Si la democracia es el gobierno de la opinión, “no de los filósofos ni de los científicos platónicos”, parafraseando al politólogo Fernando Valespin, la España democrática la implementa, dando poder a la opinión pública formada a través de los medios de comunicación y los canales que la modelan y reflejan.
¿Pero es la opinión de todos o una opinión autorizada obtenida como un subconjunto limitado de la opinión pública, de aquellos que son dignos de tener su propia opinión? ¿Son todas las opiniones igualmente sólidas y respetables o depende de quién y dónde se formulen? ¿Y qué pasaría si el periodismo volviera a ser más informativo? ¿Contribuiríamos a reducir la polarización y la desconfianza?
Un problema que viene de lejos
La opinión es una necesidad humana, un paso en el proceso de la información al conocimiento y otro nivel del método de interpretación sucesiva de la realidad, que es el periodismo, cuyo soporte esencial es la información.
Sin embargo, las noticias muchas veces dejaron de ser un proceso informativo y se convirtieron en afirmaciones. Esto no es nada nuevo: académicos y profesionales llevan años identificando y pensando en el modelo de periodismo libre de información.
El asunto de los pseudoperiodistas, aunque parezca la última gran crisis, no es más que un elemento más aditivo a la degeneración a la que nos llevan las malas prácticas, la confusión entre la información y cualquier otra práctica comunicativa y modelo de negocio cortoplacista. El buen periodismo continúa, y la información confiable y compartida es y será un elemento de justicia social.
La pérdida de credibilidad en el periodismo y la insatisfacción con las noticias tiene muchas causas, y entre ellas está este proceso de continuidad del ejercicio editorial y de cuestionamiento de la personalidad profesional de los periodistas.
Eso tampoco es nada nuevo. Algunos de los que lean este artículo quizás recuerden un libro publicado en los años 90 llamado The Journalists. Los polankistas, el sindicato criminal, los tertulianos y otras tribus. Y acaba de llegar a las librerías un nuevo ensayo bajo la sugerente descripción de Tertuliano. Un viaje a la industria del pensamiento en España.
De charlas de café a opiniones virales
Si nos hubieran dicho hace muchos años que alguien haría carrera como presentador de programas de entrevistas, seguramente se lo habríamos negado. “Ya nadie se acuerda, pero hubo un tiempo en el que los talk shows no existían”, escribió Elvira Lindo en un artículo en El País en 2008. Es un ejercicio de diletante, para divertirse, no para trabajar: todos somos talk shows, lo habríamos dejado muy claro hace 40 años.
Palabras que ya nos hemos tragado: ¿qué saben los demás que tú no? Puedes ser presentador de tertulias, escribió el periodista Javier Valenzuela. Hoy en día, hay cientos de personas que se ganan la vida con las reuniones sociales, una carrera profesional que, estando en la cima de la ola, puede reportarles importantes beneficios económicos y sociales. Ser anfitrión hoy abre muchas otras puertas, pero también puede cerrar algunas.
Quién quería decirles eso a los famosos interlocutores de los siglos XIX y XX, aquellos que se reunían en tabernas y casinos pagando un café. Quién quiso decirnos hace 30 años que en 2026 todo el mundo podrá expresar públicamente su opinión en Zamora y que su opinión se viralizará en Viena, incluso negar pruebas a un perito y obtener el aplauso del público. Pero estamos aquí, porque el imperio de la opinión, que es la democracia, y los nuevos canales de comunicación la garantizan en gran medida. ¡Y bendito sea!, aunque cada vez nos cuesta más entendernos.
Menos programas en la radio
Las asambleas, que aparecieron en la radio española en los años 80 como una consolidación del periodismo ya practicado en democracia, dieron como resultado un género tremendamente espectacular, omnipresente en la televisión e incluso en formato podcast conversacional (ya sea sólo de audio o vídeo). El espectador puede tener la sensación de que todo lo que aparece en la televisión hoy en día son palabras y opiniones.
En la radio ocurrió lo contrario: disminuyó el tiempo dedicado a los programas de entrevistas en la programación general de la radio general. Al mismo tiempo, se sigue practicando en gran medida desde su conceptualización original: un género periodístico de análisis, intercambio de ideas y opiniones y respeto en la discusión.
Las excepciones que “se salen de lo establecido” generalmente se desvían como parte de la práctica del periodismo radiofónico. Uno de los ejemplos más recientes ocurrió en una de las retransmisiones en directo del programa Hoi por Hoi de la Cadena SER.
Sin embargo, a pesar de la tradicional ausencia de un presentador de radio, los últimos 20 años han visto un florecimiento de monólogos y artículos de opinión de los autores de programas de radio convencionales. Áreas de opinión con muy alta penetración e influencia pública. Otro derivado de la editorialización.
El desafío de desacralizar la opinión
Antes de que el reto del periodismo del futuro sea dar opiniones sin hechos -ya conocí a un estudiante que, cuando se le pregunta qué es noticia, responde que “mi opinión es noticia”-, podríamos pensar en sacar discretamente tanta opinión periodística de la “caja de invierno”, desacralizándola en favor de los hechos y la información. Esto requiere un cambio en el modelo de negocio y estrategia periodística de muchos medios, así como un ciudadano valiente y responsable, capaz de volver a dar valor a la información, incluso pagando por ella.
Si todos llevamos dentro un talk show, no todos podemos o no sabemos cómo crear información periodística. El profesor Gabriel Galdón escribió que el periodismo, si no corrupto, es un conocimiento prudente que comunica adecuadamente las realidades humanas actuales, realidades que los ciudadanos necesitan conocer para actuar libre y solidariamente.
Cuando se recurre a la primera persona, opina y defiende tal o cual cosa en páginas de noticias, en tertulias, en perfiles corporativos o personales en las redes, se cruza una línea importante. Parece que ya lo hemos superado. Y no, no se trata de no defender la libertad de expresión y de opinión, se trata de preservar la libertad de información y devolver la noticia y la información al centro del periodismo, sin atajos.
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