Ni buenos ni obedientes: la literatura infantil más allá de la moral

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Ya en su Arte poética, Horacio se planteó una pregunta que aún resuena dos mil años después: ¿es mejor escritor el que enseña o el que entretiene? Su respuesta fue, como suele ocurrir con los clásicos, una llamada al equilibrio: mezclar lo útil con lo agradable, deleitar e instruir al lector al mismo tiempo.

Pero ¿qué significa exactamente “educar al lector”? El concepto es esquivo. Hoy, más que sermones y moralejas disfrazadas de cuentos, un lector competente busca obras estéticamente complejas, libros que lo interpelen, textos que aporten voces y puntos de vista diferentes y de cuya lectura pueda extraerse una nueva interpretación, que no necesariamente corresponde a la imaginada por el autor.

¿Estética o pedagogía?

La cuestión se vuelve más complicada si nos fijamos en la literatura infantil. El experto español Juan Servera advertía en los años 90 que la finalidad estética debía prevalecer sobre la pedagógica, en contraposición a la tradición moralizante victoriana que convertía los libros infantiles en manuales de comportamiento acordes con valores socialmente correctos: premios a la obediencia, castigos a la rebelión, fantasías e imaginaciones y emociones contenidas bajo llave.

La escritora argentina Graciela Montes denunció en una entrevista reciente los peligros de la rigidez pedagógica en la literatura infantil. En su opinión, ningún lector debe dejarse llevar “por los oídos”, sino que debe mantener su capacidad crítica y su distancia interpretativa. Esta visión defiende la autonomía del niño como lector, a quien se debe reconocer como capaz de construir significados sin necesidad de que el texto le dicte cómo debe pensar o comportarse.

aprende a ser bueno

De ahí que nos preguntemos si todavía creemos que los libros infantiles deberían enseñar más a “ser bueno” que a pensar, o cargar su literatura con lecciones ya preparadas que ahogan el asombro, fórmulas como “hay que ser bueno” o “no hay que decir mentiras”, que cierran el texto literario imponiendo una lectura posible.

En su merecido trabajo “Construyendo lectores”, el escritor y crítico literario Vicente Luis Mora señala que la literatura infantil y juvenil “parece a veces un recetario de autoayuda, o alter-ayuda, más programático que artístico”.

Aprende cómo es la vida

Al margen de las obras que intentan situar al niño en rígidos parámetros morales, donde los buenos son inocentes y sinceros y los villanos son indudablemente malos, podemos reivindicar otro tipo de textos en los que el niño se enfrenta al sinsentido de la vida.

En lugar de mensajes como “no debemos mentir” o “hay que compartir”, podemos ofrecer a los niños lectores sacar sus propias conclusiones y su propia visión del mundo con una literatura que ya no propone soluciones simples, sino que permite la experiencia del conflicto y la ambigüedad. Literatura que te ofrece una lección importante.

Hay obras canónicas de la literatura infantil que rechazan deliberadamente la moral explícita, y por eso mismo se han convertido en clásicos que resisten el paso del tiempo.

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Tom Sawyer y ‘Huck’ Finn: ¿Ausencia moral o libertad?

Está Samuel Langhorne Clemens, más conocido como Mark Twain, autor de Las aventuras de Tom Sawyer (1876) y Las aventuras de Huckleberry Finn (1885). Frente a la literatura moralizante del siglo XIX y sus instructivos ejemplos y castigos, Twain dio paso a un realismo vivo y contradictorio.

En su universo, los niños mienten, dudan, se rebelan y descubren la libertad con toda su pesadez y vértigo. En sus manos, la infancia deja de ser un símbolo de inocencia y se convierte en un territorio de aprendizaje moral, un espejo en el que cada lector -niño o adulto- puede reconocerse y encontrar el reflejo de su propia búsqueda.

No todos los escritores de la época vieron con buenos ojos este retrato deshonesto de la infancia. Algunos, más atentos a la moral y las buenas costumbres que al pulso de la vida, miraban con alarma las historias de Twain.

La propia Louise May Alcott, famosa autora de Mujercitas, llegó a escribir en la prensa que si Samuel Clemens no tenía nada mejor que ofrecer a los jóvenes de “mentalidad pura”, sería mejor que dejara de escribir para ellos, veredicto que poco después resonó en las paredes de la Biblioteca Concord, donde las obras de Twain estaban prohibidas. Parece claro que la rebelión de sus personajes resultó demasiado desagradable para los guardianes de la virtud.

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Tonterías subversivas ‘Alicia’

El ejemplo más brillante -y al mismo tiempo más subversivo- de literatura infantil que se niega a ajustarse a las normas morales es, sin duda, Alicia en el país de las maravillas, escrita en 1865 por Lewis Carroll. Su libro es una celebración del sinsentido, ese territorio donde el lenguaje pierde su rigidez y la lógica adulta colapsa elegantemente.

Cuando la duquesa asegura que “todo tiene una moraleja, sólo hay que encontrarla”, Carol no está predicando; Se burla hábilmente de la obsesión victoriana por encontrar una lección en cada historia. Pues bien, precisamente la “moraleja” de Alicia es que no hay moraleja alguna: es un juego verbal, una fantasía que permite experimentar con las palabras e interrogar, entre líneas, el rígido sistema educativo británico sin caer en una ofensiva de didactismo directo.

En ese mundo retorcido, aunque no existen Demogorgons como el de Stranger Things, todos los adultos que Alice conoce están irremediablemente locos, sacudiendo la idea misma de autoridad. El sinsentido se revela entonces como un umbral de libertad, un espacio donde niños y adultos pueden explorar lo absurdo para comprender mejor su propio mundo.

Y, finalmente, el increíble universo de Alice nos recuerda que el lenguaje no sólo describe la realidad: también la domina. Humpty Dumpty lo sabe bien, en Alicia a través del espejo -la estupenda segunda parte- cuando reduce toda la cuestión del significado a un problema esencial: quién tiene el poder de decir lo que significan las palabras.

Confía en los niños

Entendamos, entonces, que al reivindicar la literatura infantil inmoral creemos que los niños y las niñas, como lectores, tienen habilidades interpretativas sofisticadas y que no necesitan que cada texto les diga qué pensar o cómo comportarse.

La literatura infantil alcanza su máximo potencial cuando funciona como lo que es, arte, y no como instrumento pedagógico. No es necesario ser moral para ser valioso; debe ser honesto, imaginativo y respetar la inteligencia de sus lectores.


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