¿Por qué en vinilo sólo cabe un número determinado de canciones?

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Vuelven los vinilos. No es un gesto nostálgico aislado. Podemos considerarlo un objeto cultural que hoy convive sin complejos con Spotify, TikTok y algoritmos que recomiendan música mejor que cualquiera de nuestros amigos más cultos.

El ritual de uso es sencillo: sacar el disco de la caja, colocarlo con cuidado sobre el tocadiscos, bajar la aguja y… aceptar algo que hemos dejado de asumir en la era digital, que la música tiene límites físicos.

La pregunta es tan simple que casi parece ingenua: ¿por qué sólo caben un cierto número de canciones en vinilo? ¿Por qué no podemos grabar horas y horas de música como lo hacemos en una memoria USB?

Música escrita en ritmos.

Un disco de vinilo no “almacena” música como un archivo digital. Sin bits, sin ceros y unos, sin compresión MP3. La información de audio se graba físicamente en forma de una ranura en espiral que se extiende desde el borde exterior hasta el centro del disco.

Ese surco no es decorativo. Sus variaciones microscópicas reproducen directamente las vibraciones del sonido original de modo que, cuando la aguja del tocadiscos recorre la ranura, estas irregularidades se transforman en movimiento mecánico, luego en señal eléctrica y finalmente en sonido. Es un proceso elegantemente simple y brutalmente dependiente de las leyes de la física.

Partes del surco de un disco de vinilo vistas bajo un microscopio. Archivo Aleksandar Klepnev/Wikimedia, CC BI

¿Es sencillo entender cómo funciona? Pues bien, aquí es donde entra en juego la primera limitación básica: el espacio. El vinilo tiene un diámetro finito y, por tanto, una longitud máxima de ranura. Para añadir más música, sólo hay tres opciones posibles:

● Alargue la ranura (imposible sin aumentar el tamaño del disco).

● Haga la ranura más estrecha y más cercana a la anterior.

● Reducir la información que se registra en cada momento.

Las dos últimas opciones tienen consecuencias.

Más minutos, menos calidad

Si las ranuras se colocan más juntas, la aguja tiene menos espacio para moverse sin interferir con la ranura adyacente. Esto nos obliga a reducir la amplitud de las variaciones (o dicho de otro modo, a grabar un sonido “más plano”). Menor volumen, menor rango dinámico, menos graves. El resultado es más minutos por página, sí, pero a costa de perder calidad de sonido.

Esta es la razón por la que los discos de 12″ normalmente giran a 33 rpm y ofrecen entre 18 y 22 minutos por cara de buena calidad, mientras que los sencillos de 7″ a 45 rpm sólo duran unos minutos pero suenan “más potentes”. No es una decisión estética. Es pura ingeniería.

¿Porque? Porque, en el fondo, cada vinilo es un compromiso entre durabilidad y fidelidad.

Pin en pintura de vinilo.

crispiphoto/Shutterstock La física no negocia

Estas limitaciones no son arbitrarias ni el resultado de una mala decisión de diseño. No es que alguien haya decidido jodernos y limitar el número de canciones por álbum. La cuestión es que la materia, la energía y el espacio imponen reglas.

Estas son las mismas reglas que impiden que cualquier dispositivo, por ejemplo, admita inteligencia artificial. Si bien la idea de que todo proceso industrial debe involucrar inteligencia artificial es seductora, existen realidades físicas y computacionales que no se pueden ignorar.

Un modelo de inteligencia artificial necesita recursos: potencia informática, memoria, almacenamiento, energía y capacidad de disipar calor. Un sensor de IoT alimentado por batería no está diseñado para ejecutar redes neuronales complejas, como tampoco una ranura de vinilo puede vibrar indefinidamente sin perder información.

En ingeniería, el contexto lo es todo.

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Lo que el vinilo nos sigue enseñando

El regreso del vinilo no es sólo una tendencia hipster o una nostalgia romántica. También es un recordatorio físico de algo que a veces olvidamos en la era digital: la tecnología siempre está limitada por el soporte.

Hoy almacenamos música en la nube y asumimos (erróneamente) que el espacio es infinito. Pero no fue así. Sólo está oculto en centros de datos que consumen enormes cantidades de energía y recursos. Al igual que la IA “gratuita”, no lo es y, de hecho, depende de una infraestructura muy costosa.

El vinilo nos hace ver el límite. Acepta que no todo encaja. Para elegir. Y esa es quizás la lección más interesante de la tecnología actual: no todos los dispositivos necesitan IA, no todos los procesos necesitan ser inteligentes y no todos los sistemas mejoran al agregar complejidad.

A veces, como en un buen disco, menos es más.


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