Las buenas películas cumplen muchas funciones: entretienen, hacen pensar y suelen dejar con ganas de volver a verlas. Pero hay un paso más. Cuando una película, además de estar bien contada, muestra varias capas de significado que permiten diferentes lecturas, deja de ser simplemente una buena película y se convierte en una obra de arte. Eso, nada menos, es lo que está pasando con Marty Supreme.
Ceder el paso
A primera vista, y eso es parte del truco, es la historia de un sinvergüenza judío de Nueva York que quiere abrirse camino en la vida utilizando su talento en el tenis de mesa, del que quiere ser campeón mundial.
El director Josh Safdie abre el telón de una zapatería familiar en el Lower East Side con su protagonista, Marty Mouser (Timothy Chalamet), intentando meter un pie en un zapato que no es de su talla. Esto ya parece una metáfora de su propia vida: un futuro pequeñoburgués que no se corresponde con la magnitud de su esperanza.
A partir de aquí la pelota se pone en juego y somos testigos de cómo Marty va y viene tan rápido como va y viene una pelota de ping pong. Roba, deja embarazada a su antigua novia (ya casada), juega y apuesta. Todo con el único objetivo de recaudar dinero para un viaje a Londres, donde pretende enfrentarse al campeón del mundo de tenis de mesa, el japonés Koto Endo.
Sueños nacionales
A estas alturas, podrías pensar que estás viendo una película de deportes en la que se está a punto de batir un récord de forma épica. Se baten récords, sí, pero no son los más interesantes en cuanto a deporte se refiere. En el campeonato de Londres, Marty, además de enfrentarse al mejor jugador del mundo, también seduce a una rica ex estrella de cine. Si alguien busca consuelo moral o romántico, olvídelo. La película es cruda, como la vida misma.
Por una fracción de segundo, el espectador podría engañarse haciéndole pensar que lo que impulsa a Marty es algún ideal romántico o una versión más o menos bastarda del sueño americano, uno que defiende que a través del trabajo duro, la determinación y la iniciativa propia, cada persona, independientemente de su origen, puede alcanzar el éxito, la prosperidad y una mejor calidad de vida.
Pero el propio Marty pronto se encarga de negarlo. Lo que realmente le interesa es el dinero. Quizás fue esta versión valiente y no épica del sueño americano, con su fuerza antiinmigrante y su poder puro (como sucede hoy en día), la que conectó con el público estadounidense contemporáneo, especialmente los menores de 35 años.
Esta lectura del sueño americano tiene su eco y antítesis en otra historia aspiracional: el sueño chino, que reemplaza el progreso individual por eficiencia, disciplina y éxito colectivo.
En cualquier caso, lo que sí sabemos es que pocas cosas en el deporte son más edificantes que los colores nacionales, incluso si se trata de un deporte menor como el tenis de mesa. Así tendremos varios sueños proyectados, incluso fuera de la pantalla.
Sueños, poder y deporte
Todos los sueños políticos, tanto estadounidenses como chinos, necesitan defensores que los encarnen. Por eso los políticos siempre han hecho suyos a los deportistas y no pierden la oportunidad de hacerse fotos con ellos en cuanto baten algún récord. Se sabe que una placa encarna una nación y cada nación es la encarnación de un sueño.
Durante décadas, el éxito olímpico de China no es sólo el resultado del azar o del talento individual, sino de una estrategia deportiva claramente planificada. Desde los años 1990, el sistema chino ha priorizado disciplinas con “alta rentabilidad olímpica”: deportes que concentran muchos eventos, requieren una alta especialización técnica, son altamente compatibles con un sistema de detección temprana de talentos y de entrenamiento centralizado, y con un número muy limitado de países verdaderamente competitivos.
El objetivo no era tanto dominar los deportes más populares a nivel mundial sino maximizar el número de medallas dentro de los Juegos Olímpicos.
Ping-pong, un paradigma deportivo
El ejemplo más obvio es el tenis de mesa, donde China ha logrado un dominio casi absoluto. En los Juegos de Beijing 2008, el país ganó las cuatro medallas de oro y, en algunos casos, subió al podio completo. Algo similar ocurrió con el salto en trampolín, que durante años fue considerado una auténtica “fábrica de oro”: en Atenas en 2004 y en Beijing en 2008, China se llevó seis y siete de las ocho medallas de oro disponibles.
Ma Long ganó la medalla de oro individual en tenis de mesa en Río 2016 tras derrotar a su compatriota Zhang Jike en la final, uno de los muchos ejemplos en los últimos años del dominio de China en este deporte. Celso Pupo/Shutterstock
Otros deportes menos visibles para el público en general fueron igualmente cruciales. En el levantamiento de pesas, gracias a la multiplicación de las categorías de peso y al fuerte desarrollo de los deportes femeninos, China ha logrado resultados sobresalientes con equipos relativamente pequeños. En tiro con arco, deporte tranquilo y poco publicitado, logró ganar ocho oros en Atenas 2004. El bádminton es otro caso extremo: en Londres 2012, un país asiático ganó cinco oros en este deporte, hasta el punto que el COI tuvo que intervenir por la falta de competitividad real en algunas pruebas.
Lógica imperial
Esta lógica estratégica queda explícita con el Proyecto 119, un programa lanzado para los Juegos de Beijing 2008 con el objetivo de sumar medallas en deportes en los que China tradicionalmente no ha destacado, como la natación, el remo o la vela. Si bien no logró transformar disciplinas como el atletismo, sí permitió que el medallero se ampliara (a 122, tres por encima del objetivo inicial) y consolidara el liderazgo de China como nación anfitriona.
Es revelador el contraste con deportes globales como el fútbol, el baloncesto o el atletismo, disciplinas con enorme competencia internacional, menos pruebas y resultados mucho más impredecibles. Desde una lógica puramente instrumental, son menos eficaces para el sistema chino, que mide el éxito en términos de medallas.
Más que una apuesta por los “deportes menores”, lo que revela el caso chino es una visión pragmática del deporte como herramienta de prestigio nacional, donde la planificación, la eficiencia y el control de riesgos triunfan sobre la popularidad o el espectáculo. Una estrategia discutible desde algunos puntos de vista, pero innegablemente eficaz dentro del sistema olímpico.
Diplomacia blanda
Volviendo a nuestra película, aunque el principal rival de Marty es el japonés, no se puede dejar de pensar que la relación chino-estadounidense, en su forma moderna, nació en el signo amistoso de la “diplomacia del ping-pong”, otra forma de poder blando que China utilizó durante la Guerra Fría.
El episodio fundacional tuvo lugar en 1971, durante el Campeonato Mundial de Tenis de Mesa celebrado en Nagoya (Japón), cuando un gesto aparentemente trivial desencadenó un cambio histórico.
El jugador estadounidense Glenn Cowan, después de perder el autobús de su equipo, fue invitado a subir al vehículo de la delegación china. Allí, Zhuang Zedong, tres veces campeón del mundo y figura legendaria del deporte chino, vino a saludarlo y le obsequió un retrato en seda del monte Huangshan. El intercambio fue captado por fotógrafos japoneses y difundido por todo el mundo.
Bienvenido a China
En el enrarecido clima ideológico de la Guerra Fría y la Revolución Cultural, esa imagen de cordialidad entre un atleta chino y un atleta estadounidense fue explosiva. De ese encuentro casual, potenciado por los medios de comunicación, resultó una invitación oficial al equipo estadounidense para visitar China.
El ping-pong, transformado en lenguaje diplomático, abrió así una grieta por la que pronto escaparán el presidente estadounidense Richard Nixon y su secretario de Estado, Henry Kissinger, y un deshielo estratégico entre dos potencias hasta ahora irreconciliables. Los países árabes, entre otros, parecen ahora querer explotar esta brecha en la diplomacia deportiva.
Y la lira también: Mundial de Qatar: desmantelamiento de la FIFA que infringe sus propias reglas
Ese gesto no sería sólo una casualidad o una anécdota sentimental de la Guerra Fría. En última instancia, el ping-pong funcionó como un dispositivo geoestratégico de poder blando, esa “capacidad de moldear las preferencias de otras personas sin recurrir a la coerción” teorizada por el politólogo estadounidense Joseph Nye en 1990.
China practicó entonces una fase diplomática basada en la desdramatización del conflicto, en un intercambio regulado y simbólicamente igualitario: el paso del dinero como metáfora de una relación no competitiva (obviamente), paciente, reversible y cuidadosamente coreografiada. Esta fase coexistirá más tarde con otras estrategias de seducción estatal, como la diplomacia panda, destinada a construir una imagen de benignidad cultural y excepcionalismo civilizacional.
El ciclo ha mutado y el registro ha cambiado: la pedagogía gestual ha sido sustituida por la afirmación explícita de intereses, y la actual diplomacia de los guerreros lobo marca la transición del poder insinuado al poder verbalmente agresivo, menos interesado en la atracción que en la demarcación. La mesa de ping-pong ya no está en el centro: el juego continúa, pero en otro tablero, con reglas diferentes y en un tono radicalmente diferente.
Marty Supreme te invita a pensar en todo esto y más.
Descubre más desde USA Today
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

