Durante décadas hemos centrado todos nuestros esfuerzos en tratar el cáncer atacando directamente a las células tumorales. Hoy sabemos que una de las herramientas más valiosas y poderosas para combatirlo ya se encontraba en nuestro organismo: el sistema inmunológico. Convertirlo en nuestro aliado es una opción interesante en la lucha contra el cáncer.
¿Qué es la inmunoterapia?
A diferencia de tratamientos como la quimioterapia o las terapias dirigidas, la inmunoterapia no ataca directamente al tumor. Su objetivo es el segundo: reactivar el sistema inmunológico del paciente para que “haga su trabajo” y elimine las células tumorales.
Nuestro sistema inmunológico está diseñado para detectar y eliminar amenazas, como bacterias, virus o células dañadas. Y, en teoría, también debería poder reconocer y eliminar las células tumorales. El problema es que el cáncer aprende a frenar, engañar o desactivar estas defensas, consiguiendo pasar desapercibido y prosperar.
Ahí es donde entra en juego la inmunoterapia: en lugar de actuar directamente sobre el tumor, elimina esos frenos y potencia la respuesta inmune. Esto permite que el propio cuerpo recupere su capacidad natural para combatir las enfermedades.
Una vieja idea, una revolución reciente
La idea de utilizar el sistema inmunológico para combatir el cáncer no es nueva. A finales del siglo XIX, el médico estadounidense William Colley notó que algunos pacientes con cáncer mejoraban después de infecciones graves. Basándose en esa observación, intentó inducir respuestas inmunitarias intensas inyectando bacterias inactivadas, conocidas como toxinas de Coli.
Los resultados fueron variables y la técnica finalmente fue abandonada, pero dejó una idea fundamental: activar el sistema inmunológico podría convertirse en una estrategia antitumoral muy eficaz.
Con el tiempo, y gracias a los avances de la biología y la inmunología, ya no fue necesario recurrir a las bacterias para activar las defensas. Las investigaciones identificaron formas mucho más precisas y efectivas de activar el sistema inmunológico y fue entonces cuando la inmunoterapia comenzó a mostrar todo su potencial clínico.
No existe una única inmunoterapia
Solemos hablar de inmunoterapia como si fuera un tratamiento único, pero en realidad engloba estrategias muy diferentes.
Entre los más utilizados se encuentran los inhibidores de puntos de control inmunológico, que eliminan los “frenos” que impiden que el sistema inmunológico ataque las células tumorales. También existen anticuerpos monoclonales, que reconocen específicamente estas células y permiten su eliminación. En cuanto a las terapias celulares adoptivas, como CAR-T y TCR-T, se basan en modificar los linfocitos T del propio paciente para que reconozcan y destruyan las células malignas.
A esto se suman vacunas terapéuticas y otros fármacos en desarrollo destinados a estimular la respuesta inmune.
Grandes éxitos: por qué la inmunoterapia fue una revolución
El impacto de la inmunoterapia se ha vuelto particularmente evidente en tumores como el melanoma metastásico o el cáncer de pulmón. En algunos pacientes, tratamientos que antes apenas conseguían ganar unos meses de vida han dado paso a algo inesperado: respuestas sostenidas en el tiempo.
Este concepto de “respuesta permanente” es la clave de la revolución. No se trata sólo de reducir el tumor, sino también de controlarlo a largo plazo, algo poco habitual en las terapias clásicas. Por tanto, con la inmunoterapia en nuestro arsenal, podemos hablar de un cambio de paradigma en oncología.
Entonces, ¿por qué no todos los cánceres se tratan con inmunoterapia?
Aquí surge una gran pregunta. Si funciona tan bien en algunos casos, ¿por qué no tratar a todos los pacientes con inmunoterapia?
Para entender esto, es necesario distinguir entre tumores “calientes” y tumores “fríos”. Los tumores calientes tienen un sistema inmunológico “despierto”: representan infiltración e inflamación de linfocitos T. En estos casos, es más probable que la inmunoterapia funcione. Los tumores fríos, por otro lado, no tienen actividad inmune y no responden a estos tratamientos.
A esto se suma la enorme capacidad de adaptación que tienen algunos tumores. Las células tumorales pueden “esconderse” del sistema inmunológico y volverse menos visibles. Otros impiden que las células inmunitarias entren en el tumor o bloquean su actividad.
Además, algunos tumores “modifican” su entorno para crear un entorno hostil a la respuesta inmunitaria. En estos casos, la inmunoterapia tiene poco margen de acción porque no existe una respuesta inmune eficaz sobre la que actuar.
¿Qué pasa si el sistema inmunológico está hiperactivo?
Activar el sistema inmunológico tiene un costo. En algunos pacientes, la respuesta inmune también puede apuntar a tejidos sanos, provocando efectos secundarios como inflamación de la piel, los intestinos o las glándulas tiroides.
En algunos casos, estos efectos secundarios pueden ser graves y aparecer incluso meses después de finalizar el tratamiento. Por tanto, la inmunoterapia requiere un seguimiento médico cuidadoso y una supervisión continua.
No es una panacea, pero sí un cambio profundo
La inmunoterapia no ha sustituido a los tratamientos oncológicos clásicos ni funciona para todos los pacientes. Pero mostró algo crucial: el cáncer se puede tratar de manera diferente.
Hoy sabemos que su éxito no es casual y depende de varios factores. En primer lugar, la investigación continúa para comprender por qué funciona en algunos tumores y falla en otros, y cómo las células cancerosas logran escapar del sistema inmunológico. En segundo lugar, una mejor selección de pacientes, basada en biomarcadores que ayuden a predecir quiénes pueden beneficiarse del tratamiento.
En tercer lugar, es necesario un seguimiento a largo plazo, tanto para el control de la enfermedad como para el seguimiento de posibles efectos secundarios.
Una mirada al futuro de la investigación oncológica
La inmunoterapia no es una solución “mágica”, pero representó una verdadera revolución en oncología. Se ha demostrado que el sistema inmunológico puede convertirse en un aliado terapéutico muy poderoso.
Su futuro no reside en su aplicación indiscriminada, sino en una mejor comprensión de para qué pacientes funciona, por qué y en combinación con qué tratamientos. De este modo, la oncología avanza hacia la medicina de precisión. Porque el verdadero progreso no está en esforzarse más, sino en mejorar el trato.
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