Vivir rodeado de caras desconocidas: qué es la prosopagnosia

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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El reconocimiento facial es una de las habilidades más automáticas y socialmente relevantes de un ser humano. Lo hacemos sin esfuerzo consciente: identificamos a familiares, amigos y compañeros incluso cuando cambia la iluminación, la edad o la expresión emocional. Sin embargo, para algunas personas este proceso sigue fallando. Ven el rostro perfectamente, distinguen los ojos, la nariz y la boca, pero no saben a quién pertenece. Este trastorno se conoce como “prosopagnosia”.

La prosopagnosia (“incapacidad para reconocer rostros”) es un tipo específico de agnosia visual en la que el problema no es la visión o la memoria general, sino el reconocimiento de rostros. Las personas que lo representan no han olvidado a quienes los rodean ni tienen dificultades intelectuales. Lo que falla es el acercamiento automático a la identidad desde el rostro.

Esta disociación ha convertido a la prosopagnosia en un modelo clave para estudiar cómo el cerebro construye el reconocimiento social.

Ver una cara no es reconocer a una persona

Sabemos por la neurociencia cognitiva que el reconocimiento facial no es una extensión del reconocimiento de objetos. Existen sistemas cerebrales especializados en procesar rostros, distintos de los que se activan al identificar otros estímulos visuales.

Uno de los descubrimientos más influyentes en este ámbito fue la identificación en el cerebro, a finales de los años 90 del siglo pasado, de la llamada “zona fusiforme de la cara”. Esta es la región que responde selectivamente a los rostros humanos.

Investigaciones posteriores demostraron que el reconocimiento facial no depende de un único centro, sino de una red distribuida que integra información perceptiva, emocional y biográfica. Este modelo explica por qué una lesión en determinados puntos de esa red puede afectar de forma muy específica al reconocimiento facial sin cambiar otras capacidades visuales.

En la prosopagnosia, el rostro se percibe correctamente, pero no activa una sensación de familiaridad o identidad personal. El rostro está ahí, pero la persona no aparece.

¿Adquirido tras una lesión o un regalo de nacimiento?

Desde un punto de vista clínico, se distinguen dos formas principales de prosopagnosia.

Una modalidad adquirida ocurre después de una lesión cerebral, como un derrame cerebral, una lesión cerebral traumática o una infección del sistema nervioso central. En estos casos, la persona pierde una habilidad que antes no había sido tocada. Los estudios clínicos sobre este tipo de prosopagnosia indican que las lesiones en las regiones occipitotemporales, particularmente en el hemisferio derecho, son críticas para este déficit.

Por otro lado, la prosopagnosia del desarrollo está presente desde la infancia y no se asocia con una lesión cerebral identificable. Este trastorno se describe como un déficit específico y estable en el procesamiento facial, que puede ocurrir en personas con inteligencia normal y visión intacta. Las estimaciones muestran que se trata de una enfermedad bastante rara. Los estudios de prevalencia de la prosopagnosia hereditaria no sindrómica sugieren que alrededor del 2% de la población puede tener formas del trastorno, pero que muchas personas viven con estas dificultades sin un diagnóstico formal.

Consecuencias sociales y emocionales

El impacto de la prosopagnosia va más allá de la percepción visual. El reconocimiento facial juega un papel central en la interacción social. Su alteración puede provocar incomprensiones y ansiedad social hasta el punto de evitar situaciones interpersonales.

Los estudios centrados en la experiencia subjetiva de personas con prosopangosia documentan importantes consecuencias emocionales y sociales. Esto no se explica por problemas de personalidad o falta de habilidades sociales, sino por la incapacidad de reconocer automáticamente a los demás.

Para adaptarse, muchas personas desarrollan estrategias compensatorias. Por ejemplo, dependiendo de la voz, el contexto, la ropa y la forma en que te mueves.

Estas estrategias se han analizado en estudios sobre cómo viven las personas con prosopagnosia en su día a día. Gracias a ellos es posible desenvolverse socialmente, aunque con costes cognitivos y emocionales adicionales.

Lecciones sobre el cerebro

Desde un punto de vista teórico, la prosopagnosia ha sido fundamental para comprender cómo organiza el cerebro el reconocimiento facial.

Este trastorno muestra que el reconocimiento de una persona no es una función única, sino el resultado de la interacción entre sistemas perceptivos especializados y mecanismos de acceso al significado.

Esa idea encaja con el conjunto más amplio de conocimientos sobre las agnosias visuales, que muestra cómo el cerebro puede perder el acceso al significado sin afectar la percepción básica.

La prosopagnosia es uno de los ejemplos más claros y mejor documentados de esta disociación.

Entiende que no estás juzgando

No existe un tratamiento curativo específico para la prosopagnosia, pero la psicoeducación y el reconocimiento del trastorno reducen significativamente su impacto. Comprender de qué se trata evita interpretaciones erróneas, como atribuir el problema al desinterés o al descuido. Además, promueve entornos más inclusivos en el ámbito educativo, laboral y social.

Después de todo, la prosopagnosia nos recuerda algo importante: ver no es reconocer. Reconocer a los demás depende de la compleja arquitectura del cerebro que a menudo damos por sentado. Cuando falla, las personas no desaparecen, sino un acceso momentáneo a quienes son. Comprenderlo nos ayuda a comprender mejor no sólo este trastorno, sino también cómo el cerebro construye la vida social.


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