En los últimos meses, la comunidad astronómica se ha visto sacudida por una pregunta que muchos entusiastas del cosmo se hicieron alguna vez: ¿existen lunas alrededor de planetas fuera del sistema solar? Aunque ya se han confirmado más de 6.000 exoplanetas, hasta el momento no se ha verificado ninguna luna extrasolar. Sin embargo, observaciones recientes sugieren que es posible que nos estemos acercando a ese hito científico tan esperado.
El protagonista de esta historia es HD 206893 B, un objeto masivo ubicado a unos 133 años luz de la Tierra, en la constelación de Capricornio. Con una masa estimada de unas 23 veces la de Júpiter, se encuentra en la región difusa de la clasificación astronómica, a medio camino entre un planeta gigante y una enana marrón. Observado durante años captando directamente su luz con grandes telescopios, este mundo ya era inusual por su atmósfera rica en polvo y su juventud.
Ahora, además, descubrió un movimiento inesperado: un sutil “bamboleo” que podría revelar la presencia de un cuerpo compañero.
Ecoplaneta HD 206893 B, con su “luna”. NASA, CC BI Cómo se “vio” lo invisible
Descubrir una luna alrededor de un exoplaneta es un gran desafío. Los planetas suelen detectarse cuando pasan delante de su estrella o cuando su gravedad hace que la estrella anfitriona oscile ligeramente. Las lunas, en cambio, son mucho más pequeñas y su efecto es mucho más débil. En el sistema solar, los satélites son omnipresentes, pero extrapolar esa experiencia a otros sistemas ha resultado extremadamente difícil.
En este caso, los investigadores utilizaron una técnica llamada astrometría, que consiste en medir pequeños cambios en la posición de un objeto con extrema precisión. Para ello utilizaron el instrumento GRAVITI, instalado en el interferómetro del Very Large Telescope (VLTI), en el desierto de Atacama. Este sistema combina la luz de varios telescopios para conseguir una precisión excepcional, capaz de medir pequeños desplazamientos.
El análisis de los datos reveló un pequeño movimiento de ida y vuelta del exoplaneta que se repite cada nueve meses. Este “bamboleo” es coherente con la idea de que no se mueve por sí solo, sino que es perturbado por otro cuerpo que orbita a su alrededor. A diferencia de otros métodos, aquí no se detecta directamente la luz del supuesto satélite, sino su influencia gravitacional sobre el planeta anfitrión.
Más grande de lo esperado
Si este objeto extra fuera realmente una luna, sería radicalmente diferente de cualquier satélite conocido. Las estimaciones preliminares indican una masa de aproximadamente 0,4 veces la de Júpiter, casi nueve veces la de Neptuno. Para que te hagas una idea, la masa de la luna más grande del sistema solar, Ganímedes, es sólo una fracción de la masa de la Tierra.
Un satélite tan masivo plantea cuestiones fundamentales. ¿Tiene sentido llamarla “luna” o sería más apropiado hablar de un sistema binario de dos cuerpos gigantes? La diferencia no es sólo terminológica. Las lunas propias del Sistema Solar se forman en discos de material alrededor de planetas, pero la creación de un objeto de este tamaño requeriría condiciones extremas o mecanismos alternativos, como la formación conjunta de ambos cuerpos a partir de un mismo colapso gravitacional.
La posible existencia de una exoluna tan masiva nos obligaría a reconsiderar los modelos actuales de formación de satélites. También reforzaría la idea de que la arquitectura de los sistemas planetarios puede ser mucho más diversa de lo que sugiere nuestra vecindad cósmica. En este sentido, HD 206893 B se suma a una lista cada vez mayor de objetos que desafían las categorías tradicionales y desdibujan la línea entre planetas y estrellas fallidas.
¿Es realmente una exoluna?
Aquí es donde se hace necesaria la precaución. Aunque los datos son sugerentes, los autores del estudio enfatizan que esto no es una confirmación definitiva. La señal detectada podría deberse en principio a efectos instrumentales, variaciones orbitales más complejas o limitaciones en los modelos utilizados para interpretar los datos.
La precaución está respaldada por un precedente. En el pasado, los candidatos a exoluna alrededor de Kepler-1625b o Kepler-1708b han causado mucho entusiasmo, pero los análisis posteriores han producido resultados equívocos o incluso negativos. A esto se suma el caso de VASP-49b, donde señales espectroscópicas inusuales -como una nube de sodio desplazada- han sido interpretadas por algunos estudios como posibles indicios indirectos de un satélite, aunque sin consenso ni confirmación definitiva.
La historia reciente nos recuerda que, en la ciencia, las afirmaciones extraordinarias requieren evidencia extraordinaria.
Por qué es importante
Aparte de la influencia de los medios, este posible hallazgo es relevante por varias razones. Demuestra el poder de las nuevas técnicas de observación para investigar fenómenos previamente inalcanzables y abre un camino independiente de los métodos de detección clásicos. Además, amplía nuestro marco teórico sobre cómo se forman y evolucionan los planetas y satélites.
Las lunas también ocupan un lugar especial en la búsqueda de vida más allá de la Tierra. Aunque el caso de HD 206893 B es demasiado extremo para albergar condiciones habitables, cada nuevo descubrimiento contribuye a una mejor comprensión de la variedad de entornos que existen en la galaxia.
Entonces, aunque todavía no hay una exoluna confirmada, la posible compañera de HD 206893 B coloca a la astronomía en un momento particularmente estimulante. Las observaciones posteriores y el riguroso escrutinio por parte de la comunidad científica decidirán si estamos ante una ilusión fugaz o el primer ejemplo real de una luna extrasolar. Mientras tanto, vale la pena seguir de cerca esta historia: podría marcar el comienzo de una nueva etapa en la exploración de otros mundos.
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