¿Quién decide hasta dónde puede llegar la ciencia?

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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“Hace unas semanas, dos preciosas niñas chinas llamadas Lulu y Nana vinieron al mundo llorando, sanas como cualquier otro bebé. Así comenzaba el vídeo en el que He Jiankui, profesor de la Universidad de Ciencia y Tecnología del Sur de China, anunciaba en noviembre de 2018 el nacimiento, por primera vez en la historia, de bebés genéticamente modificados intencionalmente. Su equipo utilizó la revolucionaria tecnología CRISPR para cambiar el gen CCR5, asociado a la infección por VIH, en el genoma de 31 embriones de siete parejas de China y Tailandia cuyo padre era VIH positivo.

Aunque afirmaban que la edición CRISPR podría aliviar un grave problema de salud pública, la modificación no tenía fines preventivos ni terapéuticos: se trataba de una mejora genética (mejora). Además, la variante que pretendían introducir estaba asociada a una mayor predisposición a otras infecciones y la tecnología no había demostrado su seguridad ni eficacia.

Finalmente, ni siquiera experimentalmente lograron los cambios deseados en el genoma.

Sin embargo, los científicos siguieron adelante e implantaron trece embriones en cinco mujeres. Como resultado nacieron las gemelas Lulu y Nana y un tercer bebé cuya identidad se desconoce.

Cirugía genética

El experimento, descrito por Jiankui como “cirugía genética”, generó una fuerte condena internacional por ser considerado “irresponsable, peligroso e inmoral”. El científico y dos de sus asociados, Zhang Renli y Qin Jinzhou, fueron condenados a penas de prisión y multas por cometer delitos de práctica médica ilegal y falsificación de documentos.

Actualmente se desconoce si las intervenciones genéticas podrían haber afectado la salud de los menores regulados. Lo que es evidente es que el caso ilustra los riesgos de la tecnología de doble uso, que ofrece grandes promesas y esperanzas en biomedicina y, al mismo tiempo, puede plantear serias amenazas, dado que los efectos sobre el bienestar y la integridad de los seres humanos editados aún no se han investigado ni comprendido lo suficiente.

Tecnología de doble uso

Casi una década después, dos empresas estadounidenses, el Proyecto Manhattan y Preventive, comenzaron a investigar el uso de la edición genética en embriones humanos con el objetivo de erradicar teóricamente enfermedades como la fibrosis quística, la enfermedad de Alzheimer, la distrofia muscular de Duchenne y la enfermedad de Huntington. Estos enfoques difieren significativamente de Casgevi, la primera terapia génica aprobada basada en CRISPR, en este caso para el tratamiento de pacientes con beta-talasemia y anemia falciforme, cuyos cambios no se transmiten a la descendencia porque se llevan a cabo en células somáticas.

En realidad, estas empresas tienen objetivos muy diferentes. Su idea es modificar el genoma en las primeras etapas del desarrollo embrionario, es decir, en la línea germinal, para producir variaciones que puedan ser potencialmente hereditarias. Este tipo de intervenciones se consideran prohibidas en los países firmantes del Convenio sobre Derechos Humanos y Biomedicina (Convenio de Oviedo), entre ellos España.

En Estados Unidos, donde operan estas empresas, estas prácticas son limitadas, pero diversas fuentes apuntan a que dicha regulación podría ser más flexible bajo la administración Trump, lo que abriría la puerta a experimentos que plantean numerosas cuestiones sociales, éticas y legales.

Experimentos que abren numerosas cuestiones sociales, éticas y jurídicas

En este contexto, cabe preguntarse quién debería marcar los límites de las modificaciones del genoma de la línea germinal humana, tanto en el campo experimental como en la práctica clínica, y bajo qué modelo de gobernanza deberíamos operar. Estas cuestiones no son baladíes, aunque tampoco son del todo nuevas. La historia de la biotecnología proporciona ejemplos de los que se pueden extraer lecciones valiosas para el debate actual.

Esta no es la primera vez que la investigación en el campo de la biotecnología se enfrenta a una tecnología que tiene beneficios potenciales, pero que al mismo tiempo conlleva riesgos inherentes. El precedente más cercano es el desarrollo de la tecnología del ADN recombinante, también conocida como ingeniería genética, y la forma en que la comunidad científica afrontó su vertiginoso surgimiento a mediados de los años 1970.

En 1973 se celebró la primera Conferencia Asilomar, evento que reunió a más de un centenar de científicos para examinar los riesgos asociados a determinados elementos y agentes utilizados en los experimentos de biología molecular de la época. Fue la primera ocasión en la que la propia comunidad científica consideró la posibilidad de fijar restricciones al ejercicio de la libertad de investigación por motivos de seguridad.

En 1975 se celebró el segundo y más famoso congreso de Asilomar, inmediatamente después de la publicación de un manuscrito sobre las cuestiones más controvertidas de la ingeniería genética, un artículo que también advertía de las consecuencias “impredecibles” del ADN recombinante.

En esta segunda reunión, a la que asistieron un centenar de destacados investigadores de la ingeniería genética, además de periodistas y abogados especialistas, se debatió si se podría o no levantar la moratoria voluntaria autoimpuesta por la comunidad científica y, en caso afirmativo, en qué condiciones se podrían reiniciar los experimentos de forma segura. Sin duda, el segundo encuentro de Asilomar implicó un cambio de actitud trascendental: respecto a tiempos pasados, quienes apuestan por las últimas investigaciones en biotecnología eran muy conscientes de la importancia y los riesgos potenciales de modificar la materia viva a nivel molecular.

Sin embargo, el consenso sobre este modelo de gobernanza profundamente tecnocrático no fue unánime por dos razones principales. Por un lado, porque las conferencias de Asilomar se centraron en aspectos relacionados con la seguridad, ignorando otras cuestiones relacionadas, por ejemplo, con los valores y principios éticos y legales en cuestión, así como otros temas relacionados con la autonomía, la justicia social o la solidaridad. Por otro lado, como argumenta un grupo crítico de la Universidad de Harvard y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), las conclusiones de Asilomar fueron alcanzadas sin la adecuada participación y reflexión ciudadana.

Ese mismo año se intentó corregir esta exclusión en Cambridge (Massachusetts, Estados Unidos), ciudad donde se encuentran la Universidad de Harvard y el MIT, que entonces intentaban construir laboratorios de alta seguridad para experimentos de ingeniería genética. Ante los temores que existían en ese momento, el ayuntamiento impuso una moratoria de seis meses y formó un comité formado por personas relacionadas con la biotecnología para discutir su idoneidad. Después de reunirse durante meses y analizar más de 75 testimonios, a favor y en contra de la tecnología del ADN recombinante, el comité publicó un informe en 1977 recomendando la continuación de la investigación, pero con indicaciones más estrictas que las directrices establecidas a nivel federal por los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de Estados Unidos.

Aunque este ejemplo se limitó a una región pequeña, representa sin duda el primer precedente de gobernanza democrática de la biotecnología y muestra que los ciudadanos, incluidos aquellos sin formación especializada o experiencia profesional, pueden debatir cuestiones técnicas complejas y tomar decisiones razonables y razonadas.

Gobernanza democrática de la biotecnología

Asimismo, el modelo propuesto en las conferencias de Asilomar, que representaron un punto de inflexión en la historia de la biotecnología, es difícil de replicar hoy. Hoy, los desafíos éticos, legales y sociales de la edición genética con CRISPR, más aún después del irresponsable experimento del equipo liderado por He Jiankui, requieren una discusión más amplia que garantice una participación pública inclusiva y diversa. Es decir, de acuerdo con lo establecido en el artículo 28 del Convenio sobre Derechos Humanos y Biomedicina (Convenio de Oviedo), es imprescindible que las cuestiones fundamentales que plantean los avances en biología y medicina, como ocurre precisamente con las biotecnologías emergentes, sean “objeto de una adecuada discusión pública”.

Esta disposición legal no es una mera declaración de intenciones, sino que establece un mandato jurídicamente vinculante en los Estados que han ratificado la Convención, como España, mediante el cual se reconoce que las decisiones que pueden tener consecuencias para toda la humanidad requieren una deliberación verdaderamente democrática, y no sólo un consenso en cuestiones de carácter científico-técnico. Es decir, nos encontramos ante la necesidad de pasar a un modelo de gestión democrática muy diferente al de Asilomar, y más cercano al impulsado en Cambridge a mediados de los años setenta, en el que se garantiza información veraz y rigurosa sobre las posibilidades reales de CRISPR, evitando así falsas expectativas y temores infundados.

Sin embargo, investigaciones empíricas recientes sobre el debate público y la toma de decisiones en torno a la edición de genes muestran lagunas importantes en la construcción de un modelo de gobernanza verdaderamente democrático. A modo de ejemplo, una revisión publicada en el European Journal of Human Genetics en 2024 encontró un aumento en los esfuerzos destinados a promover la participación ciudadana, aunque con sesgos que favorecían a personas blancas con alta formación académica, y con metodologías que requerían acceso a Internet, lo que limitaba a quienes tenían bajos recursos socioeconómicos.

Otro estudio, publicado en el Journal of Community Genetics en 2024, también reveló la reticencia de la comunidad científica a discutir públicamente cuestiones relacionadas con la edición de genes. En general, estas prácticas no se entienden como un verdadero debate público, en el sentido del Convenio de Oviedo, sino como una actividad relacionada con la mera transmisión unidireccional de información sobre evidencia científica relacionada con intervenciones sobre el genoma humano. Este enfoque provoca el amargo modelo del déficit cognitivo, una barrera estructural que puede limitar la aplicación de un modelo de gobernanza plenamente democrático, limitando también los términos y las personas involucradas en el debate, y retirando así los mismos prejuicios y problemas planteados en las conferencias de Asilomar hace casi medio siglo.

(Una versión de este artículo se publicó originalmente en la revista Fundación Telefónica Telos).


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