En 2035, sólo el 10% de los residuos municipales podrán acabar en vertederos, según el objetivo fijado por el Parlamento Europeo. A menos de diez años para el final, España parte de una situación muy alejada de este objetivo: casi la mitad de los residuos siguen acabando en vertederos.
Resolver el resto para alcanzar el objetivo requiere un gran esfuerzo, especialmente en municipios densamente poblados, donde las instalaciones de tratamiento de residuos están necesariamente ubicadas cerca de zonas residenciales.
Ejemplos de otros países europeos
En algunas partes de Europa, este objetivo ya se ha logrado combinando diferentes enfoques. Países Bajos es un claro ejemplo del uso intensivo de incineradores. Tanto es así que en determinadas épocas debían importar residuos de otros lugares para mantener la planta en funcionamiento.
Hay otros casos (por ejemplo, el modelo alemán) en los que se opta por sistemas de separación por origen muy exigentes, acompañados de políticas públicas que reduzcan los residuos inadecuados. Estos materiales inadecuados son aquellos que se colocan en el contenedor equivocado y dificultan el reciclaje. Además, estos modelos no omiten el tratamiento térmico de los residuos, es decir, aquellos residuos que no pueden reciclarse ni aprovecharse en las primeras etapas de tratamiento. La diferencia no está tanto en las tecnologías disponibles sino en dónde se invierte el mayor esfuerzo en la gestión del sistema.
España representa una realidad muy diversa, desde pequeños municipios rurales hasta grandes áreas urbanas con combinaciones de diferentes estrategias y tecnologías. En general, la incineración es menos común que en los países del norte de Europa y se concentra principalmente en las grandes ciudades.
El caso de Madrid
Madrid es interesante porque cuenta con un sistema de tratamiento tecnológicamente complejo en el que conviven plantas de reciclaje, compostaje, digestión anaeróbica, vertedero e incineración.
A día de hoy, Madrid todavía está lejos del objetivo marcado por la Unión Europea: alrededor del 45% de los residuos madrileños todavía acaban en vertederos. Buena parte de la reducción conseguida depende de que la incineradora de Valdemingómez funcione prácticamente al límite de su capacidad.
Parque de Gestión de Residuos de Valdemingómez. IES MANUEL GARCÍA BARROS A ESTRADA – PONTEVEDRA/Flickr, CC BI-SA
Además, el cierre previsto del incinerador alrededor de 2035 obliga a considerar alternativas. Abandonarlo sin una solución equivalente significaría un aumento inmediato de los vertidos, mientras que sustituirlo por nuevas tecnologías como la gasificación o la pirólisis (descomponer los residuos a altas temperaturas en ausencia de oxígeno) abre un debate sobre hasta qué punto el problema puede resolverse únicamente con tratamiento.
Por todo ello, Madrid representa un caso de estudio revelador a la hora de evaluar hasta qué punto un sistema apoyado en tecnologías avanzadas de tratamiento puede lograr la reducción de los vertederos sin cambios profundos en la generación de residuos y en las políticas públicas que determinan la aparición de rechazo.
¿Es más eficiente eliminar los residuos o evitarlos y reciclarlos?
Esta tensión entre tecnología y prevención es una característica típica de la gestión de residuos, donde las respuestas se basan principalmente en soluciones de tratamiento, en comparación con avances menos ambiciosos en estrategias de prevención, reutilización y reciclaje de calidad.
En este sentido, un estudio liderado por investigadores de la Unidad de Análisis de Sistemas de IMDEA Energía demostró que, incluso sustituyendo la incineradora por tecnologías de tratamiento avanzadas como la gasificación y la pirólisis, un sistema de gestión de residuos como el de Madrid encontraría un límite estructural de alrededor del 40% de tasa de vertido en escenarios optimistas de separación.
Pese a esta limitación, y aunque son necesarias otras soluciones, la incorporación de estas tecnologías resulta interesante dado que amplían la funcionalidad del sistema, ayudando a cubrir la demanda de productos de alto valor como el hidrógeno o los combustibles circulares avanzados.
Los estudios identifican medidas eficaces para reducir estructuralmente la producción de residuos no reciclables: impuestos que penalizan los envases complejos, responsabilidad ampliada del productor más exigente o requisitos de diseño ecológico, es decir, diseñar productos desde el principio para que generen menos impacto y sean más fáciles de desmontar y reciclar.
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Estas medidas requieren marcos regulatorios nacionales o europeos, ya que afectan directamente al diseño y comercialización de los productos. Otros, sin embargo, pueden activarse a nivel local, una vez establecidos estos marcos, mediante el diseño de instrumentos económicos, sistemas de recogida más exigentes o incentivos relacionados con la calidad de los residuos.
En este contexto está la reintroducción del impuesto urbano sobre residuos en Madrid en 2023, con la aplicación del principio de “quien contamina paga”. Todos los municipios de más de 5.000 habitantes tenían hasta 2025 para introducir un impuesto a la basura.
Si bien la obligación de hacer cumplir esta tasa deriva de la legislación estatal, su configuración en el ámbito municipal determina en gran medida su capacidad para modificar comportamientos y reducir conductas inadecuadas.
Encuentre razones para implementar la solución
Al fin y al cabo, reducir los vertidos no es sólo una cuestión de elegir la “mejor” tecnología, sino también de abogar por un enfoque integral que aborde las causas fundamentales del problema. La experiencia demuestra que, sin políticas públicas ambiciosas que actúen en la prevención, el diseño de productos y la calidad de los residuos que generamos, incluso las soluciones más avanzadas chocarán contra los mismos muros.
La buena noticia es que existen herramientas de apoyo a la gestión y están bien documentadas. Tanto modelos matemáticos para orientar los sistemas de gestión de residuos hacia un desempeño más sostenible, como estrategias para impulsar políticas públicas que reduzcan la presencia de residuos y descartes inapropiados. Combinar estas herramientas con innovaciones tecnológicas nos permite no sólo cumplir los objetivos, sino también avanzar hacia un modelo de gestión de residuos más justo, capaz de contribuir a la transición energética y alineado con los principios de la economía circular.
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