Hay acontecimientos que no sólo interrumpen el viaje, sino que también cambian el mapa interno con el que nos movemos por el mundo. Lo que hasta entonces era rutinario, subirse al tren, confiar en el horario, dar por sentado la seguridad, de repente se rompe. En cuestión de segundos, la vida cotidiana se vuelve amenazadora y previsiblemente frágil.
Después de una tragedia colectiva como la ocurrida la semana pasada con el descarrilamiento y colisión de dos trenes en la provincia de Córdoba -41 fallecidos al momento- no es sólo un servicio ni una agenda la que se detiene. Algo más profundo sufre: la percepción de seguridad, la relación con el tiempo y la confianza básica en que el mundo funciona como esperamos. Por tanto, el impacto no se limita a quienes estuvieron directamente involucrados. Se propaga, silenciosamente, a muchas otras personas.
En este contexto, una de las preguntas más frecuentes es si las reacciones emocionales que se producen como entumecimiento, miedo o sensación de irrealidad son normales. Desde la psicología, la respuesta es clara y basada en evidencia: sí, lo son.
Respuesta esperada
El shock psicológico es la reacción automática del cuerpo ante una amenaza extrema. Desde el punto de vista neurobiológico, se produce una intensa activación de los sistemas de alarma del cerebro, especialmente los relacionados con la respuesta al estrés, que pueden afectar temporalmente a funciones como la atención, la memoria o la regulación emocional.
En las primeras horas o días tras un accidente grave, es habitual experimentar sensaciones de irrealidad, dificultad para concentrarse, recuerdos fragmentados, emociones apagadas o muy intensas, alteraciones del sueño o síntomas físicos como temblores y agotamiento. Estas manifestaciones forman parte de lo que se conoce como respuesta al estrés agudo, recogida en los principales manuales de diagnóstico y ampliamente descrita en la literatura científica.
La evidencia empírica muestra que entre el 70 y el 80% de las personas expuestas a un desastre tienen este tipo de reacción inicial, que en la mayoría de los casos disminuye progresivamente sin necesidad de intervención especializada.
Por qué algunas tragedias afectan más que otras
No todas las tragedias colectivas generan el mismo impacto psicológico. En desastres de gran escala como el que acabamos de vivir en España, se combinan varios factores para intensificar la agitación social:
La ruptura de una sensación de seguridad bien establecida. El transporte ferroviario de alta velocidad se percibe como un entorno controlado y seguro. Cuando falla el sistema asociado con la rutina diaria, la confianza básica en la previsibilidad se ve afectada.
Alta identificación social. Viajar en tren es una experiencia común. Esto favorece la identificación masiva con las víctimas y activa pensamientos como “podría haber sido yo”, que aumentan la intensidad emocional.
Carácter repentino e inesperado. Los acontecimientos repentinos, sin tiempo de espera, crean una mayor sensación de impotencia y dificultan la integración psicológica inicial.
Tamaño humano y exposición continua. El número de víctimas, la gravedad de las heridas y la repetición de las imágenes aumentan el costo emocional, incluso para las personas que no están directamente afectadas.
Activación de la memoria colectiva. Una investigación sobre el descarrilamiento del tren de Santiago de Compostela en 2013 muestra cómo las tragedias ferroviarias no solo causan un impacto inmediato, sino que también reactivan dolores previos y emociones latentes a nivel social, intensificando el malestar colectivo.
El impacto indirecto también cuenta
La investigación sobre el trauma psicológico describe el llamado impacto indirecto o indirecto. Las personas que no estuvieron presentes pueden experimentar ansiedad, hipervigilancia, miedo persistente o alteraciones del sueño después de una tragedia de alto perfil.
Se estima que entre el 10 y el 20% de la población expuesta indirectamente puede presentar malestar clínicamente significativo durante semanas sin indicar un trastorno mental, sino una respuesta humana a la amenaza percibida.
El duelo no es un proceso lineal
Para aquellos que han perdido a un ser querido, el duelo no sigue ninguna secuencia ni plazos establecidos. En los primeros momentos suele prevalecer el estupor; Posteriormente pueden surgir tristeza intensa, enojo, culpa o preguntas sin respuesta.
La evidencia muestra que alrededor del 10-15% de las personas en duelo pueden desarrollar complicaciones si están presentes factores de riesgo previos o si no cuentan con el apoyo adecuado. Por tanto, el apoyo temprano y respetuoso es un elemento clave de prevención.
La importancia de la intervención comunitaria
La psicología enfatiza el valor de las intervenciones tempranas en la comunidad. Crear espacios de escucha y atención, por ejemplo, en estaciones de tren u otros lugares de tránsito, nos permite reducir el aislamiento, normalizar reacciones y promover la regulación emocional.
Hablar con otros viajeros, compartir experiencias o simplemente estar acompañado actúa como factor protector. Estas intervenciones, basadas en los principios de los primeros auxilios psicológicos, han demostrado ser eficaces para reducir el malestar y prevenir problemas posteriores.
Cuándo buscar ayuda profesional
En la mayoría de los casos, las molestias disminuyen con el paso de las semanas. Sin embargo, si los síntomas persisten, se intensifican o interfieren significativamente en la vida diaria, la atención psicológica especializada es una herramienta eficaz y necesaria.
Cuando ocurre una tragedia de este tipo, resulta tentador buscar explicaciones rápidas o exigir una recuperación inmediata. Sin embargo, los procesos psicológicos no siguen la lógica de la urgencia ni de los plazos administrativos. El shock, el duelo y el miedo necesitan tiempo, apoyo y contextos seguros para resolverse.
La evidencia científica muestra que la mayoría de las personas podrán integrar lo que han experimentado durante semanas o meses. Pero también señala algo igualmente importante: que el apoyo social y comunitario temprano marca una diferencia significativa. Los espacios de escucha, la presencia sin prejuicios y los recursos disponibles ayudan a garantizar que el impacto no se convierta en aislamiento o sufrimiento crónico.
Buscar ayuda profesional cuando el malestar persiste no es un signo de debilidad, sino una forma de cuidado y prevención. Porque después de una experiencia que sacude los cimientos de la normalidad, la atención de la salud mental no es un complemento: es una necesidad.
Cuando la realidad se desvía, seguir la corriente y dejarse seguir es la forma de volver a encarrilarse.
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