Limitar la edad de acceso a las redes sociales ha estado estos días en el centro del debate político en España. Es una cuestión de extraordinaria complejidad que requiere un enfoque reflexivo y basado en evidencia.
Aunque el anuncio del presidente del Gobierno español es nuevo, en realidad el Reglamento General de Protección de Datos de la UE, vigente desde 2018, permite establecer la capacidad jurídica para consentir el tratamiento de nuestros datos en servicios digitales entre los 13 y los 16 años. En España se decidió que sería a partir del día 14.
En el caso de las redes sociales, la Unión Europea se reúne con empresas desde la vicepresidencia de Vivian Redding y se han adoptado acuerdos y compromisos corporativos sin resultados prácticos. Hoy, la industria ha pasado de una aceptación insuficiente a una oposición cerrada.
Varios informes, como el de EU Kids Online, han confirmado sistemáticamente el importante aumento de los riesgos en Internet para los menores. La edad a la que los menores se conectan a Internet, tienen un teléfono móvil, consumen pornografía o se registran en una red social disminuye constantemente. Un reciente Informe de UNICEF sobre el Impacto de la Tecnología en la Infancia y la Adolescencia confirma esta tendencia con datos ciertamente preocupantes que indican adicción al uso de smartphones y redes, un aumento de los conflictos o la exposición a la pornografía, seguido de la demanda de educación e incluso desconexión.
El diagnóstico del informe impulsado por el Ministerio de la Juventud y la Infancia es demoledor. Se destaca que las redes sociales crean un contexto de alto riesgo para la salud física y mental de los menores, exposición excesiva al acoso y delitos contra la libertad sexual, acceso a la pornografía y adquisición de hábitos y conductas nocivas.
Esto coincide con estudios que advierten de un aumento de enfermedades mentales, autolesiones o suicidios entre niños y adolescentes. Las redes sociales pueden alterar las experiencias cara a cara y reducir el espacio para la socialización autónoma, especialmente en su uso intensivo.
Un modelo de negocio que exige compromiso
Las diversas filtraciones parecen demostrar que los operadores de redes sociales eran plenamente conscientes del riesgo en su modelo de negocio y lo fomentaron. Las redes promueven mecanismos de recompensa, creando adicción. Se acentúan por el desplazamiento interminable, la hiperestimulación y el uso nocturno que pueden alterar la higiene del sueño. Cada me gusta, emoji, filtro de chat o imagen se ajusta a un objetivo claro: impulsar la participación, mantener la atención de los usuarios y monetizar la privacidad.
Además, los algoritmos de personalización animan a los usuarios a “pinchar” y les proporcionan una visión de la realidad a través de filtros que crean una burbuja de contenido personalizado. Por otro lado, la monetización de la publicidad parece fomentar la polarización, el discurso de odio, el negacionismo o la pornografía.
Responsabilidades sociales y administrativas
Por otra parte, es innegable que existe una parte de responsabilidad social y administrativa. El primer contacto de un niño o adolescente con una red social será fomentado por las madres y los padres o el propio colegio, por ejemplo a la hora de comprar un smartphone o al pedir tareas digitales.
La ausencia de herramientas educativas para las familias y la presión que experimentan las familias cuando sus hijos e hijas de determinadas edades se enfrentan al ostracismo y al aislamiento si no están en una red social, hacen que la identidad digital en los primeros años dependa de adultos sin apoyo suficiente y de prácticas escolares que en ocasiones no reflejan o contradicen la protección infantil, como la publicación de vídeos en redes sociales en los centros.
Legal fuera de la prohibición
En este contexto, resulta procedente la acción judicial emprendida por el Ministerio de la Juventud y la Infancia. Parece urgente aprobar leyes con medidas y garantías efectivas, proporcionales que aseguren el derecho a la identidad digital de nuestros niños y adolescentes. El límite de edad está plenamente justificado en la garantía de un adecuado desarrollo de la personalidad.
Pero no es la única medida. Se necesita un diseño holístico que considere políticas públicas proactivas y, al mismo tiempo, defina escenarios de rendición de cuentas. Desde una perspectiva jurídica, es esencial un enfoque que fortalezca la disuasión, incluido, si es necesario, una mayor responsabilidad civil y penal. Al mismo tiempo, se deben disciplinar las acciones de las escuelas y su responsabilidad.
La voz de las partes interesadas
Sin embargo, existe un riesgo que no podemos ignorar. Los niños y adolescentes deben tener voz. Deberíamos entender cómo hacer sostenible la socialización y el aprendizaje de la tecnología inspirados en valores democráticos e inclusivos. No podemos caer presas de la urgencia regulatoria y centrarnos únicamente en la prohibición.
Vivimos en una sociedad de inteligencia artificial. Se nos exigirá una nueva forma de trabajar y nuevas habilidades. No estamos en guerra con la tecnología, sino con usos antisociales que cosifican a las personas.
Finalmente, los reguladores más directamente afectados (la Agencia Española de Protección de Datos, la Comisión Nacional del Mercado y la Competencia y la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial) deben pasar de plataformas de recomendación a plataformas de auditoría, aplicación y sanción. El tiempo de espera temporal ha pasado. Existe una fuerte voluntad por parte de sus directivos de comprometer la regulación y romperla. La democracia nos ha liberado, nos ha convertido de súbditos en ciudadanos: no dejemos que nos conviertan en servidores digitales, empezando por nuestros niños y adolescentes.
Descubre más desde USA Today
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

