Podemos utilizar la tecnología para pensar mejor, no para pensar por nosotros mismos.

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
8 Lectura mínima

El término cyborg proviene del acrónimo en inglés de la frase “organismo cibernético” y define a un ser que combina sus elementos biológicos con los tecnológicos. Pero aunque en nuestra mente solemos asociar la palabra a un organismo artificial, metálico y robótico, una persona que trabaja con su ordenador y utiliza tablets, dispositivos móviles, relojes inteligentes o gafas con inteligencia artificial podría ser, en la concepción más amplia del término, un cyborg.

Si a nuestras posibilidades biológicas como la memorización (número de teléfono, receta, ruta a un lugar) le sumamos las posibilidades artificiales de almacenar y recuperar datos que nos brindan las tecnologías (ya que en cierto modo nuestra memoria se sustenta y alimenta de lo que nos ofrecen los dispositivos), no estamos hablando tanto de un cyborg sino de una “mente extendida”.

Es decir, aprovechamos herramientas artificiales para ampliar nuestras capacidades cognitivas. Por ejemplo, usamos una calculadora para resolver multiplicaciones; seguimos las instrucciones de Google Maps para llegar al lugar; o pedimos a la inteligencia artificial que nos ayude a corregir la redacción de un ensayo académico, o incluso que nos sugiera otra estructura que ayude a mejorarlo.

Además: piensa en cómo piensas antes de preguntarle algo a AI.

¿Y dónde está el conocimiento?

Pero, ¿hasta qué punto estamos “extendiendo” nuestra mente, es decir, llegando más lejos de lo que podríamos por nuestra cuenta, o simplemente reemplazándola? ¿Dónde trazamos la línea entre la tecnología como potenciadora de nuestras habilidades y la tecnología como sustituto de esas habilidades, especialmente cuando hablamos de desarrollar mentes como las de los estudiantes?

Consideremos el siguiente ejemplo:

Una tarea universitaria pide a los estudiantes que escriban un ensayo sobre la historia de la inteligencia artificial.

El estudiante 1 pide a un motor de inteligencia artificial generativa como Gemini, ChatGPT o Deepseek que le prepare un ensayo. Luego corrige algunos problemas de redacción, enlaces y listo: parece un trabajo que cumple con las pautas del docente, incluso en el texto sugiere una visión crítica del tema.

Leer más: Así sería vivir con un gemelo digital a tu lado

El alumno 2 primero analiza cuáles son sus conocimientos previos y utiliza los mismos mecanismos basados ​​en ellos, agregando Notebook LM para crear guías de estudio, podcasts y videos explicativos. Al mismo tiempo, anota a mano sus ideas críticas en su cuaderno, escribe el texto y con ayuda de la inteligencia artificial comprueba si hay algún error en su dedo, si alguna idea no se entiende. Finalmente, utilice las modalidades de investigación profunda de ChatGPT y Gemini para identificar cursos y libros que podrían ayudarlo a mejorar los aspectos gramaticales en los que cometió errores en su ensayo.

En ambos casos el trabajo se realiza con la ayuda de herramientas tecnológicas que amplían nuestras capacidades cognitivas, pero sólo en el segundo caso se hace énfasis en técnicas de aprendizaje, respetando el ritmo biológico de los procesos cognitivos que afectan la escritura, e incluso utilizando el cuaderno LM y otras herramientas de aprendizaje.

Un equilibrio entre tecnología y aprendizaje

Para poder aprovechar la tecnología sin perjudicar nuestras capacidades cognitivas y crear adicciones, es fundamental que siempre consideremos si el uso contribuye al aprendizaje.

Hay tres puntos relevantes que ayudarían a encontrar un equilibrio entre la mente expandida y la mente dependiente. El primero de ellos es la ética en el uso de la tecnología y la inteligencia artificial: para comprender las pautas éticas en el uso de la inteligencia artificial ya existen algunas guías prácticas como las desarrolladas por la Unión Europea o la UNESCO.

Entre los puntos claves para su uso ético se encuentra la transparencia, es decir, la honestidad sobre cuándo y cómo se utilizó; responsabilidad, asumiendo siempre la autoría y responsabilidad del trabajo final; originalidad y aportación personal, utilizando la inteligencia artificial para explorar ideas y superar bloqueos, pero nunca para sustituir el esfuerzo intelectual y la privacidad, para ser conscientes de la información que compartimos con estas herramientas.

Automatizar mecánicamente, no estratégicamente

En segundo lugar, debemos ser intencionales con la automatización. La tecnología nos permite ahorrar tiempo, pero es crucial distinguir qué tipo de acciones delegamos. El equilibrio no se mide en “cuántas” tareas automatizamos, sino en “cuáles”. La regla es simple: automatizamos mecánicamente, no estratégicamente. Podemos utilizar la IA para tareas que respalden nuestro pensamiento, pero no para pensar por sí solas. Por ejemplo: transcribir una entrevista, resumir un documento extenso para captar la idea principal, corregir ortografía y gramática o buscar fuentes de información.

Las acciones que debemos proteger de la automatización excesiva son aquellas que desarrollan nuestras habilidades a largo plazo: buscar ideas originales, estructurar un argumento complejo, conectar diferentes conceptos para crear una nueva idea (innovación) y escribir un pensamiento crítico que forme el corazón del ensayo.

El peligro de automatizar estas tareas clave es que, a largo plazo, podríamos obstaculizar nuestra capacidad de imaginar, crear y pensar de forma independiente, convirtiéndonos en meros editores de contenido generado por máquinas.

Un asistente brillante pero falible.

En tercer lugar, debemos mantener una vigilancia crítica y activa. La inteligencia artificial puede fallar, inventar fuentes o presentar datos erróneos. La relación entre este hecho y la dependencia es fundamental: sabiendo que la herramienta no es infalible, nos vemos obligados a comprobar, examinar y contrastar la información.

Este proceso de seguimiento es en sí mismo un ejercicio cognitivo. Nos volvemos adictos cuando aceptamos pasivamente lo que nos ofrece la IA. Por el contrario, al tratarlo como un asistente brillante pero falible, mantenemos nuestra mente en el centro del proceso, ejerciendo un juicio crítico, que es exactamente lo que queremos mejorar.

Conciencia e intención

La línea que separa la mente aumentada de la mente dependiente no está en la tecnología en sí, sino en la conciencia y la intención con la que la utilizamos. Como vimos en el ejemplo de los dos estudiantes, las mismas herramientas pueden llevar a resultados muy diferentes: una puede simular conocimiento, mientras que la otra puede promover una comprensión más profunda y auténtica.

Esto no significa renunciar al gran potencial de la inteligencia artificial, sino convertirnos en expertos en nuestras herramientas y apoyarnos en tres pilares: una actitud ética que garantice que somos los autores definitivos de nuestro trabajo; la automatización consciente, que nos libera de tareas rutinarias para centrarnos en la creatividad y el pensamiento crítico; y una vigilancia activa, que garantice que nuestro juicio siga siendo el filtro final e imprescindible.

Una verdadera mente aumentada no es aquella que transfiere su memoria o sus habilidades de escritura, sino aquella que utiliza la tecnología para mejorar sus habilidades exclusivamente humanas, como la curiosidad, la creatividad, la empatía y el razonamiento ético.


Descubre más desde USA Today

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Comparte este artículo
Deja un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

es_ESSpanish

Descubre más desde USA Today

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo