Venezuela tiene entre el 17% y el 19% de las reservas probadas de petróleo del planeta, más que otros países geoestratégicos como Arabia Saudita o Irán. Sin embargo, hoy produce cerca de un millón de barriles diarios, una cifra bastante marginal a escala global.
Este contraste explica por qué la reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela y el anuncio de un control “ilimitado” sobre sus ventas de petróleo ha generado preocupaciones climáticas, especialmente porque coincide con la retirada de Estados Unidos de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) y del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC).
La pregunta clave es simple pero incómoda: ¿Qué significa para el clima que el mayor emisor de gases de efecto invernadero de la historia llegue a controlar las mayores reservas de petróleo del mundo ignorando la gobernanza climática internacional?
Aceite con emisión especial.
No todo el petróleo es igual desde el punto de vista climático. Gran parte del petróleo crudo de Venezuela, concentrado en la faja petrolera del Orinoco –la vasta zona al norte del río Orinoco y su desembocadura– es pesado y extremadamente pesado. Esto significa que su extracción y refinación requiere más energía que el crudo ligero y genera mayores emisiones por barril. Además, este sería procesado en refinerías especializadas en el Golfo de México, diseñadas para este tipo de petróleo.
Mapa que muestra la Faja Petrolífera del Orinoco (en azul) y la Cuenca Oriental de Venezuela (en rojo), una importante cuenca sedimentaria que contiene abundantes reservas de petróleo. Servicio Geológico de Estados Unidos
La ciencia explica por qué todo esto es preocupante desde el punto de vista climático. Varios estudios muestran que las emisiones asociadas con la extracción de petróleo aumentan a medida que los campos envejecen, ya que se requieren cada vez más técnicas de uso intensivo de energía para mantener la producción.
Por lo tanto, un reinicio masivo de la producción venezolana no sólo aumentaría el consumo de combustibles fósiles, sino que lo haría a través de uno de los tipos de petróleo crudo más contaminantes.
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Un giro político que choca con la ciencia climática
El contexto internacional refuerza estas implicaciones. En enero de 2026, la administración estadounidense formalizó su retirada de la CMNUCC y del IPCC, rompiendo el principal marco científico y político de coordinación contra el calentamiento global.
Esta decisión contrasta marcadamente con el consenso científico. Según el último Informe de Síntesis del IPCC, que forma parte del Sexto Informe de Evaluación (AR6) publicado en marzo de 2023, limitar el calentamiento global a un aumento de 1,5°C requiere reducciones rápidas y sostenidas en el uso de combustibles fósiles.
Del mismo modo, un estudio publicado recientemente en Nature Communications concluye que, en escenarios compatibles con este objetivo, la producción mundial de petróleo debería reducirse entre un 62% y un 70% antes de 2050.
Por lo tanto, apostar por la reconstrucción y expansión de la industria petrolera venezolana va en contra de lo que recomienda la evidencia científica.
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Geopolítica versus acción climática
Desde el punto de vista geopolítico, el control del petróleo venezolano fortalece la influencia de EE.UU. en América Latina y limita el margen de acción de China y Rusia, aliados históricos de Caracas.
En el corto plazo, el impacto en el mercado petrolero mundial es limitado, ya que reiniciar la producción requerirá años de inversión y estabilidad política.
Sin embargo, a medio y largo plazo el mensaje es claro: el modelo energético fósil se ha reforzado en un momento crítico. Los indicadores más recientes muestran que el calentamiento inducido por el hombre ya ronda los 1,22°C y que el presupuesto de carbono (la cantidad de carbono que aún podemos quemar) compatible con mantener el calentamiento por debajo de 1,5°C se está agotando rápidamente.
Implicaciones para combatir el cambio climático
La combinación de ambos factores –control de grandes reservas de petróleo pesado y retirada del multilateralismo climático– presenta tres riesgos principales:
Potencial aumento de las emisiones, tanto directas como indirectas, si se promueve la producción a gran escala.
Debilitamiento de la cooperación internacional en la lucha contra el calentamiento global, ya que Estados Unidos queda fuera de los principales foros climáticos.
Enviar señales contradictorias al resto del mundo, que pueden frenar las ambiciones climáticas de otros países.
El control estadounidense del petróleo venezolano es mucho más que una medida geopolítica. Representa un conflicto directo entre la política de energía fósil y la hoja de ruta de la ciencia climática. Cuando los informes científicos insisten en que gran parte de las reservas conocidas se dejen bajo tierra, la evaluación de uno de los depósitos de crudo pesado más grandes del mundo representa un serio revés para los esfuerzos globales de mitigación.
La gran incógnita no es sólo cuánto petróleo se podrá extraer en Venezuela, sino también qué capacidad tendrá la comunidad internacional para mantener el rumbo climático en un escenario cada vez más fragmentado.
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