En las últimas semanas, Minnesota Chronicles nos ha brindado una incómoda reflexión sobre la condición humana. Un contraste desgarrador se está produciendo en las redadas de arresto de inmigrantes del ICE en la capital del país, Minneapolis.
Por un lado, escuchamos historias de personas que arriesgaron su propia seguridad para proteger a sus vecinos inmigrantes. Por otro lado, hay quienes amparados en la ley deciden denunciar a esos mismos vecinos. Un mismo escenario y dos modelos de respuesta colectiva, a primera vista, son completamente diferentes.
Ante tales escenarios, nuestra inclinación natural es clasificar el mundo entre valientes y cobardes. Héroes y traidores. Sin embargo, desde un análisis psicológico riguroso, debemos advertir que esta dicotomía es insuficiente para explicar un fenómeno tan complejo.
De escudo humano a instrumento de poder
El psicólogo estadounidense Lawrence Kohlberg realizó estudios pioneros en el campo del desarrollo moral. Sostuvo que no nacemos con una brújula ética, sino que la construimos pasando por diferentes etapas. Por estar interconectados, marcan la evolución de la propia moral y revelan su transformación a lo largo del camino.
En las etapas más básicas, asociadas a la infancia, nuestras respuestas morales están impulsadas por el miedo al castigo o a posibles recompensas.
A partir de cierta edad adquirimos normas y un cierto sentido de sumisión a la autoridad. Y para algunas personas, los procesos y experiencias de maduración hacen que sea más fácil alcanzar un nivel superior.
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Kohlberg llamó al nivel posconvencional la cima del desarrollo moral. Las personas que alcanzan este nivel ya no se limitan a la obediencia ciega a la ley o la autoridad.
En esta etapa se hace una distinción entre lo que es legal y lo que es justo. Los principios universales de la dignidad humana tienen prioridad incluso sobre las normas institucionales. También por encima de las consecuencias del incumplimiento o del riesgo personal en que puedan incurrir.
Qué es legal versus qué es justo
Este marco para el estudio de la moralidad se ve enriquecido por las contribuciones de la psicóloga y especialista en ética Carol Gilligan. Sostuvo que el desarrollo moral también puede expresarse a través de una ética del cuidado, centrada en la responsabilidad hacia otras personas.
Por nuestra parte, en diversos estudios hemos analizado cómo la respuesta a los dilemas morales depende de muchos factores. Entre ellas, la pregunta condiciona la respuesta. No respondemos a la pregunta “¿Es cierto?” Sí a la pregunta “¿Harías eso?”
Esto implica que el razonamiento moral por sí solo no explica la conducta. En situaciones reales, no sólo tenemos que decidir qué es lo correcto. Debemos llevar a cabo, o no, esa decisión. Y, por supuesto, eso nos llevará a afrontar las consecuencias de nuestros actos.
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Otra visión del heroísmo
Los datos extraídos del estudio de personas que salvaron a otros judíos durante el Holocausto son instructivos. Cuando se les preguntó por qué lo arriesgaron todo, muchas personas respondieron con inquietante sencillez: “¿Qué más podría haber hecho?”. Para estas personas, la decisión no fue una elección heroica calculada.
Su decisión fue una respuesta inevitable. De manera similar, para los defensores de Minnesota, no hacerlo traicionaría su esencia misma. Una traición que sería más dolorosa que cualquier represalia estatal. Autocondena versus castigo externo.
Por el contrario, en el contexto de persecución o rigidez legal, el sistema presiona al individuo para que “simbolice” la obediencia. Que esto implique buenas o malas acciones es otra historia.
Lealtad al poder contra el mal
Paradójicamente, la complicidad en la injusticia a menudo no tiene nada que ver con el mal. Un estudio reciente sobre “la lealtad como legitimadora” revela que el mismo valor que nos convierte en “buenos vecinos” puede cegarnos.
Según esta investigación, quienes valoran la lealtad por encima de otros principios tienen más probabilidades de percibir como legítimas las acciones injustas. El robo de salarios o la represión estatal, en este caso, se valida porque proviene de la misma estructura de poder a la que somos indudablemente leales.
El desapego como escudo
A esto se suma la desvinculación moral. Es un escudo psicológico que nos permite desactivar la autocrítica. Llegamos a vernos a nosotros mismos como meros engranajes de una maquinaria superior.
Así, nos protegemos de la autocrítica al participar en la deshumanización de otra persona.
Entonces, ¿qué nos queda? La esperanza reside en la capacidad de experimentar lo que el psicólogo social y autor estadounidense Jonathan Haight llama elevación moral.
Heroísmo contagioso
Al observar actos de excelencia ética en Minnesota, podemos sentir admiración. Podemos experimentar una condición física y mental que nos haga girar nuestra propia brújula moral.
El heroísmo funciona como un catalizador que activa nuestra propensión a actuar. Nos recuerda que la responsabilidad hacia otras personas es, en última instancia, responsabilidad hacia nosotros mismos.
Cada vez que elegimos la justicia en lugar de la comodidad o la empatía en lugar de la lealtad ciega, estamos construyendo un yo que reaccionará cuando llegue la próxima (o real) crisis.
Vulnerable al miedo y al contexto
La comprensión nos alerta sobre nuestra propia fragilidad. Si hoy nos encontráramos ante una situación como las que nos llegan desde el escenario internacional, ¿qué haríamos?
Si nuestra seguridad personal dependiera de nuestro silencio o de la queja de un vecino, ¿sabemos realmente qué mecanismos en nuestra mente tomarían el control?
La moralidad no es una ciencia exacta. Se basa en la interacción bidireccional entre los tres aspectos. Por un lado, la predisposición biológica. Por otro lado, normas y valores adquiridos. Y, entre ambos aspectos, nuestro razonamiento y voluntad de actuar.
Mirarse al espejo y reconocer esa vulnerabilidad es el primer paso para tener la brújula apuntando en la dirección correcta cuando llegue el momento.
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