Los cuatro evangelios y la primera carta de San Pablo a los Corintios coinciden en la narración de la última comida de Jesús con sus discípulos antes de la crucifixión, que se celebra los días de Pascua y con detalles muy similares. Esto es algo inusual en otros episodios evangélicos de su vida, donde las historias divergen más en detalles y énfasis.
Pero la Última Cena no es sólo quizás la comida más famosa de la historia, sino también una de las peor concebidas. Durante siglos lo hemos visto a través de un filtro renacentista: una mesa larga, trece hombres en fila y una escena solemne que poco tiene que ver con la Judea del siglo I. La realidad tenía que ser otra, tanto en la forma de sentarse como en el menú.
Preguntar qué comieron Jesús y sus discípulos no es un detalle menor: nos permite remontarnos a los Evangelios, la Pascua judía y la arqueología para comprender cómo una comida real, en un contexto histórico concreto, se convirtió en un símbolo central del cristianismo.
Cena entre Semana Santa y polémicas
Lo único cierto es lo más conocido: en la Última Cena habría pan y vino. Estos son los únicos alimentos que se mencionan explícitamente en los evangelios y sobre ellos recae el gesto decisivo de Jesús: partir el pan, ofrecer la copa y darles un nuevo significado. De allí nace la Eucaristía cristiana.
Sin embargo, en cuanto intentamos ir más allá del pan y el vino, surge un gran debate: ¿fue una auténtica comida de Pascua? Los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas dicen que sí. Marcos, concretamente, lo sitúa en el “primer día de los panes sin levadura”, es decir, en el marco de la Pascua judía.
El Evangelio de Juan, por el contrario, sugiere que la cena tuvo lugar la noche anterior, por lo que Jesús murió antes de que comenzara oficialmente la cena de Pascua. Ese desacuerdo ha sido uno de los grandes debates de la exégesis bíblica moderna.
El investigador Joel Marcus de la Universidad de Boston sugiere una salida intermedia que es particularmente útil. En su análisis, sostiene que la comida histórica probablemente tuvo lugar la noche anterior a Pesaj, como sugiere Juan, pero esto no impide reconocer que estuvo muy marcada por elementos del seder y la haggadah judíos, es decir, una comida ritual en la que se explican ciertos platos y se asocian con la memoria del éxodo.
En otras palabras: puede que no haya sido una comida de Pascua en sentido estricto, pero fue una comida modelada según la lógica de la Pascua.
Ese detalle cambia mucho la lectura. Marcus explica que la comida ritual fue objeto de explicación. El pan, entonces, no era sólo pan: era alimento capaz de condensar memoria, liberación y pertenencia. Y lo mismo ocurrió, aunque con una historia litúrgica más compleja, con el vino.
Lo que podría haber sobre la mesa: del pan sin levadura al cordero
Si se acepta que la Última Cena estuvo ligada a la Pascua, aunque sea vagamente, las posibilidades del menú se expanden. El primer candidato es el pan sin levadura, o matzá, que simboliza la salida repentina de los israelitas de Egipto, sin tiempo para que la masa suba.
Un cordero asado también aparece inmediatamente como una posibilidad, ya que la Pascua judía del período del Segundo Templo estaba asociada con el sacrificio de un cordero en Jerusalén y su asado en casa. A eso se le sumarían las hierbas amargas, otro clásico recuerdo de Pascua.
La investigación arqueológica y la historia alimentaria añaden más matices. En 2016, dos arqueólogos italianos publicaron un estudio sobre lo que se pudo haber comido en la Última Cena que incluía un menú reconstruido, basado en versículos bíblicos, textos judíos, literatura romana antigua y datos arqueológicos, durante el primer siglo. La comida sugerida por los investigadores para esa noche incluye pan sin levadura, caldo de cordero, lentejas o legumbres, aceitunas con hisopo (una hierba con sabor a menta), dátiles, frutos secos, alguna salsa de pescado similar al garum romano y vino aromatizado o diluido.
No se ha demostrado plato por plato, pero es una hipótesis históricamente justificada y respaldada por la arqueología y la etnografía, ya que hallazgos en sitios como Qumrán, Masada y el barrio herodiano de Jerusalén indican la presencia de trigo, lentejas, aceite de oliva, frutos secos y hierbas en la época judía.
En tiempos de Jesús, los alimentos básicos eran pan, aceitunas, aceite, legumbres, frutos secos y, en algunos contextos, pescado. La carne existía, pero se consumía principalmente en circunstancias ceremoniales o ceremoniales. Por eso el cordero es fiable en una cena formal, pero no en una comida normal y corriente.
Una comida lenta, ritualizada y conversacional
La forma de comer tampoco se parecía a la imagen popular. Probablemente los invitados no se sentaban erguidos en sillas altas, sino reclinados sobre cojines o divanes bajos, al estilo mediterráneo. Esta postura era una característica definitoria de las comidas formales en el mundo grecorromano y helenístico de la época.
La Última Cena imaginada de esta manera se parece menos a una imagen congelada y más a una comida lenta, ritualizada y de la que se habla. Los participantes compartieron cuencos y platos mientras estaban recostados sobre almohadas, participando en una ceremonia profundamente arraigada en la antigua tradición judía.
Aporte energético en la época de Jesús
Hay una dimensión menos obvia, pero muy reveladora, en toda esta cuestión: la nutrición. Sabemos más o menos qué alimentos podrían haber circulado en una mesa judía del siglo I, pero sabemos mucho menos sobre cuánta energía proporcionaba realmente la dieta de esa época. Un estudio realizado en 2018 aplicó modelos matemáticos para estimar la ingesta energética probable durante la Última Cena.
Su punto de partida es muy simple: los registros alimentarios antiguos son útiles pero están incompletos. Los autores compararon descripciones históricas de la dieta con estimaciones de altura, esperanza de vida, probable peso corporal y niveles de actividad física de los reclutas romanos similares a los de las sociedades agrarias contemporáneas. El resultado fue sorprendente: mientras ciertos escritos de la Mishná (ley oral judía) apenas nos permitían calcular unas 1.176 kilocalorías diarias, los modelos fisiológicos elevan la ingesta probable a un rango entre 2.319 y 3.973 kilocalorías diarias. Si bien hoy se ha determinado que las necesidades energéticas medidas en los adultos modernos rondan las 2.266 kcal/día para las mujeres y las 2.850 kcal/día para los hombres, con variaciones según el sexo, la edad y la actividad física,
La conclusión no resuelve el menú exacto, pero nos obliga a corregir una intuición común: imaginar los platos antiguos como mesas casi vacías, puramente simbólicas.
La Última Cena fue una santa cena, sí, pero también una cena humana. Y quizás todavía fascine precisamente por eso: porque se cruzan la fe, la historia y algo tan humano como sentarse a la mesa.
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