‘Trouble Passing’: los adolescentes creen que hablar de política les está costando amistades

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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En el patio de la escuela, en un grupo de WhatsApp o en TikTok, la política rara vez se habla abiertamente, sino que aparece en el fondo de chistes, vídeos virales y memes. Esta presencia latente convive con una tendencia común: muchos adolescentes prefieren no hablar de temas políticos o ideológicos. No porque no les importe, sino porque dar su opinión les puede “costar” caro, provocando discusiones incómodas o haciéndoles “ganar” etiquetas e incluso quedar fuera del grupo.

Como vimos en una investigación reciente, muchos jóvenes limitan estas conversaciones a familiares o amigos muy cercanos, casi siempre conectados ideológicamente. El resultado son pequeñas burbujas donde rara vez se escuchan posiciones opuestas.

Pero cuando se evita la discusión sobre política, el conflicto no desaparece: simplemente pasa a peores formas de debate como el sarcasmo, la burla o la descalificación.

Este estado de cosas no contribuye a la socialización democrática, proceso mediante el cual, especialmente en la adolescencia, se adoptan los hábitos básicos de la ciudadanía democrática: informar, discutir, escuchar a quienes piensan diferente y gestionar el desacuerdo sin convertirlo en agresión.

Siempre termina en una pelea

La falta de debate político con amigos no nace de la falta de interés. Al contrario: para ellos la política es importante, pero creen que el debate implica un alto coste interpersonal. En nuestros grupos de discusión, con adolescentes residentes en España de entre 16 y 17 años de diferentes comunidades autónomas, era habitual escuchar frases como “Siempre acaba en pelea” o “Es desagradable”.

Un hecho relevante para docentes y familias es que muchos adolescentes no perciben la escuela como un lugar eficaz para reducir la polarización. Prefieren evitar este tema en clase antes que arriesgarse a tener conflictos con sus compañeros.

La política se percibe como distante y poco confiable

Estos jóvenes, que aún no pueden votar, tienen una visión crítica de la política. Se sienten distantes, complejos y, en ocasiones, desconectados de su vida cotidiana. La imagen de un político parece estar asociada a la corrupción, el oportunismo o la falta de honestidad. En nuestra investigación hemos escuchado declaraciones como: “La mayoría de los políticos son engañosos y muestran algo que no son, y luego no cumplen sus promesas”. O “Creo que la política me provoca mucho rechazo o falta de confianza”. Y también: “Cuando tienes suficiente poder, pides más y te vuelves corrupto”.

Su repertorio de denuncias, que combina desconfianza moral y distanciamiento institucional, permite constatar que algunos jóvenes entienden la política como un espacio devaluado. Y en ese clima, el debate deja de ser atractivo y crece la tentación de guardar silencio. Si el terreno se percibe como “sucio”, la exposición a él parece riesgosa.

Redes sociales: política disfrazada de entretenimiento

Estos jóvenes describen su actividad digital principalmente como entretenimiento. Aquí surge un punto clave: aunque algunos muestran cierta conciencia de los algoritmos, esta conciencia no siempre se traduce en prácticas críticas (diversificación de fuentes, marcos de investigación).

Por el contrario, tienden a normalizar los efectos de la exposición repetida. Identifican X como el espacio donde el enfrentamiento es más intenso, pero subestiman la influencia de las redes sociales que utilizan para el ocio. En particular, TikTok e Instagram dan forma a las opiniones mezclando la persuasión política con el entretenimiento, influyendo más sutilmente en la construcción de su opinión y su clima afectivo.

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Memes: ¿una broma o algo más?

Muchos adolescentes consideran, por ejemplo, que los memes son formatos eficaces para comprender la política. El humor y la simplificación ayudan a procesar cuestiones complejas y facilitan la identificación del grupo. Pero esta misma eficacia también tiene el efecto contrario: los adolescentes descubren su potencial propagandístico y polarizador y sus efectos negativos como la desinformación o la discriminación, pero los trivializan porque son “sólo una broma”.

El humor actúa como un amortiguador moral: reduce la seriedad del mensaje y normaliza el tono agresivo. Poco a poco, los insultos y la deslegitimación se van convirtiendo en algo habitual en la conversación digital.

Los propios adolescentes reconocen que lo que en privado puede parecer una broma, en espacios anónimos se convierte en insultos y discursos de odio. Sin embargo, algunos lo justifican aludiendo a la libertad de expresión o a la similitud con el tono duro de los propios políticos.

Diferencias por territorio y género

El contexto territorial introduce diferencias. En comunidades con una fuerte identidad nacional, como Cataluña y el País Vasco, hay un mayor interés y una mayor disposición a hablar de política, porque se percibe como algo relacionado con la pertenencia y el futuro personal. Sin embargo, esta misma implicación puede intensificar la polarización cuando las posiciones se convierten en defensas de identidad.

Las diferencias de género son más moderadas: algunas niñas expresan una mayor distancia emocional debido al miedo al conflicto interpersonal, mientras que unos pocos niños tienden a ver el conflicto ideológico como una parte inherente del debate democrático.

aprende el dialogo

Estas conclusiones sugieren que “más información” no es suficiente para fortalecer la socialización democrática de los más jóvenes. Es necesario enseñarles el diálogo, especialmente en los ambientes escolares, precisamente porque muchos adolescentes no perciben hoy espacios adecuados para la despolarización.

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¿Cómo puedes conseguirlo? Promover conversaciones con normas explícitas (sin insultos, sin burlas) y una dinámica que separe las ideas de la identidad (criticar argumentos sin etiquetar a las personas). Además de practicar el desacuerdo como habilidad con argumentación y ejercicios de escucha activa.

También se debe promover una alfabetización mediática que incluya el humor político (qué omite un meme o chiste, qué emociones busca, qué hechos no son verificables, cómo refuerza “nosotros/ellos”). En otras palabras, ayúdelos a comprender que el humor político puede reforzar los prejuicios, normalizar la agresión y empobrecer el pensamiento.

Hablar de política no debería ser un “lío”, sino una forma sana de aprender a convivir y respetar las diferencias.


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