Pregunta del curso de 3º de ESO de Aranzadi Icastola. Bergara (Gipuzkoa)
Hay colores que nos siguen a lo largo de la vida. El verde de un jardín que ya no existe, el traje rojo de aquel superhéroe o el azul oscuro de algo que preferiríamos olvidar. Aprender esas asociaciones no fue una elección: simplemente ocurrieron a lo largo de nuestras vidas. Y cuando volvemos a encontrar esos colores -en una pared, en una camiseta, en un atardecer- algo se mueve en nuestro interior, antes de que tengamos tiempo de pensar.
Algunas de esas asociaciones no son sólo nuestras. Quienes han vivido situaciones similares suelen sentir algo similar ante los mismos colores. Pero aquellos que nunca han estado en ese jardín o se han perdido esa película probablemente se sentirán diferentes.
¿Cómo pueden los colores despertar emociones y por qué pueden ser tan diferentes para una persona u otra? Para responder a estas preguntas, primero debemos tener una buena comprensión de qué es exactamente el color.
El mundo es una cosa y nuestra experiencia del mismo es otra.

Sir Isaac Newton (1642-1727). Godofredo Kneller.
La primera idea que debemos considerar es algo contradictoria: los colores no existen. No hay manzanas “rojas” en el mundo. El color rojo es una creación de nuestro cerebro. Isaac Newton nos ayudó a entender esto con uno de sus experimentos más famosos. Pasó un rayo de luz a través de un prisma y descubrió algo sorprendente: la luz se dividía en diferentes tonalidades.
Entonces empezamos a descubrir algunas cosas. En primer lugar, la luz está formada por ondas de diferentes longitudes. Y, además, que una manzana es un trozo de materia que absorbe casi todas las longitudes de onda, pero refleja las de unos 700 nanómetros. La manzana no es roja. Nuestro cerebro comienza a producir el color rojo cuando los fotorreceptores de nuestra retina responden a esas longitudes.
Hoy conocemos bastante bien los procesos físicos que transforman estas variables físicas en señales neuronales. Pero eso no basta para entender qué es el color. Para ir más allá, recurriremos a un experimento mental propuesto por el filósofo Frank Jackson en los años 1980.
Un rojo que nadie le puede explicar a María
Imaginemos a Mary, una científica que sabe absolutamente todo sobre la física y la neurociencia del color, pero que ha pasado toda su vida en un mundo en blanco y negro. ¿Qué pasará si un día dejas ese mundo gris y ves una manzana roja por primera vez?
Incluso si conoces toda la teoría y cada área del cerebro involucrada en la percepción del color, experimentarás algo completamente nuevo que ningún libro te ha enseñado jamás: cómo se ve el rojo. Esa experiencia subjetiva y no comunicable es lo que los filósofos llaman qualia: “cómo se siente algo” en su interior.
La ciencia todavía no comprende del todo cómo nuestros cerebros generan experiencias tan ricas y subjetivas simplemente activando neuronas. Lo que sí sabemos es que estas experiencias que llamamos qualia no están formadas únicamente por información sensorial. Tienen muchos más ingredientes.
¿De qué están hechas las cualidades?
Para entender esto, pensemos en lo que sucede cuando interactúo con esa manzana roja. Mi cerebro no se limita a registrar las longitudes de onda reflejadas en su superficie: procesa simultáneamente su textura, su olor, su sabor al morderlo, la temperatura del ambiente, la compañía de quienes me rodean. Y, al mismo tiempo, procesa todo eso, genera una respuesta emocional: una evaluación automática, casi instantánea, de si lo que estoy experimentando es placentero, amenazante o neutral.
Mi cerebro también tiene otra habilidad admirable: conectar todo lo que registra. Entonces, cuando miro una manzana, la muerdo y me doy cuenta de que estoy con mis hijas, todo eso (el color, el sabor, la alegría de ese momento) está entretejido en una experiencia que el cerebro almacena, de modo que cuando uno de esos elementos reaparece, los demás se reactivan con él.
Por lo tanto, la próxima vez que esas mismas longitudes de onda activen mis fotorreceptores (incluso si la manzana no está allí, incluso si mis hijas no están allí) algo regresará. Y, cuantas más experiencias con ese color acumule a lo largo de mi vida, más rica, compleja y única será mi experiencia.
Por tanto, los qualia del rojo no son sólo un procesamiento de la frecuencia de la luz. Es el resultado de fusionar, en un instante, información sensorial inmediata, recuerdos almacenados y afectos acumulados. Tres tipos de contenidos que el cerebro reúne tan rápido y tan bien que los percibimos como una cosa indivisible. Esto es lo que llamamos color.
Colores y emociones, un siglo de investigación
Los colores producen reacciones emocionales sistemáticas. Los resultados del estudio, que analizó 132 estudios realizados en 64 países durante 128 años, con más de 42.000 participantes, muestran patrones consistentes: el rojo se asocia con emociones de alta activación: amor, ira, peligro, pasión; azul, tranquilo y confiado; amarillo, de alegría; y negro, con tristeza o fuerza.
Estos patrones aparecen en culturas muy diferentes, algo que sugiere tendencias innatas o algún aprendizaje generalizado: el azul de un cielo despejado, el rojo de la sangre, el amarillo del sol son señales ambientales que compartimos como especie.
Otro descubrimiento revelador es que cada color puede evocar emociones muy diferentes, y la misma emoción puede ser evocada por colores muy diferentes. No es un reflejo del azar: es un rastro de las condiciones especiales de muchas otras enseñanzas.
Los psicólogos Stephen Palmer y Karen Schloss especificaron este mecanismo en su Teoría de la valencia ecológica: nos gustan los colores asociados con experiencias positivas y rechazamos los asociados con las negativas. Si el color amarillo de la infancia es la cocina de la abuela, ese amarillo será reconfortante. Si para la otra persona es el uniforme escolar que odia, provocará exactamente lo contrario.
Misma longitud de onda, diferentes emociones
En resumen, el rojo que ves es similar al rojo que veo… pero no exactamente igual. Es similar porque compartimos física, biología y algunas experiencias. Pero no es lo mismo porque, a medida que vivimos nuestra vida, construimos una experiencia personal y única. Cada historia pinta el color de forma diferente. Así que los colores no sólo nos ayudan a describir el mundo: también nos recuerdan lo que significa vivir una vida y no otra.

El Departamento de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco colabora en la sección The Conversation Junior.
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