Es un hecho bien establecido que los bosques y el agua están profundamente conectados. Durante décadas, experimentos con cuencas hidrográficas pareadas (un método científico para evaluar los efectos del uso de la tierra en la cantidad o calidad del agua) han demostrado que cuando perdemos bosques, la cantidad total de agua que fluye a través de nuestros ríos tiende a aumentar.
Pero una pregunta crítica sigue sin respuesta: ¿esta agua adicional proviene de reservas anteriores o es simplemente lluvia “nueva” que la tierra no puede retener?
En otras palabras, ¿la pérdida de bosques está provocando que nuestras cuencas hidrográficas pierdan su integridad interna y se filtren como un colador?
Nuestro reciente estudio de la Universidad de Columbia Británica analizó 657 cuencas hidrográficas en todo el mundo. Utilizando una herramienta llamada Young Water Fraction, descubrimos que la pérdida de bosques acelera significativamente la velocidad a la que la precipitación viaja a través del paisaje.
Estimamos que por cada porcentaje de bosque perdido, el “agua joven” en nuestros arroyos aumenta aproximadamente un 0,17 por ciento.
Lo más importante es que nuestra investigación revela que no se trata sólo de cuántos árboles se talan, sino también de los patrones espaciales que quedan. La forma en que organizamos las zonas forestales puede exacerbar o aliviar esta fuga.
¿Por qué se filtran las cuencas hidrográficas?
La fracción de agua dulce nos dice qué proporción del arroyo es lluvia que ha caído recientemente, generalmente en los últimos dos o tres meses. Lo ideal es que queramos un porcentaje bajo de agua dulce.
El bajo volumen significa que el paisaje actúa como una esponja, filtrando la lluvia a través del suelo y hacia el agua subterránea, que sostiene el río durante las estaciones secas. Sin embargo, una gran cantidad de agua dulce indica una cuenca con “fugas” que libera nuevas lluvias casi de inmediato.
No se trata sólo de cuántos árboles se talan, sino también de los patrones espaciales que quedan. (Unsplash/Jachan Devol)
Las razones de esta fuga están relacionadas con la forma en que tratamos la tierra. Cuando se elimina la cubierta forestal, las gotas de lluvia golpean el suelo con toda su fuerza en lugar de ser interceptadas por las hojas. Además, la maquinaria pesada y los caminos forestales compactan fuertemente el suelo, dificultando la entrada del agua.
Al final, sin árboles que devuelvan agua a la atmósfera a través de la transpiración, el suelo permanece saturado. Cuando cae la próxima lluvia, no queda más espacio de almacenamiento, lo que hace que el agua fluya rápidamente hacia el arroyo.
Esta pérdida de capacidad de retención es particularmente fuerte en cuencas con aguas subterráneas poco profundas. En estas áreas, las capas de suelo son delgadas, lo que limita la cantidad de lluvia que se puede almacenar. Cualquier alteración de la cobertura terrestre carece de un amortiguador, lo que se traduce inmediatamente en una corriente alterada y más joven.
Bordes del bosque
El hallazgo más sorprendente de nuestro trabajo es que el patrón del paisaje (la configuración espacial de los árboles) es tan importante como el área total perdida.
Considere dos escenarios: un bloque grande y sólido de madera cosechada versus muchos parches pequeños y dispersos. Nuestro trabajo confirmó que incluso si el área total cosechada es la misma, el impacto hidrológico es diferente.
En particular, observamos los bordes del bosque, el borde donde los árboles se encuentran con los claros abiertos. Curiosamente, a medida que aumenta la densidad de estos bordes, la cantidad de agua dulce tiende a disminuir.
Esto sucede porque estos bordes están más expuestos a la luz solar y al viento. Estos “efectos de borde” pueden mejorar el proceso de evapotranspiración, obligando a que más agua del suelo abandone la cuenca en forma de vapor en lugar de escurrirse rápidamente.
Esta influencia regulatoria es particularmente fuerte en cuencas escasamente boscosas con menos del 40 por ciento de cubierta forestal. Esto se debe a que el aumento de la evaporación requiere aberturas lo suficientemente grandes como para permitir que la luz del sol penetre por los lados y provoque cambios en el microclima.
En áreas densamente boscosas, el aumento de la densidad de los bordes fragmenta demasiado el espacio abierto restante, lo que da como resultado espacios más pequeños que en realidad reducen estos efectos de borde.
Repensar la gestión forestal

Sin árboles que devuelvan agua a la atmósfera, el suelo permanece saturado. Cuando llegan las próximas lluvias, no hay más espacio de almacenamiento, lo que hace que el agua fluya rápidamente hacia los arroyos. PRENSA CANADIENSE/Jonathan Hayward
Nuestra investigación refuerza el papel fundamental de los bosques en la gestión del agua. Más allá de la conexión obvia entre los bosques y el agua, ahora sabemos más sobre cómo la pérdida de bosques amenaza la integridad hidrológica de las cuencas. La conexión entre nuestros bosques y nuestra agua es incluso más estrecha de lo que esperábamos.
Esta investigación también cuestiona la noción de gestión forestal binaria que se centra en salvar o perder árboles. Esto es especialmente importante para las regiones donde la industria maderera es una parte integral de la economía.
Una lección directa para la industria es que se deben evitar cortes limpios, uniformes y con la forma adecuada, que dan como resultado una baja densidad de los bordes. En cambio, nuestro objetivo es replicar los patrones complejos e irregulares que se encuentran en la naturaleza. Esto se puede lograr mediante técnicas silvícolas como la tala de retención variable, la tala selectiva y la cubierta forestal continua.
Tener en cuenta el patrón del paisaje forestal proporciona una manera de equilibrar la conservación y el desarrollo de los bosques: al optimizar la forma en que se gestionan los bosques, es posible mitigar los impactos hidrológicos negativos causados por la tala.
Al diseñar teniendo en cuenta el paisaje, podemos ayudar a que nuestras cuencas sigan funcionando como esponjas, no como tamices.
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