La historia del cambio climático comenzó a gestarse a finales de los años 1960, en un contexto marcado por una creciente preocupación científica y social por los efectos de la actividad humana sobre el medio ambiente.
Un punto de inflexión clave en este proceso fue la publicación de Primavera silenciosa en 1962, de Rachel Carson, uno de los libros más influyentes sobre el uso indiscriminado de químicos agrícolas, pesticidas y otras sustancias sintéticas (DDT) que contaminan las aguas, afectando gravemente a las poblaciones de aves y vida silvestre y planteando riesgos significativos para la salud humana.
El impacto de este trabajo fue tal que apenas tres años después, en 1965, la Comisión de Contaminación Ambiental de Estados Unidos elaboró un informe exhaustivo sobre “la calidad de nuestro medio ambiente”. En él advertía sobre la contaminación, la gestión del agua y la salud pública, para presentarlo al entonces presidente Lyndon B. Johnson.
Un año después, en 1966, Johnson firmó la Ley Nacional de Seguridad del Tráfico y Vehículos Motorizados, una ley que sentó las bases para una regulación más estricta de la industria automotriz en materia de seguridad y control de emisiones. Como resultado de este nuevo marco regulatorio y de la creciente conciencia pública sobre el impacto del transporte en el medio ambiente, General Motors publicó un folleto en 1970 llamado Progreso hacia automóviles libres de contaminación, en el que reconocía la necesidad de avanzar hacia vehículos menos contaminantes.
En el mismo año, el 22 de abril de 1970, se estableció oficialmente la celebración del Día de la Tierra, lo que marcó un punto de inflexión en la articulación de políticas, movimientos sociales y compromisos institucionales a favor de la protección ambiental.
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Dos visiones opuestas sobre el clima
La historia del cambio climático, sin embargo, tiene precedentes aún más influyentes. Robin Libby, profesor emérito de la Universidad Nacional de Australia, habla en su último libro The Environment. La historia de la idea es que en 1949 se celebraron dos conferencias muy relevantes en el campo del medio ambiente y la conservación de recursos. Por un lado, se celebró la Conferencia Científica de las Naciones Unidas sobre Conservación y Uso de Recursos (UNSCCUR), y por el otro, la Conferencia Técnica Internacional sobre Protección de la Naturaleza (ITCPN). Ambos se llevaron a cabo en Lake Success, Nueva York.
Como Libby describe en su libro:
“Más de 500 delegados de unos cincuenta países asistieron a UNSCCUR. El desarrollo económico fue una de las principales preocupaciones (…) En cambio, la reunión de la Conferencia Técnica Internacional sobre Conservación de la Naturaleza (ITCPN) fue más pequeña, con representantes de varios continentes, pero con menos delegados de cada uno, y se centró directamente en la conservación de la naturaleza. “Las mujeres representaron hasta una décima parte de los participantes de la ITCPN, mientras que en la Conferencia Científica de las Naciones Unidas sobre Conservación y Uso de Recursos (UNSCCUR) las mujeres estuvieron casi ausentes, lo que subrayó aún más las conexiones de este último con la seguridad, la economía y la alta política.
Así, comenzaron a consolidarse dos enfoques diferentes sobre el cambio climático y la gestión ambiental. Por un lado, la UNSCCUR promovió la solución de los problemas ambientales a través de la innovación y la modernización tecnológica, mientras que el ITCPN defendió la prevención, enfatizando la necesidad de minimizar el impacto de la actividad humana en los ecosistemas. Con el paso del tiempo y con la llegada del siglo XXI, estas perspectivas se reflejaron en estrategias de mitigación y adaptación al cambio climático. Concebida originalmente como un complemento a la mitigación, la adaptación está ganando cada vez más importancia, consolidándose como una estrategia indispensable para afrontar los inevitables impactos del cambio climático.
De hecho, como lo demuestra el nuevo mapa de narrativas climáticas presentado en estudios recientes, tanto la mitigación como la adaptación tienen su origen en compromisos internacionales como el Protocolo de Kioto de 1997. Esto, a su vez, incluye gran parte de la conceptualización del desarrollo sostenible propuesta en el Informe Brundtland de 1987.
Por tanto, no sorprende que estas narrativas estén estrechamente relacionadas, dada la complejidad del fenómeno climático y la persistencia de la idea de progreso. Durante estas décadas, la fe ciega en el desarrollo tecnológico sirvió como fuerza unificadora para grandes inversiones en la promoción de nuevas infraestructuras; mientras que el acceso irrestricto a los recursos naturales facilitó su mercantilización, mercantilización y creación de ganancias a expensas de su agotamiento.
“Oportunidad de Inversión”
En este sentido, el cambio climático se ha convertido en una importante “demanda de innovación mucho más extendida y poderosa que cualquier programa de protección ambiental”, según Robert W. Frew, subdirector de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos entre 1971 y 1973. No debería sorprendernos que la publicación de la modernización a través de la conferencia UNSCCUR se materializara años más tarde en la estrecha conexión del desarrollo de lo escomoderno con la idea de desarrollo moderno.
Por el contrario, los paradigmas centrados en el crecimiento y orientados a la reducción de la “producción y el consumo en el norte global, a la construcción autodeterminante de la sociedad en el sur global y al desarrollo de procesos democráticos de toma de decisiones más participativos para la solución de los problemas ambientales, quedaron más marginales. Y esto se debe a la primacía de la idea de progreso, pero también a la maximización del desarrollo tecnológico, al máximo aprovechamiento de los recursos naturales. Esto tampoco es nada nuevo en el diálogo de hace más de 2000 años, Hipócrates habla con Demócrito de este impulso apasionado de un ser humano que: “debido a deseos insaciables” llega “hasta los confines de la tierra y sus abismos interminables, funde plata y oro, para no dejar nunca de adquirir más” (Hipócrates, 1839, carta 17).
No sorprende que el decrecimiento se proponga en abierta oposición a un compromiso exclusivo con el desarrollo tecnológico y la maximización de la eficiencia como ejes rectores del progreso. Tal como se presenta en Growth.info—una plataforma de medios independiente promovida por un colectivo político internacional con el objetivo de difundir y articular perspectivas de crecimiento—esta perspectiva resalta hasta qué punto las posiciones críticas relacionadas con una concepción lineal del progreso han ocupado históricamente un lugar marginal en el debate público.
En este sentido, Diana M. Liverman, profesora emérita de geografía de la Universidad de Arizona, señaló que el cambio climático se conceptualiza en términos económicos como una “oportunidad de inversión”. Esta capitalización del cambio climático y los gases de efecto invernadero se evidencia en instrumentos como los mercados de carbono y la influencia del orden neoliberal en la “mercantilización” de la naturaleza. Llamamos “mercantilización” al fenómeno mediante el cual bienes, servicios, ideas o recursos naturales que antes no eran comerciales se transforman en bienes intercambiables en el mercado, valorados principalmente por su precio.
Este enfoque revela la tensión actual entre la gestión ambiental basada en la prevención y la explotación de las oportunidades económicas que surgen del cambio climático, un dilema que continúa dando forma a la política climática contemporánea.
Y más: la ciencia está perdiendo fuerza en la toma de decisiones climáticas a nivel internacional
Consecuencias de la visión occidental predominante
Finalmente, y no menos relevante, el llamado mapa narrativo propuesto en el artículo Climate Change – “The Measure of All Things”: The Missing Map of Climate Narratives, ofrece evidencia del carácter predominantemente occidental y etnocéntrico de la construcción discursiva hegemónica del cambio climático. En particular, revela cómo esta perspectiva no sólo se origina en marcos epistemológicos occidentales, sino que también tiende a proyectarse de manera universalizadora en territorios y contextos cuyas lógicas y racionalidades socioculturales difieren significativamente.
En consecuencia, múltiples narrativas no occidentales –asociadas con topografías, cosmologías y marcos relacionales alternativos– no están representadas ni tienen un lugar claramente identificable dentro del esquema analítico antes mencionado. En contraste, las contribuciones que surgen del Informe Brundtland y el Protocolo de Kioto parecen estar incluidas, lo que muestra un sesgo hacia los marcos institucionales y regulatorios dominantes y, a su vez, limita la capacidad del mapa para entablar un diálogo verdaderamente plural con narrativas alternativas.
Los hallazgos son consistentes con otros estudios, cuyos principales hallazgos identifican “factores institucionales y estructurales” que limitan a los autores del Sur Global o territorios no occidentales en su capacidad de contribuir en la misma medida que el Norte Global. Además, existe un riesgo importante de subestimar o ignorar formas de conocimiento local y enfoques comunitarios, incluidos los conocimientos tradicionales de los pueblos indígenas del Amazonas (por ejemplo, los yanomami y kaiapo en Brasil), los sami en Finlandia y Noruega, o los aborígenes australianos, como los yolngu y noongar, que combinan el conocimiento de la naturaleza y el sistema ancestral humano, y el conocimiento mutuo del sistema ancestral humano.
Reconocer y valorar estas perspectivas es esencial para diseñar estrategias climáticas más inclusivas, efectivas y culturalmente relevantes.
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