración, redacción publicitaria y escritura de guiones para convertir mensajes complejos en historias comprensibles y memorables que puedan conectar con el público.
No se trata de embellecer el contenido ni de buscar aplausos fáciles. Es un ejemplo de que la comunicación creativa, cuando se utiliza de manera responsable, puede ser una herramienta poderosa para mejorar el debate público. Especialmente cuando el contexto exige más ruido del que se piensa.
¿Por qué competir por la atención cuando puedes ganártela?
Ante la saturación de información, muchos oradores optan por gritar más fuerte, simplificar o provocar artificialmente para destacar. El discurso de Carney sigue una lógica diferente.
No apresura, no dramatiza ni busca un titular inmediato. Su estrategia es diferente: abandonar la competencia por atención para generar relevancia. Se supone que la audiencia de Davos es exigente, diversa y saturada y sólo escuchará lo que percibe como claro, coherente y respetuoso.
Esta elección no es ingenua. Esto incluye aceptar que no todos los mensajes serán escuchados, pero también confiar en la capacidad de la audiencia para seguir un razonamiento complejo si se presenta de una manera comprensible y atractiva.
En lugar de gritar, Carney quiere participar.
discurso, idea
Una de las reglas básicas de cualquier buen discurso es tener claro lo que se quiere comunicar. No acumule mensajes, sino articule una idea central que pueda respaldar toda la historia. La idea principal puede esconder otras ideas secundarias, pero el mensaje debe ser claro y reconocible.
Carney comienza su intervención con una idea directa y poderosa que estructura todo el discurso: “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición. No cambies de tema, no abras nuevos debates, no digas nada que no apoye la idea”.
Esta coherencia no sólo proporciona claridad, sino que también crea credibilidad. El oyente percibe que hay una dirección clara y que cada argumento cumple una función dentro del todo.
Estamos hablando de ti a ti
Otro de los rasgos más llamativos de un discurso es su tono. Carney habla desde una posición de autoridad institucional, pero evita un nombre distante o exaltado.
Utiliza frases directas, un lenguaje accesible y un “nosotros” inclusivo que involucra a la audiencia en el diagnóstico y la responsabilidad compartida.
En la comunicación pública, la autoridad no se impone sólo por el cargo: se construye a través de la confianza. Y la confianza proviene en gran medida de la sensación de estar frente a alguien que le habla al oyente y no se pone por encima de él.
Algunos gestos refuerzan esa cercanía. Iniciar el discurso en francés antes de pasar al inglés actúa como un gesto simbólico de un país con dos lenguas oficiales y en un contexto global. Frases como “todos en esta sala saben que…” construyen un marco compartido que fortalece la complicidad y credibilidad del orador.
Contar historias y metáforas para hacer comprensible lo complejo.
Carney aborda cuestiones grandes y abstractas: el orden internacional, el poder, la democracia, la economía global. Podría hacerlo desde un lenguaje técnico o normativo, pero opta por convertir lo abstracto en una experiencia compartida a través de historias, analogías y referencias culturales.
Las metáforas no simplifican el contenido, lo hacen concebible. Ayudan a organizar el pensamiento de la audiencia y a generar ideas complejas. No recordamos datos aislados, recordamos historias. Podemos olvidar el discurso, pero no cómo nos sentimos.
Un claro ejemplo es el referido a Vaclav Havel, quien responde a la pregunta: ¿cómo se mantuvo el sistema comunista? Es la historia de un comerciante que pone un cartel “¡Proletarios de todos los países, uníos!” en su escaparate sin creer en él.
Esa historia sirve para explicar una idea compleja: que la fuerza de un sistema no reside en su verdad, sino en la voluntad colectiva de actuar como si lo fuera. Y que su fragilidad comienza cuando alguien deja de fingir.
Más tarde, Carney lo recupera (se llama devolución narrativa) cuando dice que “nos damos cuenta de que esta ruptura requiere más que un ajuste. Requiere honestidad acerca del mundo tal como es. Estamos quitando la señal de la ventana”, usando la metáfora para anclar la idea de una manera coherente y profunda.
Otra poderosa metáfora como “las potencias medias deben actuar juntas. Si no estás en la mesa, estás en el menú” condensa una lógica geopolítica compleja en una frase comprensible.
Recursos creativos, oratoria y retórica.
Desde un punto de vista formal, el discurso está cuidadosamente construido. Surgen recursos comunes de escritura creativa que cumplen una función cognitiva: organizar información, priorizar ideas y facilitar la memoria.
Carney utiliza la anáfora para proporcionar ritmo (“nos reunimos…”, “nos alabamos unos a otros…”, “nos beneficiamos…”), contrasta con la atención directa (“ruptura, no transición”) y quiasmo para reforzar el mensaje (“dependemos no sólo de la fuerza de nuestros valores, sino del valor de nuestra fuerza”).
El uso de tríadas, paralelismos y repeticiones añade claridad y facilidad de escucha. Estas técnicas no requieren brillantez estilística. Bien aplicados pasan desapercibidos. El oyente no cree que el discurso esté bien escrito, cree que lo entiende.
Emoción sin populismo
El uso de la emoción en los discursos políticos suele despertar sospechas. Sin embargo, no hay comunicación significativa sin un mínimo de conexión emocional. Emoción y manipulación no son lo mismo.
Carney activa emociones como la preocupación compartida, la responsabilidad colectiva o la esperanza cautelosa. Evite deliberadamente aquellos que son más polarizantes, como el miedo o la ira.
La emoción no sustituye al argumento, lo acompaña y lo hace accesible. Como recuerda Eduard Pounset, “las palabras crean imágenes, consolidan marcos y son una introducción a las emociones. Las emociones son comprensión”.
¿Qué queda cuando termine el discurso?
Más allá del aplauso inmediato o del impacto mediático, la pregunta clave es otra: ¿qué queda cuando termine el discurso?
La comunicación no es sólo transferencia de información, sino también un aporte a la construcción de marcos comunes de interpretación. Las palabras no sólo describen el mundo, sino que también le dan forma.
Carney no ofrece soluciones cerradas ni promesas grandiosas. Ofrece un marco desde el cual pensar en los desafíos globales y las responsabilidades de quienes los enfrentan.
El discurso del Primer Ministro canadiense en Davos demuestra que la creatividad no es una reserva publicitaria ni un adorno estético. Es una herramienta democrática cuando se pone al servicio de la comprensión, la responsabilidad y el respeto de los ciudadanos.
Es una herramienta que puede convertir un buen discurso en un gran discurso.
En una época en la que muchos sólo quieren ocupar espacio, algunos todavía se esfuerzan por ayudar a comprender, organizar ideas y activar emociones responsables.
En comunicación institucional, la buena comunicación no es sólo una cuestión de estilo: es una forma de liderar. Y la creatividad, tu mejor aliada para una conexión honesta con los ciudadanos.
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