La víctima invisible: mujeres mayores, pobreza y carga de cuidados

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Simone de Beauvoir decía que la mujer no nace: se convierte. Pero ¿qué sucede cuando esa “venida” nunca incluye la liberación prometida? Para muchas mujeres mayores, la vida todavía gira en torno a una responsabilidad que nunca pidieron: cuidar de la familia.

El cuidado es una tarea tradicionalmente asociada a las mujeres (https://doi.org/10.3389/fpsit.2023.1113587). Aprenden desde pequeños que cuidar de los demás es parte de su función. Pero cuando la vejez y la pobreza se cruzan en su camino, esta carga se convierte en un lastre que los empuja al olvido social.

En España, una de cada cinco personas mayores vive en la pobreza. Esta realidad no es excepcional. Las últimas investigaciones muestran que vivir en la pobreza en la vejez implica una lucha constante por cubrir las necesidades básicas, lo que en última instancia condiciona la vida cotidiana. Y es una situación que afecta principalmente a las mujeres. Muchas de ellas dedican sus días a cuidar de un marido enfermo, de un hijo discapacitado e incluso de sus nietos. Lo hacen sin que nadie les pregunte cómo están, sin ayuda y sin descanso.

A medida que los sistemas formales de atención fallan, mantienen el bienestar de sus familias mediante un sacrificio silencioso. Se niegan la alimentación, el descanso y la atención sanitaria para garantizar la salud de quienes dependen de ellos. En su mundo, ir a la peluquería o comprarse ropa nueva no es una prioridad. Otros siempre son urgentes.

Un deber inquebrantable

Desde pequeñas, estas mujeres asumieron que cuidar era su responsabilidad. Lo hicieron con sus hijos, con sus padres y ahora con sus parejas o nietos. Muchos de ellos no conocieron otra vida que la de servir a los demás. Incluso cuando su salud comienza a fallar, priorizan las necesidades de los demás antes que las suyas propias.

Como se refleja en un estudio reciente sobre cuidadores de personas mayores en situación de pobreza, buscar ayuda no es una opción. A veces, por orgullo. Otros, porque simplemente no hay nadie a quien recurrir. La soledad y el cansancio se convierten en compañeros de camino y la sensación de que su trabajo nunca termina pesa más sobre ellos que cualquier enfermedad.

Los datos muestran que la falta de apoyo social es crítica y representa una de las necesidades más desatendidas de las personas mayores que viven en la pobreza. Además, ocho de cada diez cuidadores de personas mayores experimentan bajos niveles de apoyo, lo que los hace más vulnerables a la ansiedad, la depresión y el deterioro cognitivo.

¿Quién los cuida?

A pesar de la importancia de su trabajo, estas mujeres reciben poco o ningún reconocimiento. La ayuda financiera es escasa y los recursos sociales insuficientes. Pedir apoyo a las instituciones se convierte en un laberinto burocrático en el que muchos se pierden. La alternativa es dimitir, seguir adelante, como siempre lo han hecho.

Los cuidadores mayores suelen sufrir problemas de salud mental como ansiedad y depresión. También tienen un mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares y musculoesqueléticas. Pero la mayoría de ellos no busca ayuda médica, ya sea porque no pueden pagarla o porque simplemente no tienen tiempo.

Mientras tanto, la sociedad todavía espera que sigan preocupándose. Se asume que es su deber natural, sin considerar que cada renuncia suma años de desgaste físico y emocional.

Una cuestión de género

El problema no es sólo económico. Es una cuestión de género. Las hijas suelen ayudar en la casa, mientras que los hijos participan sólo cuando no queda otra opción. Muchas de estas mujeres crecieron viendo a sus madres hacer sacrificios y continuaron ese ciclo, enseñando a sus hijas que cuidar es cosa de mujeres.

Pero ¿y si no lo es? ¿Qué pasaría si cuidar fuera una responsabilidad compartida y no una carga invisible?

Los cuidadores de personas mayores en situación de pobreza experimentan un doble abandono: del sistema y, a menudo, de sus familias. Aunque los avances en materia de igualdad de género han mejorado en muchos aspectos, el cuidado todavía se considera una tarea femenina. Y cuando estas mujeres envejecen, la deuda que tienen con ellas sigue sin pagarse.

Nunca es demasiado tarde para cambiar las reglas

Muchas mujeres han dedicado su vida a apoyar a los demás. Ahora es el momento de que la sociedad devuelva parte de ese esfuerzo. No basta con reconocer su sacrificio: es necesario actuar.

Garantizar su acceso a la salud, mejorar políticas públicas que alivien su carga y, sobre todo, promover un cambio cultural que distribuya equitativamente el trabajo de cuidados son pasos urgentes para mejorar su bienestar. Porque siempre les importó. Corresponde a la sociedad cuidar de ellos.


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