La operación que acabó con la vida del líder del cartel de próxima generación de Jalisco, Nemesio Oseguera Cervantes, desató una ola de violencia sin precedentes en las calles de México. Esta respuesta, organizada y distribuida por diferentes estados, revela que la hidra del crimen organizado está lejos de extinguirse. Por el contrario, la muerte de El Mench se ajusta al patrón ya conocido del crimen organizado mexicano: la eliminación del líder no destruye la estructura existente, que está sociocultural, económica y políticamente muy consolidada, pero previsiblemente catalizará transformaciones internas y reordenamientos violentos.
El origen del cartel más poderoso
El Cártel Nueva Generación en Jalisco (CJNG) surgió alrededor de 2009, cuando Nemesio Oseguera Cervantes (1966-2026), oriundo de la comunidad de Naranjo de Chile (Águila, Michoacán) y más conocido por su alias El Mencho, consolidó un grupo que se desligó del Cártel y de las células criminales que éste controlaba en Sinaloa. organización.
Anteriormente, Oseguera perteneció al Cártel del Milenio, encabezado por Nacho Coronel Villarreal (1954-2010) y dedicado al tráfico de metanfetamina. Esta organización funcionó en los territorios de Jalisco, Michoacán y Colima y tuvo cierta importancia a principios de los años 2000. Pero entró en declive cuando Coronel fue asesinado en un operativo en Zapopan, Jalisco, en 2010, probablemente traicionado por los hermanos Beltrán Leyva, del cartel de Sinaloa.
Es cierto que el CJNG rápidamente ganó notoriedad por su violencia extrema. Un ejemplo de ello fue la exhibición fantasmal de 35 cadáveres -23 hombres y 12 mujeres- en Boca del Río (Veracruz) en 2011, hecho que motivó a esta organización criminal a consolidarse en el panorama nacional mexicano. Lo cierto es que desde entonces el grupo ha consolidado su presencia en al menos 25 estados del país, operando siempre a través de células regionales autónomas con alta capacidad paramilitar, con cadenas de comunicación funcionales y protocolos de respuesta rápida altamente estructurados y eficientes que la muerte de El Mench no parece haber eliminado.
Estructura, capacidades y actividad.
El CJNG se ha fortalecido durante la última década sin encontrar contrapeso, ya que las guerras internas del cartel de Sinaloa han debilitado su capacidad de respuesta. Su crecimiento fue rápido y no tardó en tener capacidad de violencia coordinada para realizar bloqueos narco, quemas de vehículos, cierres de carreteras y ataques simultáneos.
De la misma manera, su capacidad militar es alta. Posee y opera armas pesadas e incluso vehículos blindados. Mantuvo la narrativa de un desafío permanente al Estado al difundir imágenes de las maniobras de sus asesinos. Estas capacidades, así como su papel clave en el tráfico de drogas sintéticas, la violencia transnacional y la desestabilización regional, motivaron a Estados Unidos a clasificar al CJNG como una Organización Terrorista Extranjera (FTO) y un Terrorista Global Especialmente Designado (SDGT).
La DEA (Drug Enforcement Administration), por su parte, puso un precio nada despreciable de 15 millones de dólares por la cabeza de Oseguera.
El CJNG, por sus diversas fuentes de financiación, actuó como una empresa criminal multifacética relacionada con el tráfico de drogas (fentanilo, metanfetamina, cocaína y heroína) hacia Estados Unidos, como actor central en la crisis de opioides estadounidense, que ya ha costado la vida a más de 500.000 personas y se encuentra actualmente en su tercera ola.
Otros delitos asociados al CJNG son la extorsión, el robo y contrabando de combustible, la trata de personas, el lavado de dinero y el control territorial mediante violencia extrema. Esto explica por qué la organización se ha convertido en un punto crítico en la agenda de seguridad de México y Estados Unidos. De manera especial en lo que respecta al control del comercio de fentanilo, la coordinación de operaciones militares binacionales y la política de seguridad del gobierno mexicano.
Es cierto que desde que Donald Trump amenazó con imponer aranceles a México en marzo de 2025, el gobierno encabezado por Claudia Scheinbaum, en una política claramente destinada a calmar al gobierno estadounidense y encaminarlo hacia negociaciones económicas pacíficas, intensificó la lucha contra el narcotráfico.
Sin embargo, a pesar de entregar a 29 de los narcotraficantes más buscados a su vecino del norte y establecer controles fronterizos mucho más rigurosos, Scheinbaum parece no haber logrado avances significativos en su causa. En consecuencia, movimientos como la actual operación contra el CJNG pueden enmarcarse en el mismo contexto de acercamiento y normalización de relaciones con la administración Trump.
La muerte de El Mench: hechos y expectativas
El 23 de febrero de 2026, el ejército mexicano, en un operativo informado y coordinado con los servicios de inteligencia estadounidenses, que lleva años realizando vigilancia satelital y financiera, mató a Nemesio Oseguera durante un operativo en Tapalpa, Jalisco. Esto resultó en la muerte de 25 militares y otros 12 miembros de la organización criminal.
La respuesta de los miembros del cartel fue extremadamente violenta, incluyendo bloqueos de vías públicas, quema de vehículos, ataques indiscriminados y violencia coordinada en múltiples países. Esto confirmó, como ya se temía, su estructura celular autónoma y su alta capacidad de funcionamiento, incluso sin instrucciones de una autoridad central. La zona metropolitana de Guadalajara ha vivido algunas de las jornadas más violentas de los últimos años.
Lo cierto es que la muerte del líder Oseguera y las altas capacidades operativas de las células que integran el CJNG abren escenarios inciertos respecto de posibles luchas internas por la sucesión. El Mencho no parece haber abandonado la línea sucesoria establecida. Esto implica una reconfiguración territorial de la organización y una posible y predecible escalada de violencia en las regiones donde el cartel está presente activamente.
Dos precedentes: El Mayo y El Chapo
En términos de la historia del crimen organizado, la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes puede interpretarse como un acontecimiento central comparable a la caída del esquivo Ismael El Mayo Zambada (nacido en 1948), actualmente encarcelado en el Centro Metropolitano de Detención de Brooklyn, a la espera de la sentencia definitiva de la justicia estadounidense, o de El Joapo Guzmán (1957), que actualmente cumple cadena perpetua también en Estados Unidos.
Históricamente, se ha dado el caso de que la caída de los grandes patrones no significó el desmantelamiento de sus organizaciones, sino, a menudo, incluso su dispersión y complejidad. La estructura celular del CJNG, alejada del clásico modelo piramidal, parece apuntar en esta dirección. Debido a su alto grado de penetración social y diversificación económica, el CJNG se ha convertido en una organización cuya presencia permea los aspectos cotidianos, económicos y sociales de grandes regiones.
Luego del operativo que acabó con El Mencho, el cártel no sólo reaccionó rápidamente, sino que lo hizo con violencia coordinada y multimodal en varios estados del país. Una respuesta que revela la presencia de estructuras regionales autónomas capaces de actuar sin instrucciones centrales, con protocolos de respuesta predeterminados que explican la simultaneidad de acciones y, por supuesto, con cadenas de comunicación funcionales y eficientes incluso después de la muerte del líder.
Sin embargo, también parece cierto que los sucesivos descensos de El Chapo, El Mayo y ahora El Mench podrían sugerir un progreso temporal –probablemente no decisivo– del Estado contra las viejas estructuras del narcotráfico, quizás demasiado adaptadas al estado de cosas que parece estar cambiando en los últimos diez años.
El poder popular de la droga con raíces sociales
De hecho, la existencia de un nuevo modelo de cooperación militar y de inteligencia entre México y Estados Unidos, centrado en ataques quirúrgicos en lugar de guerra abierta y la implementación de una mayor vigilancia, es contrario a épocas anteriores y lleva a una reevaluación de la situación por parte de los cárteles. Sin embargo, como las estructuras psicosociales y culturales están fuertemente ancladas entre las clases más desfavorecidas y marginales de la población mexicana, esta reconfiguración de la política criminal no eliminará el poder básico de las organizaciones criminales, pero ciertamente provocará su reconfiguración estructural.
De hecho, parece claro que la nueva cooperación abierta entre México y Estados Unidos ha significado que los grandes patrones ya no pueden buscar refugio en las mismas formas de protección política o territorial que en el pasado. Pero, al mismo tiempo, el Estado captura o elimina a los líderes sin lograr desmantelar las redes económicas, armadas y territoriales del crimen organizado, lo que lleva a una extraña situación de estancamiento estratégico.
Este hecho parece indicar que la violencia no tenderá a disminuir, sino que se transformará, fragmentará y redistribuirá. El caso del CJNG lo ilustra claramente: la supervivencia del cartel, incluso después de la desaparición de su líder histórico, muestra que la impunidad no ha desaparecido, sino que tiende a adoptar nuevas formas.
El símbolo muere, el sistema vive.
La historia del crimen organizado y su aplicación sociocultural muestran que la muerte de figuras criminales prominentes, como El Mencho en este caso, no necesariamente significa el fin del poder y la capacidad de las organizaciones que lideraban.
Y esto se debe a que dicho poder no depende exclusivamente del individuo, sino que se basa en sólidas estructuras económicas -muchas de ellas insertas en mercados legales e ilegales globales-, se mantiene por la capacidad paramilitar y de control territorial de células o nodos regionales, y se legitima (o normaliza) socialmente en regiones donde el Estado es, por cualquier motivo, débil, corrupto, disfuncional. Entonces, lo que muere es una figura simbólica, un cartel que el imaginario popular idolatra, pero no el sistema que lo sostiene.
De todo esto se puede concluir que, en lugar de detener el narcotráfico mexicano tal como lo conocemos, los signos parecen apuntar a una atomización y diversificación del modelo.
La lucha por el liderazgo traerá más violencia
La lucha por el liderazgo traerá más violencia. Primero, porque las luchas internas que se avecinan provocarán fracturas en el CJNG y disputas por el control de territorios estratégicos. En segundo lugar, porque es muy probable una escalada de violencia territorial, a través de la cual las células autónomas podrían volverse más competitivas entre sí y más agresivas hacia los rivales externos. En tercer lugar, porque el debilitamiento de la organización dominante puede verse como una oportunidad para otros cárteles, por lo que la fragmentación del CJNG abriría espacio para grupos como el cártel de Sinaloa u otras organizaciones locales más pequeñas. Y cuarto, porque habrá un reacomodo político y regional motivado por el hecho de que el CJNG mantiene relaciones y redes profundas en estados como Jalisco, Michoacán o Nayarit. Esto significa que su reconfiguración también afectará la dinámica política y económica local de una manera muy predecible.
La muerte de El Mench, por tanto, no marca el fin de una forma de poder, sino que implica el cierre de un capítulo dentro de un fenómeno más amplio: la supervivencia del crimen organizado como estructura social, cultural, económica y territorial en México. En cualquier caso, si algo revela la caída del líder es el agotamiento del viejo modelo de “gran jefe”, pero no tanto de la propia estructura criminal-institucional.
Lo que surge entonces es un escenario más fragmentado, impredecible y potencialmente violento porque es cuestionado. No estamos ante un final, sino una disrupción, cuyo desenlace tendrá mucho que ver con la potencial capacidad de adaptación del cartel.
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