Y después de 16 años, ¿qué? Redes sociales, comparación y salud mental.

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Durante años, el debate sobre las redes sociales y la salud mental se ha reducido a una idea: cuantas más horas, peor. Tradicionalmente, las iniciativas se han centrado en activar restricciones en el uso de determinadas plataformas, sistemas de control de notificaciones, herramientas de bienestar digital, iniciativas de “detox” digital o, más recientemente, restringir la edad a 16 años, como si de repente hubiera aparecido la “madurez digital”. Sin embargo, la realidad psicológica parece mucho más compleja.

Imaginemos a Marina. Tiene 17 años y abre su usuario de Instagram con una idea muy sencilla: “Me voy a distraer un rato, estoy aburrida”. Empiece a deslizar. Aparece una influencer que sigue siempre, con la piel perfecta, el cuerpo perfecto, la familia perfecta. Sin darse cuenta, algo se activa en su interior. “¿Por qué mi vida no es así?” se pregunta.

Sigue bajando. Ve a sus compañeros de clase en una cena a la que no asistió. Entonces surge otra sensación: “Ellos se lo están pasando bien y yo aquí estoy aburrido”, se vaticina. Y luego duda: “¿Me llamarán la próxima vez que salgan?”.

Un poco más abajo, su prima comparte fotos de un viaje espectacular, pero en su habitación no sabe cuándo podrá realizar tal viaje. Y lo que debería haber sido una molestia empieza a convertirse en una fuente de inquietud, una sensación de haber sido abandonado. Al rato pensó, voy a colgar una foto, a ver si me anima, abre la cámara, se pone un filtro y casi sin palabras piensa: “Mejor lo uso porque no me gusta nada lo que veo”.

Entre publicaciones, también buscas algo más difícil de nombrar: aprobación para calmar inseguridades, referencias para identificarte, etiquetas que te digan quién eres y dónde encajas. No peleó con nadie, no recibió malas noticias, ni siquiera pasó tanto tiempo en Internet. Pero cuando cierras la aplicación, te sientes un poco peor. Menos satisfecho, más inquieto, quizá incluso más irritable. Y Marina ya debería haber alcanzado la “madurez digital” para desenvolverse en las redes sociales.

Efectos psicológicos de las redes sociales

Esta escena, cada vez más habitual, ayuda a entender por qué el debate sobre el uso de las redes sociales y la salud mental no puede reducirse al número de horas frente a la pantalla. Y no te limites únicamente a la cuestión de la edad. A veces lo que más importa no es cuánto tiempo pasamos conectados, sino qué procesos psicológicos se activan cuando lo hacemos.

No sólo vemos contenidos, sino que muchas veces tendemos a usarlos como espejo: comparamos nuestro cuerpo, nuestro éxito, nuestras relaciones, nuestro trabajo, nuestro ocio o nuestras situaciones con versiones idealizadas de otras personas. Ante la frustración, el desánimo o la preocupación que esto nos provoca, no tenemos las habilidades para afrontarlo. Y terminamos pensando lo mismo una y otra vez, exagerando mentalmente lo negativo o quedando atrapados en pensamientos que sólo aumentan el malestar.

No solo importa el tiempo que pasamos en las redes sociales, sino sobre todo cómo interpretamos y regulamos lo que sentimos cuando las utilizamos.

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Hiperconectados pero vulnerables

Este es precisamente el mecanismo explicativo que demostramos en nuestra investigación: el vínculo entre el uso de redes sociales y el malestar psicológico parece explicarse mejor cuando prestamos atención a mecanismos como la comparación social y la forma en que gestionamos las emociones que sentimos.

La muestra de nuestro estudio es de 1.707 personas de entre 16 y 75 años, con una edad media de 44,5 años y una distribución equilibrada por género, de todas las comunidades autónomas de España con una gran diversidad de perfiles educativos y laborales: el 44,1% tenía estudios universitarios, el 42,9% tenía estudios secundarios, el 6% trabajaba y 67.

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La Generación Z, de entre 16 y 30 años, es, con diferencia, el grupo más vulnerable. Obtienen la puntuación más alta en tiempo de uso, pasan más de 4 horas al día en línea, se comparan más con los demás y tienen menos habilidades de regulación emocional.

Además, puntúan más alto en síntomas de ansiedad, depresión e ira o agresión desplazada, lo que confirma que la salud mental de la población joven es peor respecto a la de los mayores de 56 años.

También se observaron diferencias de género. Las mujeres pasan más tiempo online, se comparan más y tienen menos herramientas para regular el impacto de esta comparación en su estado emocional.

Más allá de la era digital

El debate público a menudo se centra en la edad. ¿Cuándo puede un adolescente abrir una cuenta? ¿Cuándo debo tener mi teléfono móvil? ¿Cuánto tiempo deberías pasar en línea? Pero nuestros datos sugieren que la cuestión decisiva no es sólo cuándo entras en ese entorno, sino qué recursos psicológicos tienes a tu disposición.

Nuestro estudio sugiere que el tiempo de uso por sí solo tiene peso, sí. Pero es especialmente perjudicial cuando una experiencia digital activa un circuito psicológico específico: te comparas más con los demás y gestionas cómo te sientes peor. De hecho, la baja regulación emocional fue el predictor más fuerte de los síntomas de angustia psicológica.

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Visto así, quizás la conversación social debería ir más allá de la prohibición o del simple control del tiempo. La cuestión no es sólo retrasar la entrada a las redes, sino preparar mejor a las nuevas generaciones para habitar ese espacio.

En un ecosistema diseñado para involucrar, atraer la atención y potenciar las emociones, una forma de protección realista y adaptada podría ser trabajar la autoestima desde la infancia y durante la adolescencia, promover una construcción saludable de la identidad y ayudar a desarrollar recursos psicológicos para el afrontamiento y la regulación de las emociones, como el distanciamiento, la forma de interpretar lo que se ve o el autodiálogo. Es decir, la “conversación” que tenemos con nosotros mismos cuando sentimos emociones desagradables.

Personas como Marina pueden tener “la edad suficiente cronológica” para utilizar las redes sociales y aún no tener una experiencia digital adecuada. Manejar la exposición constante a vidas idealizadas, la necesidad de validación, la frustración, los celos, los sentimientos de abandono o la ira no son logros automáticos que se logran al cumplir 16 años.


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