Hoy en día, el uso de una segunda lengua se ha vuelto casi esencial y el inglés se utiliza a menudo como lengua vehículo (o lengua franca) en la educación superior. Esta tendencia no es accidental: los programas de inglés como medio de instrucción (EMI) han proliferado en las últimas décadas, incluso en países que no hablan inglés. Para nosotros, hablantes no nativos, trabajar en ese idioma puede ser un desafío que requiere un esfuerzo adicional.
¿Esta “carga extra” afecta la forma en que aprendemos? ¿Somos capaces de aprender y recordar información tanto en inglés como en nuestra lengua materna? ¿O aprender inglés nos obliga a invertir recursos cognitivos que podrían limitar nuestras estrategias de aprendizaje y penalizar el resultado final?
La respuesta a estas preguntas es, para muchas personas, que leer y aprender en inglés cuesta más, es más difícil y deja la sensación de que aprender no es tan exitoso.
Pero estudios recientes muestran que la cuestión es más compleja: depende de qué tipo de prueba utilicemos para evaluar el aprendizaje, el nivel de inglés y las estrategias cognitivas y metacognitivas utilizadas.
Recordar no siempre significa lo mismo
Para evaluar el aprendizaje, es común utilizar pruebas de memoria directa en las que se pide abiertamente que se recupere información. Pueden ser de dos tipos: recuerdo libre (recordar lo estudiado sin apoyo) y reconocimiento (identificar la correcta entre varias opciones).
Por ejemplo, después de aprender las definiciones de los términos, una prueba de recuerdo libre implicaría la generación libre de definiciones, como preguntar “¿Qué entendemos por bilingüismo?” y se evalúa nuestra producción escrita.
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Este tipo de pruebas requieren que la información se organice adecuadamente en el momento del estudio y que se seleccionen estrategias de recuperación apropiadas. Esto implica que, si la tarea se realiza en inglés, parte de los recursos cognitivos se destinan al procesamiento de aspectos lingüísticos –vocabulario y gramática–, lo que deja menos recursos disponibles para organizar la información y seleccionar estrategias de recuperación adecuadas.
En cambio, una prueba de reconocimiento podría simplemente decidir si cada definición es verdadera o falsa. Siguiendo con nuestro ejemplo, “Las personas bilingües son bilingües porque hablan dos idiomas desde pequeños. ¿Verdadero o falso?” (Por cierto, esta definición de bilingüismo es incorrecta). En este sentido, las pruebas de reconocimiento suelen ser más fáciles de aprobar.
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Al comparar la memoria inmediata de los estudiantes de lengua materna e inglés (o segunda lengua) en una tarea de comprensión de lectura de textos, se observó un déficit de segunda lengua en las tareas de recuerdo libre. Por otro lado, el rendimiento es similar en ambos idiomas cuando se utilizan pruebas de reconocimiento de verdadero/falso. Además, con el tiempo recordamos también lo que aprendimos en otro idioma.
Reproducir versus reconocer
Esto significa que no podemos hablar de un “déficit general” en el aprendizaje del inglés, pero hay que aclarar: el coste se observa cuando necesitamos recuperar información activamente (test de memoria libre), no tanto cuando tenemos que reconocerla entre opciones (test de reconocimiento).
Es posible que esto esté modulado por el nivel de inglés que exhiba una persona, siendo especialmente sensibles a este efecto las personas con bajo dominio (ya que esto implica dificultad para construir oraciones gramaticalmente complejas, poco vocabulario, etc.)
¿Qué pasa cuando aprendemos?
Ahora bien, ¿qué sucede durante el proceso de estudio real? ¿Cómo afecta el inglés la forma en que abordamos el texto? Los estudios que utilizan el seguimiento del movimiento ocular durante la lectura muestran que cuando se lee en inglés hay más fijaciones (es decir, más paradas en una palabra/idea en particular), más regresiones (retroceder en el texto) y tiempos de lectura más prolongados.
En otras palabras, los estudiantes leen más lentamente y prestan más atención al inglés u otro idioma. Esto no significa que no aprendan, sino que el proceso requiere de un mayor control cognitivo.
¿Y nuestras estrategias de aprendizaje?
Podríamos ir un paso más allá y preguntarnos si el aprendizaje en inglés afecta también a la capacidad de evaluar y regular el propio aprendizaje. Para ello, se utilizan ‘evaluaciones de aprendizaje’ (JOL). En ellos, los estudiantes valoran en qué medida creen que han aprendido el material que acaban de estudiar.
Lo que sí sabemos es que, aunque los estudiantes suelen percibir el material en inglés como más difícil, su capacidad para evaluar el aprendizaje basándose en características esenciales del material (por ejemplo, el nivel de cohesión del texto) es tan buena como en su lengua materna. Es decir, las autoevaluaciones les permiten predecir qué fragmentos se recordarán mejor y cuáles peor, adaptándose correctamente en ambos idiomas.
Las estrategias que implementamos difieren dependiendo del idioma que estemos aprendiendo. Incluso con una baja competencia lingüística, aunque aprender en inglés se vuelve más costoso debido al control de la atención y la capacidad cognitiva, esto no significa necesariamente que sea ineficaz.
En ambos idiomas, los estudiantes son capaces de detectar pasajes que tienen poca cohesión, están mal estructurados o hacen mal uso de sinónimos y no conectan claramente las ideas y los califican como más difíciles de entender. Este correcto seguimiento (evaluación) es necesario para aplicar mecanismos compensatorios -por ejemplo, la relectura- para lograr una buena comprensión del texto.
Cuesta más, pero se aprende lo mismo
La evidencia disponible nos dice que aprender una segunda lengua no prejuzga el éxito del aprendizaje. Es cierto que notamos más dificultad, que leemos más lentamente y que la memoria libre puede verse penalizada (sobre todo para aquellas personas que hablan con menor fluidez una segunda lengua). Sin embargo, también sabemos que la memoria de reconocimiento no se ve afectada (ni siquiera a largo plazo) y que las personas son capaces de evaluar su propio aprendizaje en ambos idiomas.
Por eso nosotros, como estudiantes, no debemos desanimarnos por la sensación de que “el inglés es más difícil para nosotros”. Esta dificultad percibida no significa que el aprendizaje será peor. Podemos entrenar nuestra conciencia metacognitiva (para poder detectar cuando la atención disminuye o cuando no se comprende bien una parte del texto) para reajustar el estudio; incluir descansos regulares para evitar la fatiga cognitiva; aplicar estrategias activas como la creación de mapas conceptuales y la realización de autoevaluaciones o pruebas intermedias. Todas estas estrategias nos ayudarán más que releer o subrayar material.
Por otro lado, como docentes, ya sabemos que conviene diversificar los tipos de evaluación: si medimos solo la memoria libre, podemos exagerar la falta de inglés; Incluir pruebas de reconocimiento puede ofrecer una imagen más justa del aprendizaje real.
Aprender un segundo idioma es un desafío que no siempre conduce a peores resultados. En muchos casos, las estrategias de aprendizaje, memoria y regulación siguen funcionando con la misma eficacia que en la lengua materna.
El bilingüismo no sólo abre puertas cultural y profesionalmente, sino que también nos desafía como estudiantes a perfeccionar nuestras estrategias de aprendizaje.
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