En El discurso del rey, el monarca de Inglaterra, Jorge VI, debe aprender a controlar su voz para dirigirse a la nación en tiempos de crisis. La película no trata sólo de cómo abordar el problema de la dicción, sino de algo mucho más profundo: cómo el lenguaje y la forma en que se utiliza genera autoridad, confianza y conexión con los ciudadanos.
Salvando distancias históricas y personales, algunos discursos institucionales actuales siguen cumpliendo la misma función: articular una determinada idea de comunidad política. El mensaje navideño del rey Felipe VI es un buen ejemplo de ello.
En los días posteriores al discurso, gran parte de la atención de los medios se centró en la puesta en escena: el hecho de que el rey pronunciara el tono tranquilo y firme del mensaje o su éxito entre el público. Estos aspectos son relevantes, sin duda. Pero, más allá de cómo lo dijo y cuánta gente lo vio, es interesante analizar qué tipo de imagen del país se dibuja a través de sus palabras.
Convivencia y confianza
La primera pista la ofrecen los términos que más se repiten en el texto. Dejando de lado las preposiciones, conjunciones y artículos más comunes (como de, y, el, etc.), destacan algunas palabras clave que no aparecen por casualidad: nuestro, convivencia, confianza, España, todos o futuro. Se trata en su mayoría de sustantivos y adjetivos relacionados con la idea de comunidad y de proyecto conjunto, que ya indica un discurso construido sobre el “nosotros” y destinado a fortalecer los vínculos colectivos.
Ese “nosotros” también se ve reforzado por la abundancia de posesivos en primera persona del plural. Por ejemplo, el uso de nuestro no es sólo gramatical: sigue conceptos clave como convivencia, democracia o capacidad para trabajar. De esta manera, contribuye a la presentación de dichos valores como principios comunes, que conciernen a todos los ciudadanos, y cuya preservación es responsabilidad de todos. El propio rey no se sitúa por encima de los ciudadanos, sino dentro de ese “nosotros”, que suaviza la distancia institucional y subraya la idea de la convivencia democrática como una responsabilidad compartida.
Precisamente, entre estas palabras repetidas, la convivencia ocupa un lugar central. No aparece solo: a su alrededor se repiten verbos como preservar, fortalecer o construir. De esta manera, la convivencia no se presenta como un ideal abstracto, ni como una fórmula retórica, sino como una realidad frágil que requiere cuidado y atención. Algo similar ocurre con la confianza. No se presenta como una promesa grandiosa, sino como algo delicado, que puede romperse si no se tiene cuidado. De ahí la insistencia en el respeto, la escucha y el diálogo: pequeñas prácticas que, juntas, sostienen la convivencia cotidiana.
Esta preocupación por la convivencia y la confianza también se apoya en el uso reiterado de expresiones temporales. Las referencias a la firma del tratado de adhesión a las Comunidades Europeas “hace 40 años”, o al hecho de que “han pasado 50 años” desde el inicio de la transición, no funcionan como evocaciones nostálgicas, sino como marcos desde los que leer el presente. El pasado se presenta así como una experiencia compartida, como un camino para comprender mejor dónde estamos y por qué vale la pena seguir avanzando juntos.
‘Avanzar’ y ‘el futuro’
Desde esa perspectiva, el discurso insiste en que este camino sólo se puede recorrer juntos. Palabras como futuro o progreso aparecen conectadas a una idea simple: lo que viene no se construye de forma independiente ni en el corto plazo, sino como un proyecto conjunto. Avanzar, en estos marcos, no significa imponerse ni ir más rápido que los demás, sino hacerlo juntos, con acuerdos y sacrificios, manteniendo el cuidado de la convivencia como horizonte común.
En El discurso del rey, el momento clave no es aquel en el que el monarca consigue pronunciar su mensaje sin dudarlo, sino aquel en el que su voz consigue convertirse en un punto de referencia común, precisamente en el momento de incertidumbre marcado por la Segunda Guerra Mundial. Manteniendo la distancia, el discurso de Navidad de Felipe VI cumple una función similar: no busca deslumbrar, sino ofrecer un marco común desde el que pensarnos a nosotros mismos como sociedad.
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