En España, los últimos datos sobre pobreza y exclusión social confirman una inquietante paradoja: la economía crece, el empleo crece y algunos indicadores mejoran ligeramente. Sin embargo, millones de personas siguen atrapadas en situaciones de inseguridad estructural.
El Informe KSV sobre el estado de la pobreza de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social en el Estado Español (EAPN-ES) muestra que la relación entre empleo y pobreza es más frágil de lo que comúnmente se supone. El 11,7% de los ocupados se encuentra en la pobreza, y al mismo tiempo el 32,9% de la población pobre tiene un empleo, frente al 20,6% de los desempleados.
Pensador Zygmunt Bauman 2013 Wikimedia Commons, CC BI
Estos datos indican que el empleo reduce la probabilidad de pobreza, pero por sí solo no garantiza condiciones de vida suficientes. Cuando el mercado laboral genera empleos a tiempo parcial mal remunerados, inestables o involuntarios, una parte importante de la población activa permanece en la pobreza. Así, el debate sobre la reducción de la pobreza no puede centrarse sólo en el acceso al empleo, sino que debe incluir la calidad del trabajo y el marco regulatorio que lo rige.
Lejos de ser una disfunción cíclica, esta realidad encaja con notable precisión en el diagnóstico que Zygmunt Bauman formuló hace más de dos décadas en su obra Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus marginados.
Las sociedades modernas, en su afán de progreso, orden y eficiencia, producen sistemáticamente “desechos humanos”. Se trata de personas que están sistemáticamente excluidas y que no encajan en los modelos dominantes de productividad, consumo y movilidad.
La exclusión como subproducto normalizado
El Informe IKS sobre Exclusión y Desarrollo Social en España, elaborado por la Fundación FOESSA, describe una sociedad española profundamente transformada, marcada por la fragmentación de la clase media, la normalización de la precariedad laboral y la pérdida de empleo, factores que dificultan la integración social.
En la modernidad líquida, como señala Bauman, el trabajo deja de ser un eje estable de la vida social y una fuente segura de identidad para convertirse en una actividad insegura, fragmentada e incierta. A diferencia de la sociedad industrial, donde el empleo ofrecía continuidad, reconocimiento y pertenencia, el trabajo moderno se caracteriza por una extrema flexibilidad, temporalidad y ausencia de garantías a largo plazo.
El mercado ya no necesita integrar a toda la población como fuerza productiva, lo que lleva a que grandes sectores queden permanentemente excluidos y considerados redundantes. Así, el trabajo pierde su función integradora y deja de ser una vía segura para evitar la pobreza.
Vidas líquidas, protección frágil
El mencionado informe KSV sobre la situación de la pobreza confirma esta dinámica. La tasa AROPE (en riesgo de pobreza y/o exclusión), indicador que combina elementos de ingreso, oportunidades de consumo y empleo, está disminuyendo levemente, pero la pobreza severa se mantiene estable y su brecha se está ampliando. Esto indica que aquellos que están peor no están mejorando.
En su obra Liquid Life, Bauman describió este escenario como un mundo en el que la existencia misma se caracteriza por la inestabilidad, la incertidumbre y la ausencia de referencias permanentes. Las condiciones de vida cambian más rápido de lo que se pueden consolidar hábitos y proyectos personales.
Las dificultades para acceder a la vivienda, los empleos inestables y las débiles redes comunitarias crean trayectorias de vida sin anclajes. El resultado no es sólo pobreza material, sino también desarraigo social y político, una enfermedad difusa que socava la confianza en las instituciones, en el Estado de bienestar y en el funcionamiento y la calidad del sistema democrático.
De la gestión de residuos al derecho de pertenencia
Ambos informes coinciden en un punto clave: la gente no falla, el sistema falla. La mayoría de quienes viven en exclusión hacen grandes esfuerzos por integrarse, pero enfrentan dispositivos fragmentados y de mal tamaño diseñados más para gestionar la pobreza que para erradicarla.
Bauman fue claro al respecto: mientras la exclusión se trate como un problema de individuos “inadaptados”, la sociedad seguirá produciendo “desechos humanos”. El desafío no está en perfeccionar los mecanismos de ayuda, sino en reconstruir un pacto social que reconozca la interdependencia, fortalezca los derechos sociales y devuelva la estabilidad a las vidas de hoy sometidas a la lógica del rechazo.
¿Una sociedad que protege e integra o que rechaza?
España, como ocurre en muchos países occidentales, se encontró en una encrucijada. Puede seguir gestionando la exclusión como un daño colateral inevitable de la modernidad líquida u optar, como afirman los informes, por políticas audaces que pongan la vivienda, el empleo digno, los cuidados y la redistribución en el centro de dichas políticas públicas.
Bauman, con una lucidez que hoy sólo puede calificarse de visionaria y brillante, nos dejó una advertencia que el tiempo no ha hecho más que confirmar: una sociedad que normaliza la producción de excedentes de personas acaba socavando los fundamentos éticos que la sustentan. Lo que en su momento pudo parecer una reflexión teórica o incluso exagerada, ahora se revela como una anticipación precisa de nuestro presente. Los datos ya no dejan lugar a la indiferencia. La cuestión no es si podemos darnos el lujo de cambiar de rumbo, sino si podemos darnos el lujo de no hacerlo.
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