Durante el asedio de Sarajevo, entre 1992 y 1996, mientras muchos ciudadanos huían cada día de las balas y las explosiones con la urgencia de quien sabe que cada segundo puede ser el último, se ocultaba otra verdad aún más inquietante.
No todos los que dispararon desde la colina o desde los edificios de la llamada avenida de francotiradores, el bulevar Meša Selimović, en el centro de la ciudad, eran miembros de la milicia. Entre esos francotiradores, según revelan las investigaciones y una denuncia del escritor Ezio Gavaceni y los abogados Nicola Brigida y Guido Salvini, se encontraban visitantes extranjeros que habían viajado desde Europa occidental para participar en una actividad clandestina que bautizaron como “safari de francotiradores”.
Se trataba de hombres que pagaban grandes sumas de dinero por la oportunidad de matar a hombres, mujeres y niños indefensos, a distancia y con total impunidad, como si fueran un juego.
El vínculo común entre estos individuos era su pasión por las armas y la caza. No eran soldados ni mercenarios. Eran individuos ricos que sentían una descarga de adrenalina al matar a personas indefensas, no por odio o venganza, sólo por placer y diversión.
Sarajevo les ofreció la experiencia definitiva: el componente letal de un conflicto real, la posibilidad de disparos ilimitados e impunidad. No fueron a la guerra: vivirán una experiencia extrema, con mucha adrenalina, algo único.
¿Qué clase de hombre hace tal cosa? ¿Quién mata a alguien que no conoce, no por odio o resentimiento, sino por diversión? ¿Qué perfil se esconde detrás de tanta depravación y maldad?
Este es un “cazador de guerra”
La mayoría de ellos eran personas con buena posición y reputación en sus países: hombres de negocios, profesionales liberales, hombres casados, padres de familia. Rostros que no despertaron sospechas. No encajaban en el estereotipo de delincuentes, y precisamente por eso el fenómeno es tan inquietante.
Eran personas que podían considerarse ejemplares en su vida cotidiana. Pero cuando el avión aterrizó y levantaron el rifle de francotirador, surgió un bando que permaneció oculto bajo la respetabilidad social. Sarajevo les ofrecía algo diferente: peligro real, guerra real, la sensación de poder absoluto sobre la vida de otra persona.
Este contraste entre la vida oficial (ordenada, respetable, burguesa) y la vida secreta (cruel y violenta) revela la existencia de una profunda grieta psicológica: una doble identidad moral.
Pero este perfil no aparece de la nada. ¿Qué factores pueden explicar esto?
1. La adrenalina como argumento
Son personas con una gran necesidad de sensaciones intensas. Para ellos, la rutina es una forma de cierre. Necesitan estímulos externos para sentirse vivos. El psicólogo Marvin Zuckerman destacó este rasgo de personalidad en su obra Búsqueda de sensaciones: más allá del nivel óptimo de excitación (1994), una lectura obligada para comprender por qué algunos individuos buscan experiencias extremas incluso si implican un riesgo físico o legal. En su forma saludable, este rasgo se asocia con los deportes extremos. En su forma patológica, combinada con una falta de empatía, puede conducir a la violencia recreativa.
La guerra proporciona lo que estas personas no encuentran en la vida cotidiana: intensidad inmediata, riesgo real, una descarga de adrenalina y, sobre todo, la ilusión de omnipotencia.
Muchos de estos sujetos nunca habrían matado en sus países de origen. Es el contexto el que elimina las barreras. La psicología social lleva décadas documentando este fenómeno. En sus estudios sobre la crueldad ordinaria, Philip Zimbardo ya ha demostrado cómo personas aparentemente normales pueden traspasar los límites éticos cuando ven que el marco social, o la falta de él, legitima sus acciones.
Sarajevo, sitiada, sin ley y bajo fuego constante, ofrecía la coartada perfecta: nadie pedía explicaciones, nadie controlaba quién llegaba o quién salía, y la línea entre combatiente y visitante se desdibujaba en la confusión de la guerra urbana.
2. Deshumanización: un requisito previo para matar
Ninguno de estos comportamientos sería posible sin un proceso psicológico fundamental: la deshumanización del otro. La psicología ha demostrado que la violencia extrema requiere un paso previo: convertir a la víctima en un objeto. Erwin Staub en su obra Las raíces del mal (1989) señala que en todos los genocidios del mundo hubo un proceso de deshumanización que permitió que personas normales se convirtieran en verdugos.
En Bosnia, bastó con convertir a los ciudadanos en “objetivos” u “objetivos móviles”. La distancia física se volvió emocional. El cazador no volvió a ver a la persona; Vi una silueta en movimiento, un objetivo.
3. Sadismo disfrazado de aventura
Probablemente todos estos individuos comparten un rasgo característico: un sadismo cotidiano que, en circunstancias normales, permanece reprimido. Personas capaces de disfrutar en secreto del sufrimiento ajeno, aunque nunca lo admitan públicamente. El mismo acto de localizar a alguien, apuntar, esperar el momento, se convirtió en una forma de disfrute. No fue sólo violencia: fue divertido.
Aquí es donde se abre la brecha más preocupante: cuando el sufrimiento humano se convierte en un espectáculo, el mal deja de ser una anomalía y comienza a ser una opción.
4. Narcisismo malicioso: el poder como placer
El perfil psicológico de quienes buscan esta experiencia extrema suele incluir un componente narcisista. El dinero te ha dado la sensación de que todo es posible. Compraste ir al campo de batalla sin fronteras, con la disponibilidad de víctimas vulnerables, con completo anonimato y con la oportunidad de lograr un dominio absoluto.
Este narcisismo moral (la creencia de que uno está por encima de todas las normas) explica por qué personas con buena reputación pueden convertirse en verdugos temporales sin ningún remordimiento. En Bosnia se sintieron impunes, pagaron por ello, y ese sentimiento en sí mismo es uno de los catalizadores más peligrosos de la violencia humana.
Para Eric Fromm, el poder sobre otro ser humano es la forma más extrema de afirmación narcisista. Un narcisista extremo no tiende a matar por ira, sino por afirmación. El acto de dispararle a un extraño desde la distancia reafirma al todopoderoso.
Lo que revela sobre nosotros
Estos casos hablan no sólo de individuos desviados, sino también de una parte oscura de la condición humana. La violencia, cuando parece remota y sin consecuencias, se vuelve atractiva para quienes buscan intensidades que la vida ordinaria no puede proporcionar.
Un hombre puede convertirse en demonio o santo, como podemos concluir de las obras de Viktor Frankl, dependiendo de las decisiones que tome y del contexto en el que se encuentre.
Sarajevo nos muestra, como en otros lugares antes y después, que donde la ley desaparece, algunos corren hacia la luz… y otros hacia la oscuridad.
Cuando estalla un conflicto, no sólo se movilizan ejércitos; También aparecen los rincones más oscuros de la psicología humana. Y mientras haya gente dispuesta a pagar para vivir la violencia sin consecuencias, siempre habrá guerras que actuarán como imán.
Descubre más desde USA Today
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

