Durante las primeras semanas y meses de vida, el bebé inicia uno de los procesos biológicos más importantes en su desarrollo: la construcción de la microbiota intestinal. Este grupo de microorganismos no sólo participa en la digestión de nutrientes, sino que también juega un papel clave en la maduración del sistema inmunológico, regulación del metabolismo y protección contra patógenos en los primeros años de vida.
En este contexto, se revela que la leche materna es mucho más que alimento: es un ecosistema vivo, dinámico y complejo que se adapta a las necesidades del bebé. Aporta energía, vitaminas y minerales, pero también componentes bioactivos esenciales, como anticuerpos, células inmunitarias, oligosacáridos (un grupo de azúcares complejos y diversos) y microorganismos vivos.
Porque la leche humana está lejos de ser estéril: contiene cientos de especies de bacterias que contribuyen activamente al establecimiento del microbioma intestinal del bebé.
Bacterias que el bebé hereda a través de la leche materna
Para muchos bebés, especialmente durante los primeros meses, la leche materna es la principal (y a veces la única) fuente de microorganismos intestinales. Predominan géneros bacterianos como Staphilococcus y Streptococcus, junto a otros como Lactobacillus, Bifidobacterium, Veillonella o Escherichia.
Un estudio reciente analizó muestras de leche materna y heces de 195 parejas de madres y bebés en los Estados Unidos durante los primeros seis meses después del nacimiento. Los resultados mostraron que las bifidobacterias, especialmente Bifidobacterium longum, Bifidobacterium Breve y Bifidobacterium bifidum, dominan tanto en la leche como en los intestinos de los bebés de un mes. También se han detectado en la leche bacterias asociadas a la piel de la madre, como Staphylococcus epidermidis y Cutibacterium acnes, y especies asociadas a la cavidad bucal, como Streptococcus salivarius. Además, en el intestino del bebé aparecieron otras bacterias como Escherichia coli, Bacteroides fragilis, Phocaeiola vulgatus y Phocaeiola dorei, junto con microorganismos orales típicos como la Veillonella.
La investigación ha identificado hasta doce cepas bacterianas que se comparten entre la leche materna y las heces infantiles. La especie más común fue Bifidobacterium longum, seguida de Bifidobacterium infantis, Staphilococcus epidermidis, Bifidobacterium breve y Streptococcus salivarius. Por otro lado, los bebés que fueron amamantados exclusivamente presentaron una mayor cantidad de bifidobacterias intestinales que aquellos que dejaron de amamantar exclusivamente antes de los seis meses, lo que sugiere que la lactancia materna prolongada favorece su persistencia y expansión.
Sin embargo, la presencia de estos microorganismos en la leche por sí sola no garantiza su implantación en el intestino del bebé. Factores como la microbiota antecedente, la genética del huésped o la disponibilidad de nutrientes influyen en el éxito de la colonización, lo que sugiere mecanismos más complejos que la simple transmisión microbiana.
El intercambio de bacterias entre madre e hijo es más intenso durante el primer mes de vida y disminuye con el tiempo. Además, los bebés nacidos por vía vaginal muestran una mayor persistencia de cepas compartidas que los bebés nacidos por cesárea, cuyo microbioma intestinal tiende a ser más diverso pero menos estable.
Finalmente, también se ha observado que la madre y el bebé comparten bacterias orales típicas, como Rothia mucilaginosa y Streptococcus salivarius. Esto sugiere que algunas especies pueden colonizar primero la cavidad bucal del lactante antes de llegar al intestino, o que el propio lactante contribuye a la colonización microbiana de la leche poco después del nacimiento.
Diálogo bidireccional
Además de la transmisión bacteriana, la leche materna modula activamente el microbioma del bebé a través de otros componentes. Los oligosacáridos, por ejemplo, promueven selectivamente el crecimiento de bacterias beneficiosas como Bifidobacterium, Bacteroides y Akkermansia. En este sentido, la leche actúa simultáneamente como probiótico (aporta microorganismos vivos) y prebiótico (aporta partes del alimento que utilizan las bacterias).
Otro estudio, realizado en 152 parejas de madres y bebés en Burkina Faso, analizó muestras de heces de la madre, leche y heces del bebé a lo largo del tiempo desde el embarazo hasta los seis meses después del parto. Este trabajo demostró que la riqueza microbiana del intestino del bebé es muy baja comparada con la de la madre, mientras que la microbiota de la leche presenta una enorme variabilidad entre las mujeres, configurando una auténtica “firma microbiana” individual.
Los resultados revelaron una correlación entre la microbiota intestinal del bebé y la composición de la leche materna. Sorprendentemente, los bebés con mayor diversidad de bacterias intestinales tuvieron madres cuya leche contenía niveles más altos de macronutrientes, minerales, vitaminas B y una amplia gama de metabolitos. En particular, los oligosacáridos de la leche variaron según la microbiota del lactante durante los primeros meses de vida. La composición de los alimentos, por tanto, no siempre es la misma, sino que cambia durante el periodo de lactancia, en función de la microbiota del bebé.
Esto sugiere que la leche materna no sólo influye en el microbioma del bebé, sino que también responde a él. Los posibles mecanismos incluyen señales de metabolitos bacterianos infantiles, transferencia de bacterias orales durante la lactancia o respuestas inmunitarias maternas desencadenadas por la microbiota del bebé.
La lactancia materna como sistema de comunicación biológica
En conjunto, estos estudios muestran que la relación entre la madre y el bebé durante la lactancia es profundamente bidireccional. La microbiota del intestino y la leche de la madre, junto con los oligosacáridos, nutrientes y metabolitos de la leche, se adaptan dinámicamente al desarrollo y estado del microbioma del niño.
La lactancia materna ya no se entiende como un proceso de alimentación unidireccional que se convierte en un sistema de comunicación en tiempo real entre dos organismos interdependientes. La leche humana no es sólo alimento: es un lenguaje biológico que se desarrolla con el bebé, permitiendo a la madre ajustar su composición a las necesidades en desarrollo del bebé.
La versión original de este artículo se publicó en el blog del autor, microBIO.
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