Redes sociales reales versus redes sociales virtuales: cómo la participación protege el bienestar de los jóvenes

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Las redes sociales virtuales han cambiado la forma en que las personas se relacionan entre sí y participan en causas sociales: por un lado, facilitan el acceso y la comunicación, pero por otro, suelen provocar agotamiento emocional, sobreexposición y sentimientos de soledad. Esto es lo que dice Marina, una joven activista que participó en nuestra investigación: “Son un arma de doble filo: muy útiles para algunas cosas, pero también requieren mucho tiempo y energía”.

En nuestro proyecto de investigación HEBE, centrado en el empoderamiento y la participación social, exploramos cómo los jóvenes encuentran significado, se conectan y se sienten bien en espacios fuera de línea. Los resultados muestran que la participación personal y voluntaria en la comunidad no sólo mejora su bienestar, sino que también los protege. Por ejemplo, Marina participa desde hace años en los asuntos culturales y sociales de su municipio. Junto a otros jóvenes organizan actividades gratuitas, en defensa del territorio o en respuesta a emergencias sociales.

Individualismo e insatisfacción colectiva

Los jóvenes que participan en asociaciones, grupos culturales, deportivos o educativos durante el tiempo libre desarrollan un fuerte sentimiento de pertenencia. Este sentimiento surge en la interacción cara a cara y en la acción conjunta. Además, actúa como factor protector frente al malestar psicológico.

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Otros estudios confirman la diferencia entre la participación real y lo que sucede en línea: las plataformas de Internet facilitan las interacciones sociales, pero si esas interacciones son realmente valiosas depende de cuán significativas sean, cuánto nos preocupamos por ellas y con quién las tenemos.

“Estar en grupo me ayuda a desconectar del ruido de las redes”, nos dijeron algunos de los jóvenes que participaron en nuestra investigación. “Aquí puedo ser yo sin filtro” o “Me siento útil” son observaciones frecuentes, que muestran cómo los espacios de interacción física, cara a cara, no sirven sólo para socializar, sino que ayudan a organizarse y afrontar desafíos personales y colectivos.

Aprendizaje fuera de línea

Las investigaciones también muestran que estos espacios de participación nos permiten desarrollar habilidades para la vida muy valiosas. Entre ellos encontramos el conocimiento de cómo comunicarse, controlar las emociones, resolver conflictos, pensar críticamente y organizarse. Son esenciales para aprender a vivir mejor y para que la sociedad funcione. Por ejemplo, ayudan a identificar y expresar sentimientos y motivaciones, reflexionar y desafiar prejuicios y estereotipos; o desarrollar capacidades de acción individual o colectiva, es decir, la creencia de que son capaces de cambiar sus contextos.

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Adquirir estas habilidades hace que los jóvenes se sientan empoderados, porque son ellos quienes deciden y actúan sobre lo que afecta sus vidas. Además, participan en la toma de decisiones y cooperan responsablemente en lo que afecta al grupo del que forman parte.

Ciberactivismo versus participación real

Las redes sociales han creado nuevas formas de activismo juvenil. Son rápidos, visibles y llegan a todo el mundo, pero también son inestables.

El ciberactivismo utiliza redes para organizar y difundir ideas. Esto genera interesantes debates entre los jóvenes, que ven cómo la participación en espacios comunitarios ofrece una dimensión más profunda y sostenible del compromiso social. No se trata de conseguir Me gusta, se trata de crear vínculos. No viralidad, sino transformación.

Los jóvenes que entrevistamos creen que el activismo digital es un complemento del activismo tradicional, no un reemplazo. Marina lo pregunta claramente: “¿Entonces compartes la publicación y ya no te organizas ni te movilizas?”

El proyecto HEBE demuestra que muchos jóvenes combinan ambas formas. Sin embargo, valoran más aquellas que les permiten “poner el cuerpo en ello”, “sentirse parte” y “ver el impacto directo” de sus acciones.

Aunque hoy es difícil imaginar la participación sin Internet, se preguntan si estas prácticas son efectivas. Especialmente cuando no se conectan con acciones reales en el mundo físico.

Ocio educativo y bienestar

Hoy existe una gran preocupación por la salud mental de los jóvenes. Por eso, es importante mirar más allá de la pantalla.

Impulsar el voluntariado -como la cooperación en actividades solidarias-, el ocio educativo -enseñar experiencias de ocio, como un taller de teatro-, la educación en el ocio -aprovechar este espacio formativo, por ejemplo, en un curso de seguimiento del ocio- y la participación comunitaria -implicación en proyectos comunitarios- no es sólo una estrategia educativa, sino también una buena-mejora del comportamiento personal.

Un ejemplo es la Escuela de Animación de la UAM, que ofrece formación en el tiempo libre y tiempo libre. La escuela crea un escenario donde descubren oportunidades en el campus y redes que los conectan con la comunidad de la zona. A través de actividades de formación, dinamización y participación se visibilizan oportunidades y se activa la implicación de los jóvenes en proyectos de la comunidad universitaria. De esta manera, no sólo adquirimos habilidades, sino que nos conectamos y transformamos.

Los estudios muestran que estos niños y niñas se sienten mejor y más conectados cuando participan. Sin embargo, conviene recordar que la participación no siempre debe “surgir” espontáneamente de los jóvenes: el entorno familiar y personal, así como el contexto social, político e institucional influyen y pueden favorecerla o dificultarla.

Las políticas públicas, los jóvenes profesionales y las comunidades tienen la capacidad de abrir espacios y valorar estas prácticas. Deben facilitar a todos los jóvenes que quieran el acceso a estos espacios y oportunidades, con la garantía de condiciones justas y sin barreras.

Porque participar no es sólo dar tu opinión o compartir una publicación digital. Construir, vivir juntos, transformar. Y además, cuídate.


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